jueves, 16 de enero de 2014

DAPHNE DU MAURIER





El muñeco


UNA DIFERENCIA DE CARÁCTER


Se apoyó contra la repisa de la chimenea, tintineando con nerviosismo el cambio en sus bolsillos. Supuso que habría otra escena. Era tan poco razonable la forma en la que le importaba 
que saliera sin ella. 
Nunca parecía entender que a veces tenía que alejarse, por
ninguna razón en particular, tan solo porque eso le otorgaba cierta sensación de libertad.
Amaba dar un portazo con la puerta detrás de él, y caminar 
por la calle hacia un autobús, balanceando su bastón. Había algo en la sensación de estar solo que no podía explicarle a nadie, tampoco a ella. 

La deliciosa sensación de completa irresponsabilidad, de absoluto egoísmo. No tener que mirar a su reloj y recordar “prometí que regresaría a las cuatro”, sino que fueran las cuatro y estuviera haciendo algo enteramente distinto de lo que ella no tendría ni idea. La cosa más nimia. 
Incluso montarse en un taxi que ella nunca hubiera visto; tener la sensación de acomodarse en el asiento fumándose un cigarro sin volver la cabeza y tener consciencia de ella a su espalda. Por la noche regresaba y se lo contaba todo; se sentaban frente al fuego riéndose; pero al menos habría sido su tarde, no la de ambos, sino solo suya.

De eso se resentía ella, no obstante; quería compartirlo todo con él. Nunca podía imaginarse haciendo cosas sin él. Asimismo tenía una habilidad insólita para leerle los pensamientos. Si él estaba pensando en algo que no guardaba relación con ella, lo sabía de
inmediato. Sólo que en su mente lo exageraba. De inmediato pensaba que estaba aburrido con ella, que ya no la quería. No era eso, por supuesto, no era eso en absoluto. Como era
natural, él la quería más que a nadie en el mundo; de hecho, literalmente no existía nadie más que ella. ¿Por qué no podía darse cuenta de ello y estar agradecida? ¿Por qué se empeñaba en encadenarlo a ella, su mente, su cuerpo, su alma, sin permitir que la menor parte de él se alejase, ni tan siquiera por una distancia mínima? Debería entender que nunca se marcharía demasiado lejos, que nunca se alejaría de su vista, en el sentido metafórico; solo lo haría hasta la cumbre de aquella colina, para ver que había al otro lado. No, incluso aquello se empeñaba en compartir con él.

-¿Es que no ves –le explicaba- que cuando veo cualquier cosa, lo que sea, no disfruto guardándomelo para mí sola? Quiero dártelo todo. Si estoy sola y veo un cuadro que me encanta, o leo algún pasaje de un libro, pienso que no tiene sentido hasta que tú
también lo conozcas. Eres una parte tan importante de mí que quedarme sola me deja sin aire, sin habla, sin ojos. Un árbol con las ramas cortadas, como alguien sin manos. La vida
no tiene ningún valor hasta que puedo compartirlo todo contigo; belleza, fealdad y dolor.
No debería existir ninguna sombra entre nosotros, ni esquinas silenciosas en nuestros corazones.

¡Tenía gracia! Sí, entendía lo que quería decir, pero él no podía sentirse de aquella manera. Se encontraban en dos planos distintos. En el universo eran dos estrellas, ella mucho más arriba, ardiendo con una luz constante, pero él parpadeaba con precariedad, siempre un poco más adelante, y al cabo se desplomaba hacia la tierra, un haz de luz momentáneo en el firmamento.
Se giró hacia ella de forma abrupta.  

-Supongo que al final será mejor que salga a almorzar hoy. Le prometí a ese tipo que le vería de nuevo antes de que se marchara, y no me gustaría ofenderlo. Regresaré temprano, por supuesto –sonrió con demasiada sinceridad.
Ella levantó la mirada de la carta que estaba escribiendo.

-Creía que ya lo habíais arreglado todo la última vez que estuvisteis juntos.

-Sí, más o menos. Pero creo que debería de verlo de nuevo, solo una vez. Hoy es un buen día, ¿no te parece? Quiero decir, no íbamos a hacer nada especial, y tú estás ocupada.
Habló con soltura y naturalidad, como si a ella no fuera a importarle en absoluto.
Sin embargo, no la engañó por un solo momento. ¿Por qué no era nunca sincero con ella? ¿Por qué no admitía que ya no estaba satisfecho, y que debía salir y buscar todo tipo de distracciones? Era aquella reticencia lo que le dolía, su forma de negarse a admitir la verdad. Como un animal herido, sacó las garras para defenderse.

