lunes, 24 de noviembre de 2014

RICARDO DI MARIO


 


La noche por encargo


Pegada contra su espalda por el sudor,
la sábana, ya no la cubría,
la envolvía como un celofán dulce y adherido a la piel.
Descendió como pudo por la escalera empinada de la sala,
desnuda y tambaleante recorrió el ambiente al tacto,
la frescura del piso de mármol,
le sugirió apenas una calma,
todo su cuerpo ardía.
En la oscuridad de la noche se movía,
como el sueño de cualquier pincel del humanismo,
que confunde el alma,
con la belleza del talle.

Volvió a ducharse por tercera vez
y se recostó sobre el sillón de mimbre
a ordenar entre el mareo y la resaca, las ideas.

La imagen de la virgen pagana caminando por la sala,
le pareció tan cursi,
como los deseos que en él mismo despertaba,

Rompió el papel de la pequeña olivetti,
buscó la botella negra de ginebra,
picó un gran trozo de hielo y continuó escribiendo.
La bella mujer desnuda apareció otra vez.
Ahora, se quedó.
Un brazo largo levemente velludo recorrió su cuello.
Sintió que no podía escribir,
atinó a beber un trago, pero rodeándolo con el otro brazo,
la joven se le adelantó (tomó de su vaso).
Pensó, pero sus dedos no respondieron.
La noche se hace cargo de todo lo que ocurre,
toma de su mano lo que queda de él y
lo lleva al jardín,
para mostrarle que el silencio de las azucenas oscuras,
pueden decirle algo más sobre la eternidad,
sobre el amor y la soledad.

Bebe de un trago lo que queda en el vaso.
Un aquelarre entre las matas verdes,
le estremece los músculos del cuello.

La noche es el ámbito, un círculo mágico,
una reunión de brujas y demonios,
que traman la conspiración.
La toma de las almas, las aguas y los pueblos.
Intenta volver a la casa,
trastabilla con su propia sombra,
se cae el vaso esparciendo los vidrios en el césped oscuro que ahora es rojo.

Unas palabras que apenas puede pronunciar,
llegan flotando con el timbre de su voz,
rodean el aire que respira y
sobre el vidrio de la ventana las lee
Et era negro, un gran fraton vestito de negro, et era negro.
Antes de transponer el umbral,
su vieja máquina de escribir ya estaba sonando en el escritorio.
Los fantasmas de la noche debían quedarse,
(afuera)
alentando la iniciación de las nuevos espíritus,
(fijando cada detalle),
repasando una y otra vez los ingredientes de la pócima fatal.
Parece que rezaran por el murmullo que se filtra por las paredes,
como enredaderas voraces.
-Eh tu, escritor de la noche.
Esta vez no fue su imaginación,
claramente le hablaban desde el jardín oscuro de sus plantas.
Se convenció que nada había escuchado y entró.
Las horas pasaban en un abrir y cerrar de ojos, literalmente.
El escritor solo parecía vivir de noche.
Las sombras eran su compañía, sus interlocutoras,
tal vez la única razón por la que escribir,
por la que existir, al menos de la forma que él existía.
Ellas deberían sentir lo mismo,
eso explica las variadas formas que tomaban,
espanto diablesco que entre las matas murmuran,
mujer fatal y desvelada que acalora,
a la misma oscuridad del trópico.

El escritor y sus sueños estaban allí nuevamente compartiendo la nada,
el vacío, la soledad, las ideas no acudían como ahora mismo.
Los recuerdos eran del día y...
no parecía tener sentido en esta situación escribir sobre ellos.
La claridad no cabía en el papel,
ni en el viejo rodillo de la máquina,
esa vetusta y rala máquina negra como su entorno,
de teclas de chapa forjada,
esquelética de hierro y fundición.
No hay lugar allí para la vida, para la luz.

Sarcófago devorador de libros sin parir.
No hay posibilidades,
al menos de esta combinación de nocturna apariencia,
de huesos y chapón que se golpean mutuamente.
Se diría que nada puede haber entre ellos.
Pequeños brazos metálicos,
torcidos de cabeza achatada maniáticamente identificados,
que esperan inermes el martillazo que los hará nacer,
una y mil veces.

