martes, 27 de mayo de 2014

ABELARDO ARIAS




El niño muerto
           
                                                  Abelardo Arias

           
No sé cómo pude haberlo muerto, pero lo había hecho. No busco excusas soy el úni­co culpable. La vida vale aquello por lo cual estamos dispuestos a jugarla.
Lo había visto alzar un brazo, la mano sobresalía nerviosa de la manga del sobreto­do gris; la otra sujetaba una cartera de útiles de colegio.
Era la primera vez que había encontrado a ese chico. Debía ser así y, sin embargo, me parecía conocerlo desde mucho tiempo.
La espera no se prolongó más de cinco mi­nutos, pero me sobró para detallarlo. Entre cortas pestañas, ojos pequeños y claros, desa­fiantes o tristes, alternativamente; párpados prestos a abolsarse en llanto o a entrecerrarse en gesto de altanera insolencia. De nuevo, me atrajeron sus manos con largos dedos capa­ces de tamborilear en los vidrios de una ven­tana que mirara a las sierras o algo —cemen­to o piedra— que cortara imperativamente la visual. Debía sentir, entonces, la precoz deses­peranza de las flores de los jacarandaes, que nacen antes de las hojas.
A mitad de cuadra, tras un carro are­nero, surgió el ómnibus rojo. Las cubiertas de las ruedas tenían casi la altura del chico rubio. El viento levantó un mechón de su pelo caído sobre la frente; fue un aletazo desgar­bado que corrigió con rápido ademán. Hasta el rubio de su pelo habría de cambiar y ya comenzaba a tornarse castaño cerca de la nuca y de las orejas.
El ómnibus giró hacia nosotros y. el chico avanzó; sus zapatos, de tacos gastados ha­cia afuera, se bambolearon en los adoquines.
Lo seguí casi pegado a sus talones. Com­paré, con absoluta tranquilidad, que la rueda tenía el mismo ancho de su espalda, donde se marcaban los omóplatos descarnados. Las ven­tosas no prenderían en su piel tibia y estirada.
Sólo escucharía consejos antes de salir: "Querido, cuídese al cruzar las esquinas". A veces, pensaría que como era menudo, no causaría mayor entorpecimiento si cayera, bajo las ruedas de un vehículo; al imaginarse allí, creería estar mirando si el coche perdía aceite por el “cartel” del motor hasta que, de pronto, palidecería al pensar en su vientre hundido y teñido de rojo. Debía creer —cosas simples— que todo el cuerpo podría con­vertirse en sangre roja, igual a la brotada de un dedo que se pilló en la puerta del ascensor.
Como si la suya hubiese de ser mi muerte, en un instante de angustiosos segundos lo vi crecer chocando y desangrándose en todas las cosas.
Comprendí que ya tenía en la mirada: ese vivir irreal, ese creer que todas las cosas son bellas o puras, según la forma en que se las siente, ese dar íntegramente lo mejor de sí aunque estuviese manchado de barro, pues que el barro sólo es tierra yagua mezclados, ese aire y capacidad de valorar la verdadera pu­reza que sólo está al alcance de los sensuales, ese mirar de aquellos que están dispuestos a pagar en honra y vida el precio de lo que aman o en lo cual creen sin pensar en la retribución, pues, más que para vivir, para morir hace falta un ideal.
Pasmado de asombro, no podía compren­der cómo y por qué descubría esto con tal clarividencia. Me pareció que todo había suce­dido ya y desbordaba ese menudo cuerpo que tenía delante.
De improviso, y ya no sé si surgida de mi mente o de la tierra, escuché mia voz que creí suya al promediar las palabras:
—Amigo Dios, hasta los gusanos que nos arrastramos entre el barro sabemos que Tú nos miras, que sabes cuándo queremos ser menos repugnantes, puesto que Tú, que eras el Puro, el Perfecto, elegiste morir entre dos perdularios y uno fue tu amigo en la hora de la muerte. Perdóname si yo que soy un vil gusano (Tú me hiciste así con la misma cons­tancia con que creaste a los hombres), perdó­name si te siento mi amigo.
Me pareció, entonces, que desde el co­mienzo de los siglos se levantaba un coro de voces airadas y atravesaba la humanidad has­ta su extinción, y eran las voces de los fari­seos que clamaban rasgando sus vestiduras:
—¡Un repugnante gusano se atreve a lla­marse "amigo de Dios" cuando nosotros, que somos honrados, que vamos al templo y da­mos limosnas a los pobres, sólo nos atrevemos a adorarlo de rodillas!
Y todas las voces se lanzaban sobre el chi­co rubio.
Fue entonces cuando obré y lo hice im­pulsado por una fuerza superior a todo con­tralor.
Los jueves por la tarde, cuando era chico, nos llevaban al campo de deportes del cole­gio; allí, en la cancha de fútbol y al formar filas, había aprendido esa triquiñuela: cuan­do el compañero que me precedía levantaba el pie para avanzar, le rozaba el taco con la puntera de mi zapato ambas piernas se le trababan y, perdido el equilibrio, caía hacia adelante.
Escuché el golpe sordo de la cartera de útiles o el del cuerpo del chico rubio al caer. No sé precisarlo. El ómnibus dio un peque­ño barquinazo, tal como si hubiera pasado una de esas zanjas mal cerradas que abren para componer las cañerías de gas o los cables telefónicos subterráneos. Sentí, luego, el im­pacto de una ventanilla que escapa a los resortes gastados. El clásico chillido de mujer asustada por una rata se mezcló al chirriar de los frenos. Apreté los dientes que se me destemplaban y me alejé.
El niño rubio tendría una de sus manos, palma hacia arriba, cerca del caño de escape por donde brotaría acompasadamente el humo azulado. Ya no se le irritarían los ojos. No habría de crecer ni llorar nunca más. Nunca habría de estar solo repitiendo con monótona desesperación ese nombre elegido entre todos los nombres, como a veces se escoge una sola hoja entre todas las de un bosque por el cual pasamos. No sentiría, jamás, esa soledad que se mide en cada golpe de sangre escuchado en silencio, mientras los minutos van amon­tonándose y afinan los nervios, como un cons­tante sacapuntas que ni esa misma sangre mella. ­
