martes, 27 de mayo de 2014

CARLOS CORREAS





Las armas tiernas


Cuento inédito de Carlos Correas


Dos hombres buscan sexo rápido por Palermo. Uno es militar, aunque no de carrera. El otro es civil. Con un estilo impresionista y duro, el mítico Carlos Correas vuelve, una vez más, sobre sus obsesiones narrativas principales: la homosexualidad, el lado opaco del deseo, la violencia contenida. Climas opresivos y fantasías onanistas redondean y reflotan la propuesta del autor de “El revólver” y “Los reportajes de Félix Chaneton”.



Las armas tiernas


En ese paseo no había más que parejas; tipos afeitados que agarraban a la mujer por la cintura. Ni una mujer sola. Los faroles, la calle lavada, los Rosedales estaban fuera de la noche, fuera del sábado. Sólo una mujer que caminara despacio, por el cordón de la vereda, y la ciudad lo recuperaría todo.

—Sigamos otra cuadra –dijo Eduardo.

El lago reflejaba las luces amarillas: un laguito de cristal, quieto y quebradizo. Ahí alimentaban el silencio las rosas y los árboles: tallos enroscados, mustios, hojas velludas, inertes a la dulce y feroz espera de los jóvenes. ¿Hasta cuándo huiría ese sábado? Miserable noche sin mujeres. Nada más que parejas susurrantes.

—Por acá no hay caso –dijo Freyer.

—Volvamos, entonces.

Freyer dobló y el auto siguió, “yirando” hacia la avenida Sarmiento. El asfalto brillante desaparecía suavemente bajo el capot.

—Asomá la cabeza.

—Me pueden ver –dijo Eduardo. Era mejor tener la cabeza apoyada en el asiento. La cabeza rubia rapada y el cuero que cosquilleaba los pelillos; beberse poco a poco el ruidito falso de las ruedas. La larga piel sin color desde el cuello hasta los muslos entreabiertos. Esperando. “Esperando, piensa, que esperen; ya vamos. Me esperan en el Colegio también. Espera la familia. El juego de los fusiles y la gimnasia”.

—Vamos para Plaza Italia –dijo Freyer.

—No, está lleno de negras.

—No todas, alguna se puede encontrar.

—Son todas siervas con día franco. A lo mejor está la mía, sería bueno que la levantáramos a ella.

—Es estúpido –dijo Freyer, molesto–, se hace tarde.

Eduardo abrió y cerró los muslos con violencia,

—Está bien, a Plaza Italia.

Con los ojos entrecerrados se dio cuenta de que Freyer lo observaba. “Me divierte, me cree un chiquilín, me divierte; no hay que olvidar que es un civil. Tiene las costumbres que tenía yo. La ciudad todos los días, mujeres todos los días, la nariz siempre llena de olor. Ya no es mi amigo. ¿Por qué no lo dice? Pero lo hace con buena voluntad: me mete en el coche y me busca mujeres.”

Freyer volvió por un momento su cara blanca y fofa. Dijo con voz atenta:

—¿No tenés muchas ganas?

Eduardo rio, sin levantar la cabeza. Sacó las manos de los bolsillos y se acarició las mejillas. Era cómico. Después de una semana de fajina, con los ojos hartos de ver pantalones y las orejas podridas de oír los amores de los otros; y las palabras y las fotos. No se sabía. Eran cuerpos demasiado vestidos. ¿Qué caras tendrían en una cama? Piel satinada por afuera y adentro los negros mocos moviéndose, en silencio. Ganas, afrecho. Se revolvió en el asiento. Freyer también rio y dejó de mirarlo. El rubio fantasma Eduardo se dejaba chupar por el sábado franco. Las siervas esperaban en Plaza Italia, con ese aire de alcahuetas o de perras que agradecen el hueso. Lo ven llegar a uno y ponen la cara de hermanas. 

Hacen el favor. El pobre chico está necesitado. No, yo no. Era sorprendente. No tenía muchas ganas. De corazón. Habría que empezar directamente por el final. Abrazos que no terminan, se acalambran los dedos y uno acaba por abrir los ojos para divertirse con otra cosa. Nada de besos en la boca que puede estar enferma. Ni besos, nada. Era intolerable. Un Eduardo gigantesco que se inclinaba sobre la prostituta. Un Eduardo desnudo, enorme, atravesado, pulverizado a la pura arena por la mirada de ella. Violentamente era lanzado desde el torbellino inmenso a la blanda vergüenza. La manito que abre la ropa y los olores que han dormido todo el día y se levantan ahora. Azúcar de vidrio sobre la crosta inflamada.