-¿Cómo es que disfrutas tanto de su compañía, cuando solo lo conoces hace tres semanas?
Su voz era dura y metálica.
Él conocía esa voz.

-Querida, no seas ridícula. Sabes muy bien que no me importa en absoluto si veo a este tipo o no lo veo.

-Entonces, ¿por qué vas?
No había réplica posible. Emitió un sonoro bostezo para evitar la mirada de ella.
Ella esperó sin decir nada. Él fingió perder los papeles.

-Ya te he dicho que no quiero ofenderlo. Estoy un poco harto; siempre tenemos la misma discusión cuando salgo. ¡Dios bendito, si solo es por unas cuantas horas! Si te salieras con la tuya me dejarías sin un solo amigo. Tienes celos incluso si le hablo a un
perro.
¡Celos! Se rió de él con desdén. De nuevo la había malentendido. Como si le fuera posible tener celos de la gente que él conocía. Sería distinto si hubiera alguien que mereciera la pena. ¡Pero aquella forma despreocupada y egoísta en que la abandonaba por
el primero que pasaba, alguien a quien ni siquiera volvería a ver! Odiaba la forma débil en la que descargaba su responsabilidad.

-Ve entonces –dijo, encogiéndose de hombros-, ya que te duele tanto herir a alguien que prácticamente es un desconocido. Me alegra que me lo hayas dicho. Lo recordaré en el futuro. Tal vez olvidas que el pasado lunes prometiste que esto no volvería a ocurrir. Ahora me doy cuenta de que no puedo fiarme de ti en absoluto. He estado comportándome como una idiota, ¿no? Pues bien, ¿no te vas?
Había frío en sus ojos. Se había envuelto en una cota de malla.
Él se giró y miró por la ventana.

-Una escenita encantadora a santo de nada en absoluto –rió con despreocupación-.
Es agradable vivir así, ¿no lo crees? Hace tan atractiva la atmósfera de la casa… Apenas pasa un solo día sin que tengamos que discutir, ¿verdad?
Se meció hacia delante y hacia atrás sobre sus talones, silbando una melodía. Sabía que cada una de sus palabras la atravesaba como un cuchillo. Estaba encantado. Quería hacerle daño. No le importaba nada.
Ella se quedó sentada sin moverse, pretendiendo hacer sumas sobre un trozo de papel. Con calma, fríamente, se preguntó por qué lo amaba. Su naturaleza cruel y egoísta, la forma en la que lo tomaba todo de ella si ofrecer nada a cambio. Sin tan solo se diera cuenta de que la más mínima señal de entendimiento por su parte, el más débil signo de que renunciaría a algo de poca importancia por ella, sería capaz de derretirle el corazón… Pero no hacía nada. Sintió que se alejaba más y más de él, una figura solitaria sentada en un tren imaginario. Una sombra gris en un mundo de sombras.

Ni siquiera nadie de quién despedirse.
La observó por el rabillo del ojo. ¿Por qué siempre tenía que demostrar su sufrimiento delante de él? No abiertamente, no como algo a lo que él pudiera aferrarse y reprobar delante de ella, sino en silencio, con la resignación de una mártir. Una lágrima
corrió mejilla abajo hasta el papel secante. ¡Oh! Demonios. No iba a aguantarlo. 
Era increíblemente egoísta por parte de ella echar a perder el día.

