miércoles, 28 de mayo de 2014

RICARDO LLOPESA





MI PENE


Mi pene,
como cualquier otro,
a veces es un pene loco.
Estamos durmiendo
por la noche
después de larga jornada
y se despierta
a medianoche
sin sueño,
la cabeza erguida,
como si hubiese dormido
el día entero.

No lo puedo dominar,
ni atar a la cama,
ni a la mesa
porque tiene el cuerpo débil.
No es enclenque
pero su cabeza es delicada.

Llora.
Por su ojo brota
una lágrima.
Luego, babea
como un niño.

A veces, no puedo comprenderlo
y por su silencio
pienso que tiene hambre
cuando se rebota,
yo me pregunto:
¿cómo podrá comer
si no tiene boca
ni dientes
y pide carne

como un loco?



ARGUEDAS


Puede ser el suicidio una forma de menosprecio.
Puede ser el suicidio una manera de alcanzar
la única verdad,
puede ser.

 Puede ser un modo de renunciar,
una protesta contra la civilización
cada vez menos civilizada.

Cuando el novelista José María Arguedas
toma el camino del suicidio fue al encuentro de la vida
aquel 28 de noviembre de 1969,
anunciado por él como fecha de su muerte.

Bravo indio quechua que diste brillo a la lengua
desde la valiente Lima que luchó en Miraflores..
Al parecer, Arguedas padecía de un mal psíquico,
eso que hoy llaman depresión
y agota el cuerpo y la mente
hasta la extenuación y la muerte.
Eso le impedía escribir,
y su crisis se prolongaba
hasta más allá de su deseo.

Un buen día
conoció a una zamba prostituta,
gorda y joven,
llena de alegría,
que dio su amor al escritor.

Pero Arguedas se resistía a vivir.
No había nacido para este mundo.
Pensó en las posibles muertes.
Descartó el doloroso veneno de los pobres
que hace retorcerse de dolor en la panza.
Descartó las vulgares píldoras que matan bien
pero a veces fallan, justo en ese preciso instante
en que la vida se separa del cuerpo.
Descartó ahorcarse,
a pesar de la efectividad de la ejecución.
No estaba dispuesto a producir ninguna sorpresa
a sus amigos al verlo colgado, meciéndose bajo el palo.

En verdad,
Arguedas había visto en los animales más nobleza
que entre los hombres. La vida para él era innecesaria
porque tenía pegazón a la muerte.
Disfrutaba revolcándose con los cerdos,
sentir sobre su piel las caricias húmedas de sus hocicos,
la dicha de sus dulces gruñidos en los oídos,
como cuando se revolcaba con los perros chuscos
llenándose de caricias,
comprendiéndose de amigo a amigo,
de perro a perro,
porque el hombre es también animal;
un animal que piensa en voz alta para ser oído,
para ser venerado por los demás como actor.
En cambio, el animal es noble.
Su gran teatro es la intimidad.
Por eso le gustaban a Arguedas
los cerdos y los perros,
porque los cerdos y los perros
guardan más dignidad que las personas.

Arguedas huía de la convivencia con los hombres.
Como animal doméstico sabía
que los hombres prescinden de la amistad
si no es para explotar la virtud.

Al final eligió un revolver 22
como el medio más decente
para evitar molestias a los amigos.
Se apuntó en la sien y bastó un solo disparo.

Arguedas había entrado en el mundo oculto
de la serpiente emplumada, en el espíritu
del gran cerdo que se revuelca sobre el fango;
iba al encuentro de Manco Cápac y Atahualpa,
al reencuentro de Huáscar y el Inca Garcilaso,
a la fiesta de Pachamama y la del Señor de los Milagros.