Solo y en casa, detrás de la puerta de cristal, entre los azulejos y las canillas vacías de agua. No tengo ganas, Freyer civil, ¿cómo decirle? Lo hago todos los días en el Colegio, solo. Eduardo contrajo el cuerpo y apretó el cuerpo flaco contra el asiento. Lo empujaban dulcemente hacia adelante. Una mano inefable que aprieta la nuca entre lágrimas, una exquisita tortura. La mano de Dios, la mano del oficial que reparte los preservativos el sábado a la mañana. Como si le hubieran cortado algo ahí abajo. Una blandura herida y al aire: nerviecillos gastados. Todos los días, solo. Y la flecha tibia, inmensamente triste, que se desliza a las cañerías grises. Arrastrando el gran cadáver prohibido, arrastrando los discursos, los consejos de mi padre, la mirada de madre. Aullaba el vértigo en la profundidad de la cloaca; el remolino surgía, le trepaba por las piernas, el vientre, le llenaba la boca hasta reventar y luego desaparecía. Sólo quedaban virutas entre los dientes. Luego había que salir, sin darse vuelta. Estaban a sus espaldas. Volvían. Se escapaban de la cloaca y lo acechaban otra vez. Era inútil. Estaba clavado con alfileres en el aire. 

La madre lo conocía en lo más profundo (“Pensar que una vez estuve dentro de esa barriga y le chupé esos pechos que le cuelgan ahora”). El padre lo comprendía en todo; el encargado, el oficial, lo forjaban minuto a minuto. Humillado, indefenso en el inmenso camino de cemento, reducido a una verruga apolillada, un rubio insecto bajo el sol. Podía hacerlo todo que no cambiaría nada; las construcciones de techo rojo, los jardines seguirían con su aire cortés. Las ventanas de ceniza no contemplarían la ofrenda silenciosa de su vida. Para ninguna muchacha sería el Predilecto.

Eduardo escuchaba el lenguaje secreto de las ingles; tenía un muro de ojos a su alrededor. El silbido aguado de los proyectiles le atravesaba los oídos, cada vez más. Subían, subían, le estallaban en la cabeza. ¿Qué era eso? Se endureció de pronto. Un hierro helado le murmuró en el vientre. Un galope de palabras, de chismes sin interés que se repartían por todas partes. El hierro cruel lo elevaba sobre el Colegio, sobre la familia, sobre la ciudad burlada. Arqueó las manos y endureció la cara. Luego alzó los garfios. “Y sin embargo soy yo, pensó.” Sin querer nada. Lo tenía todo en las manos pero no quería nada. Los otros deseaban modestamente. Eduardo, gracioso, era la condición misma de esa noche de tortura. Y era tremendo estar ahí. Otra mano haciendo otro ademán. “Quisiera un espejo, pensó.” Se acordarían de él hasta la muerte. En el mágico instante obtuvo su valor. Eduardo en Eduardo. Eduardo sumergido en el infinito radiante. “Les ha nacido un mundo nuevo. Los guiaré.” Ah, se caían una a una las viejas caras. 

Se hundía derrotado el escarnio del baño. Vergüenza de la mano. Despedía agria tibieza. Levantó lentamente la cara de “cafishio” ingenuo. “Quieto, nadie sabe nada de mí, nadie.” Todavía quedaban ellas: las mariposas esquivas. Marcarlas. Tragarlas. Borrarles la eterna sonrisa. Estaba destinado a buscarlas. Pero era despreciable el placer de ellas cuando se sometían. Así no había medio de atraparlas. Todos los fusiles, las municiones del Colegio no serían suficientes. ¿Y habría algo mejor que una mujer para esa noche? ¿Qué mejor? Eduardo se enderezó. Freyer seguía manejando, a punto. La avenida Sarmiento se zambullía en la kermesse de Plaza Italia. “Quisiera saber si hace todo lo mismo que yo”. Pero Eduardo comenzó a silbar, muy bajito, y ya no pensó más.