La noche hace crepitar al escritor,
y más que el pedido del cuento de la noche
el escritor encuentra su silencio,
sus propias palabras, (las de nadie)
muriendo sin sentido.
Ahí justo ahí, germina la principal inspiración,
el sin sentido del pedido.
- Escribe sobre la noche. Le pidió la voz,
que desde hace un tiempo es su propia voz
(la que lo hace volver una y otra vez a la palabra escrita)
- Escribe sobre la noche. Le insistió.
Y la noche es él mismo, escribiendo sobre la noche,
sus fantasmas, los siempre miedos de siempre
la intolerancia de las plantas, que murmuran
sus incoherencias nocturnas malhechoras

La noche es todo eso, eso mismo,
Yo soy la noche, ahí la tienes.


  Su blog /ricardodimariopoesia


Foto extraída de su facebook

lunes, 10 de noviembre de 2014

ANTONIO ÁLVAREZ GIL





Primera lluvia de mayo


El primer aguacero de mayo llegó de sorpresa la tarde del tercer domingo del mes, justo cuando el cielo parecía mostrar a los habaneros su cara más amable. Fue un vendaval largo y rabioso que rompió la calma de la ciudad y produjo numerosas molestias a vecinos y transeúntes en buena parte de La Habana. A Pietro y María Cristina los sorprendió cuando paseaban juntos por las márgenes del río en el parque Almendares. Entre las muchas cosas que el agua se llevó aquella tarde, la más irreversible LEER MÁS


viernes, 7 de noviembre de 2014

ALEJANDRA ZINA


zina por mordzinski
              Foto: Daniel Mordzinski


BALDÍO


Quedamos en juntarnos en el baldío de Joaquín V. González. Todavía quedan descampados en Floresta, como salpicones de pampa con pastos crecidos y algunos árboles que ya nadie cosecha. Limoneros, naranjos y palteros que daban alimento a cocinas y despensas ahora desperdician hijos que se pudren en el suelo. El Pacho, dueño del almacén, dice que el barrio es una chacra asfaltada poblada de gauchos mentirosos. Tiene tiempo para pensar buenas frases, se pasa la tarde entera reverdeciendo de mate detrás del mostrador.

Había pasado la hora de la cena y calculo que todos, más o menos en el mismo momento, nos levantamos de la mesa, saludamos a los parientes y salimos manoseando un atado en el bolsillo de la campera, echando aliento como anticipando el fumo.
Hacía un frío de invierno pero igual nos reunimos afuera. Ese día debíamos estar afuera.
Aunque vivimos equidistantes del baldío yo fui el último en llegar. Mientras traspasaba el alambrado veía sus sombras ordenadas en círculo y, subiendo desde el centro, un remolino de humo formado por media docena de cigarrillos. Parecía el fogón de un campamento donde se juntan paisanos que esperan el conchabo.
Caminé hacia ellos cargando en mis espaldas el resplandor de los postes de luz, útil para esquivar los tallos espinosos que sobresalen del matorral. Era un lugar maldito, ya me había pasado salir con raspones y arañazos de sangre en los brazos y tobillos.
Haciendo crujir la hojarasca bajo las Topper me acerqué al grupo; ninguno se movió para darme lugar en la ronda. El Mayor escupió cerca de mis pies y preguntó si había estado de joda, chupando birra. Se refería a mi retraso. Deslicé una risita burlona y no contesté. Sin mirarme dijo "forro" y como un abracadabra, dos de ellos se apartaron dando unos pasos a cada lado, dejándome el puesto intermedio. En este círculo las cosas se arreglan rápido, no conviene hacerse enemigos tan cercanos. Me acomodé con las piernas entreabiertas y tensas, para afirmarme mejor. El pecoso se puso a tararear bajito una canción, pero no pude darme cuenta si se trataba de un tema conocido o si la estaba inventando ahí mismo, para distraerse de la situación.
En el suelo, entre nosotros, estaba la mujer. Recostada con las rodillas en alto, preparada para lo que venía. Todos la observábamos, también dispuestos. Se encontraba quieta pero no con dureza de estatua, sino quieta de puro alarde.
Cuando llegué ya se había presentado. Se llamaba Elisabet y usaba Lis para abreviar. Mi compañero de la derecha me susurró el nombre como una joya preciosa que yo debía cuidar hasta el final del encuentro.
Lis. Lis. Lis. No era la primera vez que la veíamos. Desde hacía unas semanas trabajaba en "Papelería Norma", ayudando a la propia Norma y a sus hijas, que casi nunca se dejaban ver. Después de visitarla unas cuantas veces, de elogiarle vestidos y maneras, de escuchar alguna que otra tristeza, a uno del grupo se le ocurrió que iba a aceptar y le contó nuestra idea (que en realidad no era nuestra sino del Mayor). Ahí estábamos, observándola fuera del negocio oscuro donde la habíamos conocido, liberada del papel araña y de la máquina de fotocopias que le dejaba manchones negros en el bozo.