Anduve unas cuadras y me di cuenta de que no experimentaba ningún remordimiento; antes bien, me sentía cómodo y feliz, tal si me hubiese librado de una carga obsesionan­te o hubiera retirado, en un descuido del "croupier", una apuesta perdida en la ruleta.
Sólo me quedaba la preocupación, casi simple curiosidad, de saber dónde había visto esas manos y esos ojos.
Un gran cartelón de remate enrojecía la mansarda de una casa de departamentos; si tuviese dinero podría comprarla y, luego, ven­derla ganando algunos miles. El niño rubio, destrozado bajo el ómnibus, no pensaría más en las palomas que anidaban en los corni­sones.
La noche me encontró maquinando for­mas de ganar dinero, con ansiedad hasta en­tonces desconocida.
Un vigilante me miró con aire desconfia­do. Comprendí que no era honesto ni correcto andar vagando por las calles. Tenía que le­vantarme temprano para salir a comprar y vender, para atesorar dinero, mucho dinero, montañas de dinero.
Entre los intersticios de los adoquines, la tierra sorbería la sangre del niño muerto en la calle.        .
En el diario de la mañana siguiente, los accidentes de tránsito ocupaban un cuarto de columna con letra menuda; leí a saltos, bus­qué en toda la página, luego en las demás. Ni la menor noticia.
No era posible: lo había visto caer delante de mí. Un chico así tenía que caer con una triquiñuela; además, fue como si algo mío se desprendiera desgarrándome.
Rotundamente movía la cabeza el vigi­lante.
—No señor, ¡le digo que ayer no hubo nin­gún accidente!
El diariero afirmaba lo mismo. El almacenero aseguró que desde años no ocurría un accidente en esa esquina y agregó, con aire de comerciante ofendido, que esa era la esqui­na más saludable de Buenos Aires.
Empezaban a mirarme como. si tuvieran que vérselas con un loco. ¡Estaría desvarian­do! No era posible, ese niño rubio me había parecido tan existente y real como yo mismo.
¡De dónde había sacado esta imagen! ¡Dónde la había llevado tan oculta! Compren­día que cuando la verdad irremediable puede herir a quienes amamos o nos aman, es lícito, hasta noble y generoso, ocultarla; pero tam­bién sabía que era imposible esconder un niño a los ojos de los demás, que no era compren­sible que muriera así, sin que nadie lo viera, ni lo comprendiera, ni lo llorara en una in­mensa ciudad.
Debía comenzar a enloquecerme. Eché a caminar pesadamente, mientras repetía en acongojante retórnelo:
—¡Pobre niño, si no ha muerto está per­dido para siempre!
Levantaron vuelo las palomas que anida­ban en el cornisón de la casa de departamen­tos en remate. Tuve necesidad de acercarme para acariciar el lomo de un gato atigrado, que ronroneaba sobre el mostrador de un quiosco de cigarrillos.
—Pobre chico —repetí.
Quizás, algún día, estaría solo y la espe­ra interminable. Su mano, ya vigorosa, reco­rrería distraídamente la mejilla hasta que uno de los dedos fuera a caer en ese hueco tibio que forma el lóbulo de la oreja, donde tan cómodamente parece que puede encaño­narse un revólver. Comprendería, entonces, que todas las cosas que se amontonan sobre los muebles y a las que antes creyó sin vida, ahora estaban realmente muertas. Sentiría que toda esa dolida lucha por sus ideales, he­cha del pequeño y diario renunciamiento, sería grotescamente vana por causa de esa fisura que le atravesaba de parte a parte el cora­zón y resquebrajaba la columna maestra de su vida.
Le quitarían, quizá, todo lo que amara, como por costumbre o codicia de sus frutos se poda un árbol, sin pensar que ningún daño hicieron las ramas mutiladas; quedaría, en­tonces, vacío, pura fachada, como esas casas desventradas por una bomba voladora en un momento cualquiera en que sus habitantes fueran prodigiosamente felices; porque, a ve­ces, los pobres seres humanos suelen aspirar a ser dichosos en su dulce, en su amarga, en su nimia o inmensa manera.
Sentiría que era semejante a una campa­na cuyo sonido enternece sin que nadie pien­se en el molde de barro que soflamándose le dio forma. Y su vida se hundiría, de nuevo, como un tren rechinante en un túnel, un tren enrojecido hasta los ejes por el deslumbra­miento del alba. Sólo quedaría unido a la tierra por esa brutal arrogancia del toro de lidia que tiene conciencia de su destino de emba­durnar con sangre la arena, mientras las gentes aplauden al que hundió el acero.
De pronto, un cansancio de eras, edades, siglos, me agobió. Las casas, las máquinas y pilas interminables de dinero pesaban sobre mis hombros. Ya no quedaban más que unas manos y unos muertos ojos de niño. Hubiera deseado llamar a las gente y sentarlas a ori­llas del mar, del camino, de cualquier lugar en que las cosas y los seres pudiesen despla­zarse, y explicarles; pero comprendí que  se­ría inútil y apreté los carrillos. Cada hombre mide la vida con su propia medida.
Volví a caminar y en el eco de mis pasos escuché los del chico rubio. Poco a poco fue creciendo, otra vez, el vocerío; logré distin­guir las que clamaban cotizaciones de bolsa y de ganado. Máquinas y motores se unieron al estruendo. Ya no pude escuchar el eco de sus pasos, ni el ruido del mar, ni el del viento en los pinos, ni el de los álamos en la cando­rosa burlería de sus hojas; ni ver sobre las manzanas la entera luz de la entera luna.
Todo estaba perdido irremisiblemente.