—Aquí está, ahora... –dijo Freyer; había sacado la cabeza sobre la ventanilla y por los movimientos de la nuca parecía sonreír. Eduardo, inquieto, pudo entrever el pelo negro de la mujer y después la mano regordeta del otro que abría la puerta de atrás. “Ya está, ya está, pensó”. Ya sentía los huesos quemados por la mirada de la garaba; unos ojos repetidos que le acariciaban el pelo y le observaban el grosor del cuello. Una delicia inaguantable. “Ya me desea. Es del rubiecito, fragante hasta el más ínfimo detalle. Estas, de vez en cuando, consiguen algo bueno. Gozan cuando quieren.” El auto rodaba hacia la Costanera. Sin palabras. Eduardo tenía ganas de reírse. Todo el asunto era pan comido. Cuestión de oficio. “No me merece, para ella será una cosa más. Se ha dado cuenta que no soy un civil. Cuando acabe y me pudra en los brazos de ella tendrá a todos los muchachos compañeros, a todo el Colegio.” Eduardo reventó. Rodaba a la sucia humillación de los infantes con madre. Su madre estaría quieta, Pura, cerrada; y él sólo era una ampolla encogida, un vientecillo de amanecer, con la cabeza abotagada de sueño mojado. Ya llegaban. 

El viento del río lo estremeció. El olor marino le hizo recordar: un olor a potrillos en los baños del Colegio. Mosaicos duros y blancos. Una desgarradura relampagueantes y surgían armas de caños fruncidos. Le apuntaban a la cara y le disparaban balas viscosas. Eduardo arañó el cuero del asiento. “Hay un medio, se dijo, hay un medio”. El auto se detuvo. En el camino negro y pelado las luces rojas de los autos detenidos se repetían hasta perderse la vista. Eduardo descendió rápidamente, metió la cabeza y dijo:

—Vos primero. Yo voy hasta el río.

Le echó una ojeada a la mujer, que estaba acurrucada, esperando. “Lo hace bien, pensó Eduardo, se hace la indiferente. Pero me desea a mí. Flaco y rubio. Me bañé esta mañana para esta noche. Con éste hará la faena de siempre pero me espera a mí.”

Cruzó el descampado, dirigiéndose hacia el murallón. Detrás de él quedaba el ejército de autos inmóviles, herméticos, encerrando la gran esponja sangrienta del día.

 Eduardo sonrió ante el río y el cielo enormes. Era como meterse en un carbón; suspendido de un hilo frente a ese relámpago eterno e impenetrable. Acarició la piedra quemada, rugosa; una noche para morir duro de frío sobre el río helado. Un trabajador solitario. “Seré libre, pensó, no me ataré nunca. Ni mujer, ni hijos, ni amigos, ni amores que acercan a Dios. Seré libre.” “Esta noche la cama estará fría y sola. Tendré el sexo encogido. Mi cara será sombría. Mis patillas brillarán como paja al sol.” Se inclinó un poco tratando de ver el agua que chapoteaba contra la piedra. Dentro de poco iría Freyer a buscarlo. No estaría gozando con la otra. Pensaría en él dándose prisa para dejarle el sitio libre. “No la quiero, pensó, no le daré el gusto. Me deseó todo el día sin conocerme. Se quedará sin saberlo.” Era necesario actuar. Blanquearse la cabeza y hacer. 

Ya estaba seco; un hueso desnudo y pelado. Lo había conseguido. La Revelación crecía por sí misma. Nada de afuera, nada. “No tomaré nada prestado, no me hacen falta. Ah, en el Colegio uno se olvida hasta que es hombre.” Escondido a plena luz como los tipos de los autos; a descubiertas. “Estaré en todas partes, en la calle, en los bares, me tropezaré con ellos a toda hora pero no robarán nada de mí; no me conseguirán en ningún momento.” Como las bollas perdidas en el agua. Se hartarían de él segundo sobre segundo pero no lo tendrían. Ninguno podría compensar de esa noche. Desde el fondo del río llegaba, inevitable, la señal: un algodón purísimo que lo devoraba todo. Eduardo asintió y el mal de los hombres nació en el Plata muerto, en el cuerpo frágil del muchacho.
Oyó pasos a sus espaldas. Era Freyer. Eduardo, rápidamente, se dio vuelta y lo miró. Con placer advirtió que no lo odiaba, pero la Gracia, se quebró como un cristal. “Ya lo hizo, pensó, y está como hace un rato; y ya lo hizo. Se acercó al otro. Sobre el vidrio roto sólo quedaba una el sonrisita indulgente.

