sábado, 16 de noviembre de 2013

ARIEL WILLIAMS





Gorilas en la niebla

Hay unos gorilas en una loma.
Están ahí hace bastante tiempo. Viven
en un aire opaco, llenos de ese aire opaco
y de sí mismos,
acostumbrados a vivir ahí, a ser ahí, actuar ahí,
aunque también asustados por lo que pueda haber
más allá de la niebla.
A veces miran a los otros, los que viven en la tierra baja,
y escupen o se burlan de ellos:
son de costumbres bastante estúpidas
o burdas, estos gorilas.
Hace unos días hubo una muerte abajo
y se abrió la niebla un tanto.
Los gorilas sintieron que había más aire. La muerte
les sienta bien; la sangre
les gusta a estos gorilas cuyas narinas grandes
olfatean con placer cuando hay sangre de otros.
Ante esta muerte, al abrirse
la niebla y sus narinas,
algunos de los gorilas bailaron y
brindaron (con champán, por supuesto, ya que
son unos gorilas de mierda),
otros de los gorilas se alegraron (con una sonrisa
de oreja a oreja porque son, también,
unos gorilas de mierda),
otros gorilas anunciaron que volvían
los tiempos de los gorilas
(es con la muerte de otros cuando sienten
su tiempo estos gorilas).
Yo vi y pensé todo esto,
y entonces me dieron ganas de decirles
a estos gorilas
que vuelvan a su loma y a su niebla,
que se dediquen a hacerse la del mono
en su loma
porque eso es lo único que saben
hacer bien
los gorilas de mierda
en la niebla.


Tomado de acá

WENCESLAO MALDONADO





SACRIFICIOS DEL HOMBRE SOLITARIO

por qué el agua lustral el ara las patenas
por qué el ritual de ampulosos movimientos
por qué las velas debatiéndose en el humo
por qué los pliegues del ajuar con oros

un hombre sube los escalones fríos
alza la frente cierra los ojos abre gestos
su boca musita los secretos que algún dios le dicta
no es solamente hombre es un misterio
de sombra que se extiende

entre giros de incienso mis ojos no ven nada
no llego a comprender exactamente el sentido de las largas letanías
me paraliza el miedo de una culpa que no supe
siento la angustia de ser el único profano

                   de CEREMONIAL DE UNA FAMILIA OSCURA
                          (Ediciones elefante en el bazar, 1997)

         SuBlog/

ZHIVKA BALTADZHIEVA




 Paz

                            A mi madre


No pensar con furor en nada, ni en nadie.

En el soplo solar respirar como flor
días insaciables.

Con la cometa pálida del horizonte
ser siempre

y en todo penetrar.

Qué más me da que cada vez sean más voraces
los prados inminentes o andados?

Aquí yo amo y la tosca e inexpresiva rana,
y para el escorpión puedo todavía

ser

la salida en el círculo de fuego.

                                          
                        De Fuga a lo realAmargord, Madrid, 2012.



ANA BLANDIANA




Se preguntaba incluso, arrullándose a sí mismo,
qué sueño iba a tener y, solo  después, se hundía en él.
Pero antes de esto, como cada noche, después de
desabrocharse el último botón y de dejar caer toda la ropa,
hizo su habitual gimnasia: sentado estratégicamente en
aquella zona de la habitación más libre de muebles,
estiraba al máximo, abría y cerraba sus alas anquilosadas
por el desuso.
Varias veces repitió concienzudamente este movimiento.
Y, solo después, se durmió.

                                                              (frag.)

                            (de Proyectos de pasado, 1982)





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En el poema Sin saber, Ana Blandiana escribe:

             Evidentemente no me parezco
          a ninguno de esos hilanderos de palabras
          que se hacen los trajes y las carreras de ganchillo,
          las glorias, los orgullos,
          aunque me muevo entre ellos
          y ellos miran mis palabras como si fueran jerséis,
          “—¡Qué bien vestida vas”, me dicen.
          “—¡Qué bien te queda el poema!”,
          sin saber
          que los poemas no son mis vestidos,
          sino el esqueleto
          extraído con dolor
          y colocado encima de la carne como un caparazón,
          siguiendo el ejemplo de las tortugas
          que así sobreviven
          largos e infelices
          siglos [10]


Leer más en:

CLARICE LISPECTOR


Clarice Lispector (CC)


Estoy engañándome, tengo que regresar.
No veo locura en el deseo de morder estrellas,
pero todavía existe la tierra.
Porque la primera verdad está en la tierra y en el cuerpo.
Si el brillo de las estrellas duele en mí,
si es posible esta comunicación distante,
es porque alguna cosa semejante
a una estrella se estremece dentro de mí.
Estoy de vuelta al cuerpo. Volver a mi cuerpo.
Cuando me sorprendo en el fondo del espejo me asusto.

                                                   (frag.)


(Clarice Lispector, Cerca del corazón salvaje, 1944).

NATALIA GINZBURG





No tenían en absoluto la pinta de dos que están a punto de casarse, dijo él. No tenían ningún aire jactancioso o triunfal. Parecían dos que hubieran tropezado por casualidad uno contra otra en un barco que se estaba hundiendo. Para ellos no había música de charanga, dijo él. Y eso era lo más bonito, porque cuando el destino se anunciaba con sonora música de charanga siempre había que ponerse un poco en guardia. La música de charanga por lo general no anunciaba más que cosas pequeñas y sin fuste, era una manera que tenía el destino que burlarse de la gente. Pero las cosas serias de la vida pillaban de sorpresa, brotaban de repente como el agua.
                                                        
                                                                (frag.)
                                                                                                                                        
                         (Natalia Ginzburg, Nuestros ayeres, 1952).

CÉSAR VARGAS





LA ORTIGA

                                a Olga Orozco,
                                    que me recordó la ortiga.


De niño conocí la ortiga. Fue en los campos del sur.
Mi vida aún no tenía ni cicatriz ni sangre
y al sentir el dolor, la quemadura fría,
el escozor lacerante entre los dedos,
desbaraté con furia, a pisotones, esa planta Agresiva.

Madre sumergió mis manos en el agua.
Padre se rió, burlón, y se agachó a besarme,
aún guardo en el rostro el áspero empujón de su mejilla.

Después siguió la historia:leguas de sables y prostíbulos.
Los duelos de la patria, llorando escarapelas en la cárcel,
vivando goles en el mundial del siglo;
sintiendo hasta en la base de la lengua
el filo del talismán del enemigo.

Todo lo que me cupo de dolor, lo tuve.
Por eso al recordar la ortiga, me sonrío.....


                                de "El Libro de la Alegría", Ferreyra Editor, 
                                     Cba, 2005.