Me arrojé de espaldas en la cama. A tra­vés de la ventana, una pared altísima me en­claustraba, me encajonaba. Una trinchera de álamos me contemplaba impasible desde su fotografía esfumada. Las gentes y las cosas debían vivir en las fotografías hasta que lle­garan las manos y el corazón capaces de to­marlas. Unos ojos y unas manos podían que­dar puros, igual que en un retrato de la niñez, a la espera del encuentro milagroso; debían quedar como las manos y los ojos de ese chi­co que yo había matado en la calle.
De improviso, di un salto y busqué ansio­samente en un viejo maletín. Entre antiguas fotografías apareció la de un chico montado en un perrazo danés.
Allí estaban esas manos y esos ojos. ¡Era exactamente el mismo chico rubio! No había lugar a confusión alguna. Era una fotografía suya .
En el reverso, mi madre había escrito: "Ignacio a los nueve años"
Hacía mucho tiempo que no miraba ese retrato mío.





Abelardo Arias(Córdoba, 1918- Buenos Aires, 1991). En 1942 
publicó Álamos talados, una novela de iniciación, que veinte años
más tarde fue filmada con guión del autor. En 1947 publica La vara 
de fuego, seguida de El gran cobarde en 1956. Otras obras incluyen 
Límite de clase (1964), Minotauroamor (1966), La viña estéril (1969). 
También escribió cuatro diarios de viaje y varias obras teatrales. Fue 
director de la Biblioteca del Colegio de Escribanos de Argentina.


Abelardo Arias