Lis comenzó a templarse como una pinza sobre el fuego, arqueaba la espalda, llevaba la coronilla al piso y sus tetas buscaban un rinconcito en el cielo constelado. No tenía mucha más edad que nosotros pero podría haber sido la madre de todos. El maquillaje, la forma de mover las manos, las rodillas cuadradas y macizas tenían experiencia. Cuando aceleró el subibaja de su torso, intervino el Mayor llamándola "bebé". De súbito, me dieron unas ganas terribles de reír, serían los nervios que me estrujaban el estómago y me devolvían el gusto de la sopa de espárragos que había tomado en casa.
Se arremangó sobre los muslos la pollera de lana y emitió un gemido. Creí que se había lastimado con alguna rama escondida y me incliné a socorrerla. "No te muevas, tarado", gritaron. Con el alboroto Elisabet estiró el cuello y nos fulminó recurriendo a sus ojos de rimmel. Ni Graciela —la peor maestra de la escuela— hubiese aplicado un gesto tan amenazador. Retrocedí en silencio, pedí perdón, y ella regresó a esa calma que se negaba a compartir.
El Mayor dijo "andá vos" y le tocó al más petiso. El elegido se desabrochó el botón y bajó el cierre relámpago, avanzó con un ligero bailecito de caderas, se arrodilló frente a las piernas flexionadas y se convirtió en una tabla de barrenar. Debió entregarse a las olas imaginando que el baldío era Villa Gesell y nosotros las sombrillas de Cinzano clavadas en la arena.
Lis se sacudía de forma extraña, aunque nos dábamos cuenta de que el petiso no se movía tanto como para sacudirla así. Algo la movía: una vibración del suelo, cierto olor acre que flotaba en el aire, una música tecno. Algo. Intenté adelantarme unos centímetros para ver de cerca los sacudones pero me atajaron del brazo. El que estaba enfrente mío emitió un gemido igual al de Lis y me dio náusea pensar que tal vez pedía un intercambio de lugares. Escupí cerca de mi zapatilla. El resto repartía la atención entre la escena del piso y los movimientos del Mayor, había que estar listos por si tocaba.
El petiso no supo cuál era el fin hasta que ella se lo sacó de encima, entonces se incorporó con cara inexpresiva, parecía decepcionado de sí mismo.
El Mayor señaló a otro con la cabeza. Más pausado, se acercó a Lis y le acarició una pantorrilla. Varios abucheamos con indignación. En el baldío no había lugar para esos gestos de cariño que distraían.

A este segundo le fue mejor, por lo menos se llevó puesta una confianza que no tenía al comienzo. Lis no miraba a nadie, tampoco acotaba palabras a las que oía alrededor. Sólo se frotaba las manos en la pollera arremangada o enterraba los dedos en la tierra, como agarrándose para no caer.
Finalmente se hizo paso el Mayor, suspendiendo las ilusiones de los que esperábamos ser el siguiente. Nos resignamos para ver sus habilidades, dedicarle un aplauso, asistir a un acontecimiento imborrable, acaso una humillación que limitara su reinado. Lis. Lis. Lis. El maquillaje se le había corrido y sus rodillas estaban polvorientas. Se encendieron nuevamente los cigarrillos.
¿Por qué se demoraba en llegar? ¿Es que la iba a tener esperando toda la noche?
El Mayor se acercó al centro con los pantalones y el calzoncillo cortándole las rodillas como si le urgiera ir al baño y no pudiese esperar la intimidad. Los Mayores no tienen pudor. Con la apariencia peluda y desprolija se volcó en ella. Su velocidad desaforada nos disminuyó y volví a sentir ese horripilante gusto a espárragos, ya degradado por las horas.
El humo de los cigarrillos se enrulaba y nos tapaba parte de la visión, no me importaba. Hacía rato que el frío me había acalambrado y movía los dedos de los pies para animarlos a correr.
La cosa se estaba acabando, creo que lo hice por eso. Que el cansancio y los pies rocosos me dieron empuje para desmontar al Mayor de una patada en el riñón. Lo dejé doblado como una billetera y me fui sobre Lis. Los oídos me zumbaban. El globo terráqueo hablaba de mí.
Ella estiró la pollera por debajo de sus nalgas arrastrando hojitas hacia la entrepierna. "¡¿Qué?! ¿No hay nada para mí?" grité antes que el puño me corriera la mandíbula de lugar. La frase terminó de costado, saliendo por una comisura junto con el goteo rojo. Otros nudillos buscaron mi nariz y la encontraron.
Creo que Elisabet dio un salto y corrió entre la maraña de ramas hasta la vereda. Los que se perdieron a Lis fueron los que más golpearon, los otros se conformaron con insultar a la distancia y vigilar el perímetro para que no se asomaran vecinos alarmados.
Todo llega. Era mi turno de estar en el centro.




