jueves, 29 de mayo de 2014

ANTONIO PORPETTA







1

…Y pensar que estas rosas
no saben que son rosas
y entrarán en la muerte sin saberlo...


2

Me reconozco en todos mis poemas.
Pero son mis poemas los que han hecho
que sea como soy.


3

Mis fantasmas,
me hostigan, me amedrentan
quieren sembrar mis noches de pavor.
Pero yo les perdono casi todo.
Perdono sus gemidos implacables
a través de los muros,
sus alientos helados
batiéndome las sienes,
la lenta pesadilla de sus pasos
crujiendo en la escalera…
Lo que no les perdono
es la triste sonrisa compasiva
con que siempre me miran.

                                 
4

Estoy en el trapecio.
        Tengo miedo:
unos ángeles locos me han quitado la red.
Caigo desde la altura.  
Ya no soy.
Despierto. Te contemplo,
me refugio en tus brazos.
                  Vuelvo a ser.
Me despierto otra vez.


6

No soporto los gestos de mi gato
cuando me ve sentado ante el ordenador:
se estira, se acurruca, ronronea,
sonríe con piedad, y busca el sueño.
Es decir, suavemente,
con felina elegancia, me recuerda
lo inferior de mi humana condición.


8

Miro los altos álamos y veo
tu voz entre las hojas,
y tu mirada escucho
entre un rumor de pájaros y ensueños.
Es de oro la tarde.
    Y quiero seguir vivo.


10

“Los hombres nunca lloran”, mi madre le decía
a aquel niño tan triste que yo era.
Lo confieso: llegué a dudar bastante
de mi virilidad.

Con el paso del tiempo he comprobado
que mi estado normal es la melancolía,
que el universo entero se resume
en un  cuerpo gozoso de mujer…
y hasta qué punto nos equivocamos
mi pobre madre y yo.


11

Revivir es, a veces,
volver a recordar.
(O encerrarse de nuevo en el olvido)


12

Yo no pido la voz: yo sólo pido
que mi silencio sea
como un hondo silencio de campanas.


                                      De Silva de extravagancias