viernes, 7 de noviembre de 2014

ALEJANDRA ZINA


zina por mordzinski
              Foto: Daniel Mordzinski


BALDÍO


Quedamos en juntarnos en el baldío de Joaquín V. González. Todavía quedan descampados en Floresta, como salpicones de pampa con pastos crecidos y algunos árboles que ya nadie cosecha. Limoneros, naranjos y palteros que daban alimento a cocinas y despensas ahora desperdician hijos que se pudren en el suelo. El Pacho, dueño del almacén, dice que el barrio es una chacra asfaltada poblada de gauchos mentirosos. Tiene tiempo para pensar buenas frases, se pasa la tarde entera reverdeciendo de mate detrás del mostrador.

Había pasado la hora de la cena y calculo que todos, más o menos en el mismo momento, nos levantamos de la mesa, saludamos a los parientes y salimos manoseando un atado en el bolsillo de la campera, echando aliento como anticipando el fumo.
Hacía un frío de invierno pero igual nos reunimos afuera. Ese día debíamos estar afuera.
Aunque vivimos equidistantes del baldío yo fui el último en llegar. Mientras traspasaba el alambrado veía sus sombras ordenadas en círculo y, subiendo desde el centro, un remolino de humo formado por media docena de cigarrillos. Parecía el fogón de un campamento donde se juntan paisanos que esperan el conchabo.
Caminé hacia ellos cargando en mis espaldas el resplandor de los postes de luz, útil para esquivar los tallos espinosos que sobresalen del matorral. Era un lugar maldito, ya me había pasado salir con raspones y arañazos de sangre en los brazos y tobillos.
Haciendo crujir la hojarasca bajo las Topper me acerqué al grupo; ninguno se movió para darme lugar en la ronda. El Mayor escupió cerca de mis pies y preguntó si había estado de joda, chupando birra. Se refería a mi retraso. Deslicé una risita burlona y no contesté. Sin mirarme dijo "forro" y como un abracadabra, dos de ellos se apartaron dando unos pasos a cada lado, dejándome el puesto intermedio. En este círculo las cosas se arreglan rápido, no conviene hacerse enemigos tan cercanos. Me acomodé con las piernas entreabiertas y tensas, para afirmarme mejor. El pecoso se puso a tararear bajito una canción, pero no pude darme cuenta si se trataba de un tema conocido o si la estaba inventando ahí mismo, para distraerse de la situación.
En el suelo, entre nosotros, estaba la mujer. Recostada con las rodillas en alto, preparada para lo que venía. Todos la observábamos, también dispuestos. Se encontraba quieta pero no con dureza de estatua, sino quieta de puro alarde.
Cuando llegué ya se había presentado. Se llamaba Elisabet y usaba Lis para abreviar. Mi compañero de la derecha me susurró el nombre como una joya preciosa que yo debía cuidar hasta el final del encuentro.
Lis. Lis. Lis. No era la primera vez que la veíamos. Desde hacía unas semanas trabajaba en "Papelería Norma", ayudando a la propia Norma y a sus hijas, que casi nunca se dejaban ver. Después de visitarla unas cuantas veces, de elogiarle vestidos y maneras, de escuchar alguna que otra tristeza, a uno del grupo se le ocurrió que iba a aceptar y le contó nuestra idea (que en realidad no era nuestra sino del Mayor). Ahí estábamos, observándola fuera del negocio oscuro donde la habíamos conocido, liberada del papel araña y de la máquina de fotocopias que le dejaba manchones negros en el bozo.