—Vamos –dijo Freyer. “Ni siquiera está despeinado pensó Eduardo.”

—¿Qué tal?

—Muy buena. Te va a gustar. Te está esperando.

—¿Sí?

—Dice que sos hermoso. Le gustan los rubios.

—Lo siento... pero no voy a hacer nada. Eduardo metió las manos en los bolsillos, contento de que el otro no comprendiera.

—¿Pero por qué?

— No me siento bien.

Freyer se calló. “Otra chiquilinada, querido, tenés que tomarlo así.”

—Lo que vamos a hacer es sacarle la plata.

—Va a ser difícil. Va a gritar.

—No, dejame a mí.

Se acercaban al auto. Eduardo se adelantó de frente a las ventanillas para que la mujer lo viera. “Está ahí adentro. Me ve. Se prepara. Todavía no lo sabe. No lo sabe. Vamos a ver qué hacemos con mi hermosura. El rubiecito. El ratoncito entalcado.” Abrió la portezuela y metió medio cuerpo. Freyer se quedó en el camino, vigilando.

La mujer estaba acurrucada en un rincón. Al verlo a Eduardo, sonrió ampliamente; tenía la blusa desabrochada y la pollera hecha un revoltijo sobre los muslos.

—Cerrá –dijo–. Hace frío.

“No es fea, pensó Eduardo, para lo que hace; no es fea.”

—Es mejor dejar abierto. No vamos a hacer nada.

La garaba se arregló la pollera, inquieta.

“No lo cree todavía; habrá que acostumbrarla.”

—¿Vos habías pensado algo? –dijo Eduardo–. Esta noche no, no quiero.

Eduardo se escuchaba hablar un poco asombrado. Luego desvió la cabeza para evitar los ojos de ella. “Así no hay caso, pensó, se queda afuera; habría que meterle la mano en la cabeza, por atrás, quisiera tenerla para mí, siempre, pero sin mirarla, ni tocarla, ni hablarle.”

—Está bien –dijo ella–, ¿qué hacemos, entonces?

—Vos vas a dar la plata que tenés –dijo Eduardo; pero ya no había interés.

La borrachera seca de su corazón se derretía modestamente. El asunto fracasaba; había que terminarlo por simple aburrimiento. La mujer bajó la vista y Eduardo se rehizo por un instante.

—¡La plata, desgraciada! –dijo en voz alta, pero una súbita vergüenza lo invadió. La mujer lo miraba otra vez. Eduardo sintió asco y furor y una náusea que le hinchaba la garganta. —ya lo sabía –dijo ella–, no tengo más que veinte pesos. Tomá.

Puso el dinero en las manos de Eduardo, que se hizo a un lado para dejarla bajar. Recordó que detrás de él estaba Freyer. Se endureció y sonrió.

—Ya está –dijo, incorporándose–, le sacamos veinte pesos.

La mujer estaba junto a Freyer; se arreglaba la ropa con aplicación. No parecía muy afectada.

—¿No tenía más? –preguntó Freyer.

—Nada, un tipo antes que ustedes.

—Vamos –dijo Eduardo–, es tarde.

—¿No me llevan? –preguntó la mujer–. Hasta Plaza Italia.

—Vamos para otro lado –dijo Freyer.

Subieron al auto. “Por última vez, pensó Eduardo, a otro sí pero a mí no. A partir de mí; yo lo había previsto. La esperaba.” “Pero no podía convencerse. La otra estaría acostumbrada, resignada: formaba parte del trabajo. Tenía ganas de vomitar la noche. A menos que prestara atención a ese cosquilleo caliente del vientre. A la figura exquisita de un muchacho rubio y delgado llamado Eduardo que se levantaba frente a él. ¿Por qué no, se dijo. Habría que llegar hasta lo último para sentirlo. Ya estaba. Un chasquido y ya estaba. Decidido; era un alivio. Lo demás no era sino continuación. Ese muchacho exquisito lo esperaba.

