martes, 27 de mayo de 2014

SAMUEL FERGUSON




El pozo de hadas de Lagnanay


Tristemente, canta tristemente–
“Oh, escucha, Ellen, hermana querida:
¿es que ya no hay más ayuda para mí,
sino solo incesantes suspiros y lágrimas?
¿Por qué no aquel quien me dejó aquí,
con arrebatada esperanza roba mis recuerdos?
Oh, escucha, Ellen, hermana querida,
[Tristemente, canta tristemente]–
me marcharé de Sleamish hill,
arrancaré el espino de las hadas
y dejaré a los espíritus obrar según su voluntad;
no me preocupa si es por bien o por enfermedad,
a ellos tampoco, pero abandonan el recuerdo
con el que todo mi corazón continúa hechizado!
[Tristemente, canta tristemente]–
Las hadas son una raza silenciosa
y pálidas como lirios se ven;
no me preocupo por un blanquecino rostro,
porque paseo en un lugar de ensueño,
yo tampoco, pero destierro el recuerdo:–
¡desearía estar con Anna Grace!
¡Tristemente, canta tristemente!
Escuchando mi historia de dolor–
así era como lloraba Ellen Con,
su hermana habló con silencioso tono,
su única hermana, la blanca Una:
estaba en su cama antes del amanecer,
y Ellen respondió triste y despacio,–
“Oh, Una, Una, no te alejes
[Escuchando mi historia de dolor]
de esta impía pena que rezo,
que me hace daño en verdad saberlo
y te ayudaré si puedo
–el Pozo de Hadas de Lagnanay–
yace muy cerca a mí, y tiemblo tanto–
Una, he escuchado a las sabias mujeres decir
[Escuchando mi historia de dolor]
que si antes de que el rocío se levante
verdaderas doncellas en su frío flujo
con sus puras manos bañan sus senos tres veces,
y tres damas-helecho se arrancan también,
y tres veces alrededor de la fuente van,
ella bien olvida sus lágrimas y penas”.
¡Escuchando mi historia de dolor!
¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!
“¡Oh, Ellen hermana, querida hermana,
ven conmigo a la colina en la que rezo,
y te probaré aquella creencia bendita!”
Ellas se alzan con suaves y silenciosos pasos,
dejando a su madre ahí donde yace,
sus madres y su discreta estima,
[¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!]
Y pronto alcanzan el Pozo de las Hadas,
el ojo de la montaña, claro, frío y gris,
abierto de par en par en la lúgubre colina:
Cuánto tiempo detenidas estuvieron ahí, vano decirlo,
al final del amanecer,
la blanca Una desnuda su hinchado seno,
[¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!]
tres veces sus encogidos pechos lava
la mirada hudiza no permanecerá
de las sutiles ola feéricas que sutilmente manan:–
y ahora los tres helechos encantados suplican,
ellas los arrancó de sus ornadas orillas:–
Ahora alrededor del pozo su destino desafía,
¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!
¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!
Ellen ve el borde de su rostro
dos, tres veces y nada más–
¡fuente, colina y doncella nadan
todos juntos en la disuelta oscuridad!
“¡Una!, ¡Una! ¿Pudiste llamarla,
“¡Triste hermana!”?, ¡pero ni juntura ni miembro
[¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!]
nunca más de la blanca Una,
donde ahora camina en un vestíbulo de sueños,
pudo mortal ojo observar!
¡Oh! ¿será acaso que el guardián se ha marchado,
mejor guardián que un escudo o muro?
¿Quién en la tierra podrá salvar a Jurlagh Daune?
[¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!]
observa, las riberas están verdes y vacías,
ningún agujero hay aquí donde caer:
sí –en la fuente un pozo puedes ver,
pero nada salva a las rocas, llano es allá,
y pequeños juncos giran juntos.
Apresúrate a casa, y recita tus oraciones,
¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!


                            Versión al castellano de Helena Roig Torres 
                                                           & Reinhard Huamán Mori