domingo, 12 de enero de 2014

MAURICIO KARTUN





MAURICIO KARTÚN


INSTRUCCIONES PARA USAR UNA LLAVE VIEJA

22 de diciembre de 2013

Época de cerrar cursos, recordé este texto que alguna vez publicaron un par de revistas especializadas en títeres y objetos. Una carta que le escribí a mis alumnos de la Escuela de Titiriteros del S.M. -donde laburaba por entonces- como recuerdo de tres años fértiles de relación.
En afán de ventilar textos (debe ser el fin de año que siempre te da por tirar, renovar y revolver, queseyó) lo comparto como recuerdo afectuoso y porque contiene de alguna manera medio rara, parte de la teoría que fuimos armando con ellos por entonces.


Carta de despedida a la camada 2001 del Taller Escuela de Titiriteros de Teatro General San Martín de la Ciudad de Buenos Aires.
El texto acompañó el regalo de despedida: una vieja llave oxidada para cada egresado.


Después de tres años de trabajar juntos, y en la circunstancia crítica de terminar un ciclo, me dieron ganas de regalarte algo. Suele hacerse, ¿no?. Un sinónimo de obsequio es presente. Seguramente porque celebra el momento que se vive. Entregar un presente…: está bueno si se lo mira con los anteojos deformantes de la mirada poética. Seguramente nos cruzaremos muchas veces en tu futura carrera. Toda crisis es un punto de inflexión (¿otra vez, kartun…?): me gusta más pensar en el nuevo rumbo, el que viene desde hoy, que en el que se deja atrás. En el afán de dar vuelta todo, que es algo que al menos creo haberles enseñado, quisiera entregarles entonces con esta llave no un presente, sino un futuro. Este futuro es un objeto –claro-, que es el elemento que nos sirvió de excusa todo este tiempo para reflexionar sobre el arte y la creación. Podría haber sido cualquier otro: una cornucopia (¿qué merda será una cornucopia?), una hoja de malvón, una tijerita china. Pero es una llave chota porque:
Paseando por el Parque Los Andes las vi ahí, y eran unas cuantas, tantas como ustedes.
Porque casualmente estaban ustedes en ese momento en mi cabeza, y ellas parecían decir algo de nosotros
Porque ese acto casual y expresivo hablaba de azar y metáfora que son los temas alrededor de los que giramos en todas las clases.
Porque las sentí detonadoras (otro concepto que nos ha unido), pre-texto de algo que escribirles que resuma lo que he querido enseñarles en todo este tiempo. Hemos tenido clases teóricas, clases prácticas, clases por email, por teléfono, ¿por qué no una clase regalo?
Te escribí entonces estas:


INSTRUCCIONES PARA USAR UNA LLAVE VIEJA

Tiene óxido, claro. No la limpies, es su manera de expresarse. No olvides aquello de Bachelard: “El movimiento es la oración de la materia. La única lengua que habla Dios”: ¿de qué otra manera podría hablar el hierro?. Pero no olvides que como todo idioma necesita ser oído, e interpretado. Ella habla bajito: mirala de cerca, en soledad, y en silencio hasta que la escuches. Si estos tres años de escuela no alcanzaron o no te sirvieron, es probable que no oigas un carajo, o que no entiendas nada. Si percibiéndola construye sentido es que aprendiste por fin el lenguaje de los objetos, y que –con la trabajosidad del traductor, o la espontaneidad de la lengua madre, no importa- lo estás hablando.
Al tocarla te manchará las manos, sentirás el impulso de limpiarlas y cuando lo hagas ella habrá conseguido a su manera una inversión de energía: calorías. Pero si mirando sus manchas grises, su forma anacrónica, proyecta en vos una historia, habrá conseguido además que las calorías las consuma tu imaginario, y habrá cumplido parte de su objetivo, el objetivo que todas las cosas viejas guardan para el espíritu poético: conservar en sí mismas un mundo de imágenes, una semilla que cuidada, regada y alimentada dé de sí una ficción, un poema, o al menos una ensoñación.
Para mucha gente será solo un residuo, basura. Vos mandales: “sí…sí…”, guardala, y callate el secreto: el motor del imaginario consume como su mejor combustible a las imágenes descartadas por lo útil. Un utensilio, un útil, sirve (es ideológicamente sirviente, se somete). Lo inútil en cambio cumple siempre la función rebelde del objeto: objetar (y así impugnando el facilismo de la red conceptual, obliga y ayuda a encontrar relación entre elementos antes no relacionados, que es nada más y nada menos que la acción de crear). Los utensilios son profanos, los objetos cuanto más inútiles más sagrados. Mirá sino como lo han aprovechado durante siglos los chabones de toda religión: nadie reverencia un lavarropas, pero millones en cambio mueven el mundo y hasta se matan defendiendo, por ejemplo, dos palitos cruzados, en lucha contra un pedacito de pergamino enrollado en otro palito. El milagro de esta llave es que ahora, separada del único cerrojo en el que encajaba puede al fin en su inutilidad volverse un ícono.
Dejá a esta llave vagar por tu imaginación, aparearse con otro objeto, y otro: estarás metaforizando, hablando la lengua del vate (el dueño del vaticinio), la más indomable de las figuras de la retórica. Disfrutá de su carácter único y fugaz: nunca repitas una metáfora: son como balas que solo disparan una vez, y luego se vuelven apenas la cáscara de la explosión, no el delito si no su prueba. Nunca intentes reducirla a un solo sentido, volverla unívoca, no olvides esto con lo que les hinché mil veces: la metáfora no quiere decir, la metáfora dice. Eliminá siempre la palabra “como” que es el mecanismo vulgar de la comparación: la prima necia de la metáfora.
Dejala cumplir funciones insólitas, nunca la censures. Pensá que bastaría pensar por ejemplo que así de vieja y oxidada es la llave del futuro para haber abierto justamente con esta llave la cerradura que guarda uno de los tesoros más valiosos en nuestro trabajo: el de la paradoja. Buscá abrirla siempre porque de ella están hechas las mejores historias y la poesía más profunda.
Impugná todo sentido para encontrarle a las cosas su sentido. La red conceptual asocia inmediatamente llave con cerradura. Cerradura (aunque no solo cierra sino que abre) porque en la perversión que significa siempre la propiedad como pulsión, la usamos para cerrar, para guardar. Una cerradura cumple una función canuta, paranoica. Me gustaría que esta sea una llave de abrir, no más. Que giren sus paletas adentro de un objeto llamado apertura.
Ponele nombre. No de los nuestros porque eso la antropomorfizaría. Un nombre de llave. Los chinos, que se la saben lunga suelen recoger una piedra, bautizarla y guardarla. Pensá que nombrar a algo es una forma de sacarlo del anonimato, de darle carácter, de volverlo personaje.
No la dejes a la vista: aquello a lo que miramos mucho al pedo terminamos mirándolo sin verlo. Observándolo como decía Proust “tras el cristal de la costumbre”. Guardala con su manual de instrucciones, y desempolvala solo cuando andes medio fané de inspiración, o cuando ataque la melancolía por estas buenas mañanas titiriteras que pasamos (la nostalgia es una maravillosa caldera poética).
Por último: Date tiempo y espacio para mirarla y admirarla. Mezclada entre otras, o cumpliendo su función de llave nada significa ni dice, pero sacada de su contexto verás que se volverá elocuente. Ahí vas a entender por fin aquello de Duchamp: “La simple exposición de un objeto es arte”.

Que seas un artista fértil. Que seas una persona feliz.



kartun
11/2001



AMANDA POLIESTER





Tallarines al wok con el DT


Treinta minutos más de sufrimiento
dice el DT
mientras ella
pone a hervir el agua
no sabe de deportes
sí de rompecabezas los llama puzzle
      /le gustan las dos zetas después de la u
      /algo que se desinfla como un soplo
      /tan lejos de la domesticidad de pizza
      /pero inefable
como la levedad de mezzo

(lo acompaña un domingo de pascua
pero no entra a la cancha
santa fe es un páramo
el calor acecha en cada esquina
y no hay un bar cerca)




Seis y cuarto


Después del sueño
en la fina línea en que se deslizan
las primeras imágenes del día
un hombre
me notifica la lluvia.

Hoy llovió, doctora.

Eso venía a decirme
a mi lugar

sin ventanas al mundo.


AP(Casilda, Santa Fe, 1968). Vive en Rosario. Es abogada.
Su novela Patas de rana obtuvo el segundo premio en el Concurso
Municipal de Literatura “Manuel Musto” 2010 y fue publicada por la
Editorial Municipal de Rosario. Publicó además la novela colectiva

Apucheta, crónicas del barro de autoría del grupo 13 biromes.