El auto arrancó. Eduardo iba con los ojos cerrados. El auto cobró velocidad y se alejó.

La garaba se quedó mirando las luces rojas. Tendría que volver a pie a Plaza Italia. Si no la pescaba algún policía todo iría bien. Miró los bultos de los autos detenidos. Ni un ruidito salía de allí. Era un lindo silencio de disculpa. Alguno podría ayudarla. Pero no, era mejor dejarlos. No tenía derecho de molestar a todos esos pobres tipos, que liquidaban humildemente la noche, sacrificándose para gozar un poco; agradecidos hasta las entrañas de que los dejasen hacer. Se sintió solidaria con ellos. Comenzó a caminar. Ese rubio debería ser un cadete. Era hermoso el canallita. Como los soldaditos del Aeroparque.

Eduardo entró rápidamente en su casa. Ya no veía nada. A Freyer lo había largado en la esquina. “Dentro de poco lo largaré del todo, pensaba, tengo que cambiar de amigos”: Los padres no estaban. “De fiesta, pensó Eduardo.” No encendió las luces. Un vértigo duro y preciso ardía para él en el aire. Por el placer de descansar corrió por la casa, hasta que entró en el baño. Apoyó la cabeza en la puerta y respiró anhelante. Por el placer de oírse, dijo en voz alta:

—Con qué ojos miraré a mi madre mañana.

Encendió la luz. El cuarto brotó delante de él. Adoraba ese olorcillo sospechosos de la loza y la blancura calcinada de las paredes. Estuvo un rato inmóvil, gustándose. Una única flor de carne dentro de ese mineral traslúcido. Luego, sin mucha prisa, religiosamente, fue frente al espejo. Sus mejillas estaban amoratadas. Se miró bajo las cejas. Su rostro era de una maldad hermosa. “Me limpié para ella pero no le concedí nada. Yo solo. Me deseó todo el día, se me ofrecía, Me dijo hermoso. No me comprendía.”

— Ella me dice: “Te deseo, Eduardo”, dijo.



Pero las palabras eran un líquido doloroso y la piel se estremecía fuera de la ropa. No debía perder la belleza violácea de su cara. Era una cara virgen, un hueco húmedo y palpitante que se cernía sobre el espejo. Retrocedió un paso. Aspiró fuertemente. Casi no tenía olor esta ternura bronceada. La mancha blanca y polvorienta del baño se derrumbó a sus espaldas y Eduardo se dejó ir. Descolgó el espejo y lo puso en el suelo, apoyado en la pared. Ahora se veía el cuerpo entero. Se desnudó y pasó las palmas por la hierba rubia. Luego, comenzó a bailar, lentamente. “Ella me ve bailar desnudo.” Mañana recordaría sus brazos y sus muslos gracioso, sus caderas graciosas. El oscilar inerte de la piel, la presión recóndita de los músculos sin nervios. La carne se movía sola. Eduardo se detenía y contemplaba fascinado una imagen que seguía bailando. Se acercaba hasta tocar el vidrio; no lo lograba. Ella no vería nada. También le encantaría lo ridículo. 

Eduardo arqueó las piernas y deformó el cuerpo. Ahora se retorcía entre espasmos, torpemente. Se arañó el pecho y se cacheteó las piernas. Quedó curvado en una posición obscena. “Liquidado todo, piensa, se acabó el tiempo. Todo hundido, desierto. Aquella se habrá encontrado a otro; no tendrá dificultades. En Plaza Italia seguirá la ronda. En la Costanera. Ah, ya verán. Las necesito. Contrae la espalda. Nadie les ha dicho nunca nada. ¿cómo entonces? A solas se reirán. Eduardo... Atraparlas de atrás y hundirlas. Abrirles la estrella de sangre en la piel. Herirlas de lado a lado..., negra. Eduardo... Atraversarla, de lado...” La carne quebrantada, sin porvenir, estaba jadeante. Eduardo se dobla por la cintura, asombrado, estaba jadeante. Eduardo se dobla por la cintura, asombrado. El terror le enfría la cabeza. “Para nada; he vencido para nada.” Si apretaba el puño podría encerrar el bultito de los sesos estrellados; pero lo dejó escapar. “Qué fracaso”, se dijo, sonriendo.