-Mira –comenzó, como si no hubiera pasado nada-, es demasiado tarde para cancelarlo. Si hubieras dicho algo ante, por supuesto que lo habría hecho. No tardaré, lo prometo. Regresaré en cuanto termine el almuerzo.
Sin duda aquello era algún tipo de compromiso a medias tintas. Estaba haciendo lo imposible por ser agradable con ella. Esperó a ver cómo se lo tomaba.
-No te olvides de tu abrigo, sopla un viento del este terrible –le dijo ella, y continuó escribiendo.
Se quedó plantado un segundo, preguntándose qué debía hacer. ¿Significaba aquello que todo estaba bien? No, la conocía demasiado. Se dedicaría a sufrir las torturas del demonio hasta que él regresara. Se imaginaba todo tipo de accidentes. Encerraría aquella escena en su mente, y le daría más importancia de la que había tenido en realidad. ¿Por qué no se olvidaba de aquel almuerzo sin importancia y se quedaba con ella? Ya no tenía la
menor gana de ir. Nunca había tenido tiempo de hacerlo, en realidad.
Otra lágrima cayó sobre el papel secante.
-¿Y si me quedo en casa? –sugirió débilmente, mientras fingía no ver la lágrima.
Ella se movió con impaciencia. ¿Acaso pensaba que la ganaría con tal facilidad?
Intentaba salvarse a sí mismo. Estaba impaciente de que hicieran las paces, darle un beso y volver a ser amigos como dos niños, y después olvidarlo todo hasta que volviera a ocurrir lo mismo otra vez. ¿De veras quería quedarse con ella? Le dio una oportunidad más.
-Haz lo que consideres más oportuno. No intentes quedarte a no ser que desees hacerlo.
Su voz era fría e impersonal.
Maldita sea, al menos podría demostrar algún tipo de emoción. Se había ofrecido a quedarse, y así era como se lo tomaba ella. No, no veía por qué siempre tenía que ser él quien claudicase. Qué aburrido resultaba todo aquello. ¿Por qué no podían vivir en paz?
Ella tenía la culpa de todo.
-Tal vez sea mejor si voy, o resultará demasiado grosero –dijo despreocupadamente, y salió a grandes pasos de la habitación, cerrando tras de sí la puerta con un sonoro portazo.
No se molestaría en ponerse el abrigo, le estaría bien empleado si cogía una pulmonía.
Tuvo una visión de sí mismo, echado sobre una cama, tosiendo y respirando con dificultad.
Ella se agacharía sobre él con un terror agónico en la mirada. Lucharía por su vida, pero perdería. Sería demasiado tarde. Podía verla plantando violetas sobre su tumba, una figura solitaria en un abrigo gris. Qué tragedia más espantosa. Algo le impedía tragar. Se sintió de los más emocionado pensando sobre su propia muerte. Tendría que escribir un poema sobre ello.
Desde detrás de la cortina ella lo vio alejarse caminando hacia el final de la calle.
Estaba convencida de que él ya se había olvidado de su insignificante persona. Sentía que ya no le importaba lo que hiciera. Todo había terminado. Tocó la campana y comenzó a
reñir a la criada sin ningún motivo.

No le gustó el almuerzo. El hombre era aburrido; no podía ni escuchar lo que estaba diciendo. Se sintió enfermo, además. Era probable que su deseo se estuviera materializando, y que hubiera cogido una pulmonía. 
Qué rematadamente estúpido había sido al acudir. No tenía ningún sentido. 
Era posible que acabara de destrozar su vida solo
por aquello. Y durante todo el tiempo aquel tipo parloteaba sobre un montón de gente estúpida a la que no quería volver a ver nunca más. En el futuro daría de lado a todo el
mundo, nadie importaba más que ella. Abandonarían aquel país endemoniado y se
marcharían a vivir al extranjero. Tal vez cuando regresara a casa descubriría que ella lo
había abandonado. Habría una nota sobre el escritorio. ¿Qué haría entonces? No podía vivir
sin ella. Se suicidaría, se tiraría al río. Seguro que lo amaba demasiado para hacerlo. Podía
imaginarse la casa vacía y silenciosa, los armarios vacíos de sus vestidos, y el escritorio
desnudo. Se habría marchado sin dejar una dirección. No, ella no lo haría, era imposible.
Era cruel, acabaría con él. ¿De qué demonios estaba hablando aquel idiota?
-Le dijo con toda sinceridad que no pensaba soportarlo. Para empezar, no tengo
dinero suficiente, y además tengo que considerar mi reputación. ¿No crees que hice lo
correcto?
-¡Oh! Por supuesto, sin duda.
No había escuchado ni una sola palabra. Como si le importase la reputación del tipo.
-Tengo que darme prisa, me espera mi editor –mintió.
De alguna forma había conseguido escabullirse. ¿Qué importancia tenía si había
sido maleducado? Aquel hombre ya había arruinado su vida de todas formas. Saltó a un
taxi. “¡Conduce como el diablo!”, gritó. Sin embargo, con el taxi detenido tuvo el súbito
impulso de comprarle algo. La joya más maravillosa…, las pieles más espléndidas…,
cualquier cosa. Le habría gustado agasajarla con muchos regalos. Tal vez no había tiempo
para ello. Tendrían que ser flores. Hacía meses que no le compraba flores. Qué ruin por su
parte. Escogió una azalea, una enorme con capullos rosados.
-Durará un mes o incluso más, si se la riega a menudo –dijo la vendedora.
-¿De veras? –Se sintió animado, y salió de la tienda aferrando el jarrón en sus
brazos. A ella le gustaría. ¡Un mes entero! Una buena compra, sin duda. Los capullos eran
pequeños ahora, pero cada día se abrirían un poco más, crecerían, y la planta se convertiría
en un diminuto arbusto. “El símbolo de mi amor”, pensó melodramáticamente.

