viernes, 5 de diciembre de 2014

W.D. SNODGRASS





6.

La Pascua ha llegado
otra vez: el río crece
sobre el suelo deshelado
y las riberas. Cuando llegas traes
un huevo pintado de lavanda.
Gritamos por la orilla para oír
nuestras voces que desde las colinas vuelven a encontrarnos.
Necesitamos que el paisaje nos repita.

Vivías en esta orilla primero.
Mientras los nueve meses transcurrían, supimos
cómo tus pulmones, sumergidos
en el útero, desarrollaban milagrosamente
sus inútiles pliegues hasta que
el aire fiero, frío, se apresuró a hincharlos
como arbustos repletos de hojas. Elegiste el momento,
tomaste aliento y lloraste a pleno pulmón.

Sobre el recodo estancado
vemos la hambrienta golondrina
que exhibe aún su vuelo libre;
nos hundimos en lodo para seguir
al chorlo gritón desde la hierba
que esconde su nido. Ese marzo fue
lluvioso; los ríos crecieron; podías oír los chorlos volar
toda la noche sobre las marismas, gritando.

Me recuerdas cómo chillaba       
el mirlo castaño que batía las frágiles alas
dirigiéndose a mi cabeza –
Vi donde su sólido nido, mecido, se balancea
en las altas cañas meneadas
con los vientos soplando de todos lados.
Si haces memoria, recordarás este lugar. Aún
vives cerca – en la colina de enfrente.

Tras el intenso vendaval
del cuatro de julio, todo ese verano,
en las tardes suaves,
cálidas, oímos grandes motosierras chirriar          
como langostas de hierro. Cuadrillas
de chicos de cuellos curtidos pululaban para serrar ramas
sueltas arrancadas por el terrible viento, para cortar
todos los tallos desgarrados que pudieran debilitar el árbol.

Entre la broza yacían
estorninos, muertos. Cerca de las pajareras del parque
sorprendimos un día
una paloma, orgullosa, moteada, marrón.
Aleteaba en mis manos con tanto
miedo que la dejé ir.
Su guardián vino. Y le ayudamos a prenderla en una red.
Me recuerdas cosas que casi preferiría olvidar.

Me traes a la cabeza
una noche de otoño en que una vez más acudí
a sentarme en tu cama;
gotas de sudor perlaban tus brazos y tu frente
y jadeando pedías aliento,
auxilio, como un niño que, atrapado bajo
sus cómodas mantas de lana, se ahoga en ellas.
Tus pulmones atrapados no tomaban aire.

De todas las cosas sólo
tenemos poder para elegir morir;
no es posible rehusar nada más
en este mundo. Y sin embargo yo,
quien dice esto, cuántos días
no pude incorporarme de la cama
al mundo que te usurpa . Niña, tengo otra esposa,
otro hijo. Tratamos de elegir nuestra vida.


                                  Trad. Mª Soledad Sánchez Gómez