Lis comenzó a templarse como una pinza sobre el fuego, arqueaba la espalda, llevaba la coronilla al piso y sus tetas buscaban un rinconcito en el cielo constelado. No tenía mucha más edad que nosotros pero podría haber sido la madre de todos. El maquillaje, la forma de mover las manos, las rodillas cuadradas y macizas tenían experiencia. Cuando aceleró el subibaja de su torso, intervino el Mayor llamándola "bebé". De súbito, me dieron unas ganas terribles de reír, serían los nervios que me estrujaban el estómago y me devolvían el gusto de la sopa de espárragos que había tomado en casa.
Se arremangó sobre los muslos la pollera de lana y emitió un gemido. Creí que se había lastimado con alguna rama escondida y me incliné a socorrerla. "No te muevas, tarado", gritaron. Con el alboroto Elisabet estiró el cuello y nos fulminó recurriendo a sus ojos de rimmel. Ni Graciela —la peor maestra de la escuela— hubiese aplicado un gesto tan amenazador. Retrocedí en silencio, pedí perdón, y ella regresó a esa calma que se negaba a compartir.
El Mayor dijo "andá vos" y le tocó al más petiso. El elegido se desabrochó el botón y bajó el cierre relámpago, avanzó con un ligero bailecito de caderas, se arrodilló frente a las piernas flexionadas y se convirtió en una tabla de barrenar. Debió entregarse a las olas imaginando que el baldío era Villa Gesell y nosotros las sombrillas de Cinzano clavadas en la arena.
Lis se sacudía de forma extraña, aunque nos dábamos cuenta de que el petiso no se movía tanto como para sacudirla así. Algo la movía: una vibración del suelo, cierto olor acre que flotaba en el aire, una música tecno. Algo. Intenté adelantarme unos centímetros para ver de cerca los sacudones pero me atajaron del brazo. El que estaba enfrente mío emitió un gemido igual al de Lis y me dio náusea pensar que tal vez pedía un intercambio de lugares. Escupí cerca de mi zapatilla. El resto repartía la atención entre la escena del piso y los movimientos del Mayor, había que estar listos por si tocaba.
El petiso no supo cuál era el fin hasta que ella se lo sacó de encima, entonces se incorporó con cara inexpresiva, parecía decepcionado de sí mismo.
El Mayor señaló a otro con la cabeza. Más pausado, se acercó a Lis y le acarició una pantorrilla. Varios abucheamos con indignación. En el baldío no había lugar para esos gestos de cariño que distraían.

A este segundo le fue mejor, por lo menos se llevó puesta una confianza que no tenía al comienzo. Lis no miraba a nadie, tampoco acotaba palabras a las que oía alrededor. Sólo se frotaba las manos en la pollera arremangada o enterraba los dedos en la tierra, como agarrándose para no caer.
Finalmente se hizo paso el Mayor, suspendiendo las ilusiones de los que esperábamos ser el siguiente. Nos resignamos para ver sus habilidades, dedicarle un aplauso, asistir a un acontecimiento imborrable, acaso una humillación que limitara su reinado. Lis. Lis. Lis. El maquillaje se le había corrido y sus rodillas estaban polvorientas. Se encendieron nuevamente los cigarrillos.
¿Por qué se demoraba en llegar? ¿Es que la iba a tener esperando toda la noche?
El Mayor se acercó al centro con los pantalones y el calzoncillo cortándole las rodillas como si le urgiera ir al baño y no pudiese esperar la intimidad. Los Mayores no tienen pudor. Con la apariencia peluda y desprolija se volcó en ella. Su velocidad desaforada nos disminuyó y volví a sentir ese horripilante gusto a espárragos, ya degradado por las horas.
El humo de los cigarrillos se enrulaba y nos tapaba parte de la visión, no me importaba. Hacía rato que el frío me había acalambrado y movía los dedos de los pies para animarlos a correr.
La cosa se estaba acabando, creo que lo hice por eso. Que el cansancio y los pies rocosos me dieron empuje para desmontar al Mayor de una patada en el riñón. Lo dejé doblado como una billetera y me fui sobre Lis. Los oídos me zumbaban. El globo terráqueo hablaba de mí.
Ella estiró la pollera por debajo de sus nalgas arrastrando hojitas hacia la entrepierna. "¡¿Qué?! ¿No hay nada para mí?" grité antes que el puño me corriera la mandíbula de lugar. La frase terminó de costado, saliendo por una comisura junto con el goteo rojo. Otros nudillos buscaron mi nariz y la encontraron.
Creo que Elisabet dio un salto y corrió entre la maraña de ramas hasta la vereda. Los que se perdieron a Lis fueron los que más golpearon, los otros se conformaron con insultar a la distancia y vigilar el perímetro para que no se asomaran vecinos alarmados.
Todo llega. Era mi turno de estar en el centro.




Alejandra Zina(Buenos Aires en 1973). Publicó la antología 
Erótica argentina y, en co-autoría con Guillermo Korn, la 
compilación En primera persona. Correspondencia argentina 
en dos siglos
Tiene editado el libro de cuentos Lo que se pierde. Dicta 
clases de narrativa en la Escuela Nacional de Experimentación 
y Realización Cinematográfica.