lunes, 23 de junio de 2014

JOSU LANDA





LA GEISHA Y EL DRAGÓN


Porque la distancia no existe
(y si existe no significa nada)
estoy ahora en tu alcoba
mónada en la espesura de Asakusa
Tokio abandonada al farol y la tiniebla

No voy a decirte cómo
pero debemos creer en los dragones
y si no es el dios saurio
lo que se traga tantos kilómetros

es porque el animal está en mí
dicho (y hecho) por las fauces de fuego
y la ausencia de alas (en el tronco)
y sin embargo se mueve
porque estoy ahí
aquí
contigo
y se me parte el cardiograma
y me concedes (antediluviana) tu mano
tu arte de bordar el cielo y la delicia
con la seda transparente de tus dedos
mariposas
y tus labios floreciendo en las maneras
de tu cuerpo
gozan de mí y en mí
hasta brotar los destellos del clímax
Sé que tú también vives este júbilo extraño
tú y tu piel
sabia en advertir el grano de arroz
bajo el muelle océano de plumas




La mesa servida


Que quede claro el olor de las espigas en la santa inmensidad del mantel,
apenas pronunciada por el suave jacinto virgiliano en el medio,
la pausa de lo que ha de venir o bálsamo para el amasijo de soledades,
con las cabezas ahora desnudas,
guardado ya el idioma de lobos y la marca de las estaciones violentas.

Véase la tabla en su faz de arca, barca o inocente ara,
pero más aún el remanso como red de las miradas (patrias hasta ahora de las lejanías),
las filtraciones de un fuego mutuo,
el ir y venir de los flujos invisibles en los vasos entre borde y borde implícitos,
sin menoscabo de las puertas fidedignas a la brisa,
al temblor de la vegetación atenta
a la llegada de Venus.

Heidegger esperando su comida

(De sol ha de ser la piedra
de ese cimiento intangible y nudo.

De sol, la cabecera o ducto
hacia el campo y lo insondable)

Todo lo alto
(lo sumo)
está aquí:
en la dignidad de las manos limpias,
en el pan pobre pero verdadero,
en el leve tesoro del grano abierto,
en la leche sin mutilaciones,
en el néctar sincero de las flores y frutos familiares,
en el barro de los platos hermanado al humus de los cuerpos.

(Maldito, el que nos prive de esta hostia mínima)

Nada de carnadas a precio de moro.
Menos aún la velocidad, los diezmos venenosos del tiempo.
Aparte el cáliz del fasto y el neón.
Aparte incluso el vocabulario de las lejanas comuniones:
no lo de tomad y comed,
no lo de tomad y bebed.
No más ansias de multiplicaciones
(en verdad, en verdad os digo).

En todo caso: alto total del día
en la conjunción del humo y el aliento,
   del cielo y los aromas.
Alto al principio de dolor.
(Desgraciado, el que nos niegue este paréntesis)

En todo paso: alto a los despreciadores y depredadores:
bendición plena a la ceremonia de las bocas:
viáticos a la caravana de la tierra hacia la tierra.

Que se respire este placer.
Que se sienta honda la liga de lo dulce y lo salobre.
Cómo se atemperan los corazones en el caldo hospitalario.
Cómo asciende desde la sangre presente una música llana y pura.
Los hijos imbuidos en el humilde sacerdocio de los antepasados.
El torvo acto de las lenguas amasando sabores y palabras.
La voz de los ausentes emergiendo con el halo de las especias.
El despuntar de un centro más del mundo
en la breve intemperie de altar
      balsa
      isla afortunada.

Que se sepa:
nada hace tanto contra tanta daga
                       contra tanto dogo.

Que se palpe la luz total en las ondas de este instante.


¿Quién recuerda aquí a la muerte?


Josu landa(Caracas, Venezuela, 1953). Poeta, narrador y ensayista.
Reside en México desde 1982. Profesor de la FFyL de la UNAM.
Premio Carlos Pellicer 1996 por Treno a la mujer que se fue con
el tiempo.