Alejandra Zina(Buenos Aires en 1973). Publicó la antología 
Erótica argentina y, en co-autoría con Guillermo Korn, la 
compilación En primera persona. Correspondencia argentina 
en dos siglos
Tiene editado el libro de cuentos Lo que se pierde. Dicta 
clases de narrativa en la Escuela Nacional de Experimentación 
y Realización Cinematográfica. 

ENRIQUE RAAB





Borges en la Galería del Este


Las mojadas baldosas de la Galería del Este de Buenos Aires comenzaron a ensuciarse con el barro de la calle cuando, cerca de las 18 del jueves, unas doscientas personas confluyeron desde Maipú y desde Florida y se ordenaron disciplinadamente frente a las vidrieras de la librería La Ciudad. Casi a las 18.30, el escritor Jorge Luis Borges avanzó por la galería, pálido, con los labios musitando alguna inaudible plegaria y sostenido por su ocasional cicerone y secretaría Anneliese von der Lippe. La pequeña multitud se abrió y Borges, vacilante, fue empujado hacia una mesa. Sus manos se aferraron intuitivamente a una forma discernible: un florero –que él no veía– lleno de rosas rojas. Iba a comenzar la firma de ejemplares de su último libro de poemas, La rosa profunda.

La ceremonia no transcurrió sin incidentes. Por razón desconocida, la disquería El Agujerito, ubicada frente a la librería, interrumpió sus emisiones de Pink Floyd y de Mae MacGraw y esperó la entrada de Borges a La Ciudad para colocar en el plato del tocadiscos la versión de “La marcha peronista” cantada por Hugo del Carril. Borges decidió no darse cuenta, aunque luego, ya en pleno trámite de firmas, demostró poseer un oído finísimo al alabar cinco compases (de Debussy, provenientes de otro parlante). “Me gusta Debussy –acotó–, y también Stravinsky... Hay una gran felicidad en esa música.” La servicial señora Von der Lippe, ajetreada con el trámite del recambio de volúmenes bajo las manos del escritor, consintió: “Sí, Borges... claro... Pero yo soy muy anticuada... Prefiero a Haydn, Mozart, Bach...”.

Esta polémica musical no fue la única: minutos después de su entrada, Borges utilizó el inglés para protestar contra esa rutina mercantil que la fama le estaba imponiendo. Al firmar el tercer volumen, levantó su rostro inquisitivo hacia la señora Von der Lippe y estimó: “This will last for ever...”. Y luego, más enfáticamente, con cierta desesperación: “For ever and a day...”. El idioma de los británicos no tiene término más vasto para definir la eternidad, pero allí estaba, tranquilizadora, la señora von der Lippe: “Don’t worry, Borges... lt will be short...”.

Fue una mentira piadosa: a las 20.15, Borges seguía estampando, maquinalmente, firmas sobre libros que no veía. Un señor depositó sobre la mesa con el florero la edición alemana de sus poemas. Advertido sobre la variante lingüística, Borges chanceó: “¿Debo firmar en letra gótica?”. Y aprovechó la pausa para acotar: “Los alemanes... Un pueblo equivocado... Pero no es el único... Hay otro, que emitió siete millones de votos...”.

Un filólogo japonés, una alumna del colegio Champagnat y señoras de variada índole intentaron entablar diálogos. Borges se excusó siempre, aduciendo estar resfriado. Diligente, la señora von der Lippe hizo traer una naranjada y ofreció: “¿Un Desenfriol, Borges?”, a lo que Borges contestó con una sonrisa cansada.

La misma sonrisa cansada con la que contestaba a quienes, aparte de la firma, querían una dedicatoria. No puedo... Estoy ciego”, repitió una y otra vez. Hasta que, en medio de los fotógrafos, un joven intimó con voz arrogante: “Una dedicatoria... Para Sánchez Sañudo... Sobrino del almirante...”. Borges inclinó la cabeza y preguntó: “¿Para quién?”. “Sánchez Sañudo”, repitió el muchacho. “Sobrino del almirante.” Borges esperó un momento, estampó su firma, apartó el libro con cierto fastidio y repitió: “No puedo... Estoy ciego”.



                                 (La Opinión, 21 de septiembre de 1975)