sábado, 21 de diciembre de 2013

CLAUDIA MASIN





EL HILO


Esta mañana corrí como si ellos
vinieran detrás y ellos sonrieron
desde adentro. Mala soy
mala como la nena que cayó
desde un décimo piso por mirarse
demasiado en los espejos.
No era vanidad, no,
era terror apenas.
Desciendo de tu cuerpo
con mi oficio de boa no sé
qué hacer primero:
si tatuar una figura
que te muestre muriendo
allí en tu propio pecho, o desollar
despacio las piernas sonriendo,
o tal vez quemarte los pómulos y ensayar el gesto
de mamita en vigilia pero
quién te toca como lo hace
la única que te ama quién
sino la misma que te arrastra
y se va –asesina– con un rumor
de guerra, de arena, de alegría.




EL TIEMPO


Lugar: hospital de pueblo
a las dos
de la tarde.

El médico que me atiende se parece
–sospechosamente–
al médico kafkiano. Estoy
tan feliz de tener
mi propio médico rural.

Admiro en mi costado
la herida hermosa, los gusanos
como flores exóticas. escucho:
ha nacido con ella.

Una ronda de niños
arroja mi cabeza.
Parece una moneda
de cobre en el espacio
clarísimo en la tarde
sin sol.

–Hay una prenda para
quien la deje caer, aviso,
agitada por tanto vaivén.

Mientras circula de mano
en mano, mi boca apenas dice:

que lo hermoso se convierta
en horrible,
que lo horrible amanezca
belleza.

Bostezan
enfermeras y abuelas
a los pies de mi cama.
Son las dos de la tarde
desde hace cinco años.
Estoy aquí, ocupada en contar
el número de pasos
desde la puerta hasta mí,
el número de veces
que respiro en la noche.

La eternidad me observa,
incrédula, celosa.

                                   De Bizarría



ANA ARZOUMANIAN





La memoria ha sido tocada.

 Me convierto en este cuerpo ausente para hacerla aparecer, tomar su
lugar, no diferirla. Ahora sí, ahora.

 Las negras que recién entran a la fábrica, cuando van al baño, buscan
el pasador. Al no encontrarlo, piden una llave. Entornala, nomás, si 
nadie va a entrar.

 Yo no voy al baño de la fábrica.

 Deteneme.

 Tu semen actúa como esa técnica de los pintores renacentistas. El
trazo de una pintura temprana emergiendo debajo de una nueva sobre 
la borradura. Estar embadurnada

 me da cuerpo.

 Y yo escribiré las palabras que había sobre las tablas primeras que
quebraste.


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Sacar los cuerpos uno a uno, desvestirlos, limpiarlos, arrojarlos al río.

 Hoy supe que trabajás en un hospital de quemados. Algo ahí, se
conserva. Alguien te dice ahí, ésta es mi familia, quemada en Auschwitz 
el martes 8 de diciembre de 1942 a las nueve de la mañana. Vos, para 
no escuchar el chisporroteo de la carne, para no ver a los horneros 
derramar el aceite, el metanol. Vos, para no imaginarte los silbidos, para 
no ver el reguero de sangre marcando el camino de los vehículos que transportaban fusilados.

 Olor a quemado.

 Vos, para comprobar que están vivos, en cada cama, cada sala.
Después venís acá. Te sacás el guardapolvo blanco. No hay en el 
mundo cosa más impecable que la propia muerte. No es una ilusión lo 
que te vendo, es extirpar la corona y el labio menor, cortar los mayores; 
es la herida que se cierra por sí misma, que se adhiere. Este día a día del 
cirujeo compra para no ver. El fuego cruzado de lo que no tiene nombre. 
Si me encuentran el 8 de diciembre de 1942, cuelgan de mi cuello un sin 
nombre.

 Te volvés a poner el delantal como el amén del límite de la lengua.
Sólo borracho se puede aguantar este olor a quemado. Pagás para eso.
Pagás bien.

                                 De Cuando todo acabe todo acabará
                                 Ediciones Paradiso (Buenos Aires, 2008).