lunes, 25 de agosto de 2014

PABLO MAKOVSKY





El regalo ajeno


En mis cumpleaños de la infancia siempre hubo tías que me regalaban medias o calzoncillos. Llegaban urgidas por mi salto de edad, excitadas por el encuentro familiar. Y estrujaban en sus manos un paquetito blanduzco envuelto en papel de regalo, del que se desentendían entregándoselo a mi madre o a mi padre.
Más tarde, yo recibía el presente con un ligero rencor. Sin decírmelo, intuía que un regalo era algo que debía mostrarse, que en esa exhibición resultaba homenajeado también quien había hecho el regalo. Tal vez ese íntimo desprecio, al descubrir el calzoncillo dentro del envoltorio deshecho, me hundía en una culpa volátil que luego, al reconocer días más tarde el regalo en el cajón de la cómoda, resurgía como una bruma mental, algo así como el efluvio fantasmagórico de un sentimiento que no termina de cristalizar.
Así, yo me convertía en ajeno al regalo. El regalo, por su parte, desplegaba sobre mí un halo espectral: en él se ausentaba la ofrenda intuida y se presentaban los restos de mi desprecio, como un cadáver hecho de sensaciones, como un cadáver pegado al cuerpo... un calzoncillo, unas medias. El regalo me era entonces ajeno: destinado a mí, desterrado su carácter de obsequio, aquello estorbaba como una mácula entre mis cosas más íntimas.

A su vez, mi intimidad, convocada por esos calzones sin estrenar, parecía fugarse de la escena y dejaba una trémula comezón, el resplandor de una ausencia, algo semejante a una puerta, un umbral: por allí escapaba aquél que de pronto se volvía ajeno al homenaje de su pequeño cumpleaños.