¿Y si se había marchado? ¿Y si se había suicidado? Se volvería loco, esparciría los pétalos
de la azalea sobre su cuerpo con un gemido salvaje y desesperado. Una escena muy
efectista para el último acto, debía recordarlo. No, por Dios, no volvería a escribir ni una
línea más, y le dedicaría su vida entera a ella, solo a ella. ¡Oh! Cómo sufría. Si ella supiera
por lo que estaba pasando… El corazón le bullía, nadie se había sentido nunca como lo
hacía él ahora. 

¿Qué había hecho para sufrir de aquella forma? Estaba convencido de que
habría una ambulancia en la puerta de la casa, la estarían cargando desmalazada sobre una
camilla. Se imaginó saltando del taxi, y cubriendo sus pálidas manos de muerta con besos.

“Mi amor… mi amor.” No, la calle estaba vacía. La casa parecía como siempre. Pagó al taxi y abrió la puerta de entrada, sin hacer ruido, como un ladrón. Subió escaleras arriba en
silencio, y se detuvo a escuchar al otro lado de la puerta del cuarto de ella. La escuchó moverse. ¡Gracias a Dios! Entonces no le había pasado nada. Quiso gritar de alegría. Abrió la puerta de golpe, con una sonrisa de suficiencia sobre el rostro.
Pobrecilla, ¿se había pasado todo el día escribiendo cartas? Su rostro estaba lívido, y
denotaba un gran esfuerzo. ¿Por qué demonios parecía tan infeliz? ¿No se alegraba de tenerlo de vuelta?

-Mira –tartamudeó estúpidamente-. Te he comprado una azalea.
Ella no sonrió, y apenas miró la flor.

-Gracias –dijo en una voz monótona.
Qué propio de él. Qué insensible y poco acertado. ¿Es que nunca iba a entenderla?
¿Acaso pensó que podía simplemente marcharse y pasárselo bien después de haber roto su
corazón, y luego traerle la planta como una oferta de paz? Podía imaginárselo explicándoselo a él mismo. “¡Oh! Solo tengo que comprarle una flor, y darle un beso, y se olvidará de todo lo que ocurrió esta mañana.”
Como si fuera tan sencillo… Su actitud le hacía daño, la afligía más de lo que podía haberse imaginado. No tenía corazón, ni delicadeza.

-¿No te gusta? –le preguntó, como un niño mimado.
¿Por qué había comprado aquella cosa horrible? Ni su agonía durante el almuerzo ni
su terrible impaciencia en el taxi significaban nada para ella. Todo había salido mal. La azalea resultaba estúpida y encopetada en su enorme maceta. En la tienda le había parecido
distinta. Ahora se burlaba de él, el color le parecía vulgar, demasiado rosa. Era un tipo
horroroso de flor. Ni siquiera olía bien. Quiso estrellarla en el suelo.

-¿Vas a convertir esto en una costumbre futura, traerme un recuerdo cada vez que
me haces daño? –le preguntó.

Ella lo odiaba, odiaba sus palabras, deseaba decir algo completamente distinto. El
ambiente era terrible. ¿Por qué no podían ser ellos mismos de nuevo? Solo tenía que dar el
primer paso. Pero el discurso de ella lo había ofendido, insistía en hacer caso omiso de cada
una de sus palabras.

-Dios mío –gritó-, no habrá próxima vez. Pienso acabar ahora mismo con todo este
maldito asunto. Se acabó. ¿Lo entiendes?
Salió de la habitación, y de la casa. A sus espaldas, la puerta se cerró con un
portazo.

“Pero eso no es lo que quería decir –pensó-, no es en absoluto lo que quería decir.”