miércoles, 30 de octubre de 2013

LUIS GOYTISOLO






El úlltimo libro de Luis Goytisolo se titula "Cosas que pasan", 
editado por Siruela.   El libro fue presentado en el Hay Festival 
de Segovia, en conversación con el crítico y editor Ignacio Eche
varría, en septiembre de 2009, con la lectura, a cargo de Elvira 
Huelbes, de los tres fragmentos que se ofrecen a continuación:



CAPITULO I


El remolino


[...]  Sí: referirse en casa a la familia era sinónimo de estar hablando de la familia paterna. Cuando se hablaba de los tíos, por ejemplo, se daba por descontado que eran los cuatro hermanos y cinco hermanas de mi padre. Y mientras tía Montserrat era la menor de ellas, la prima hermana de mi madre, llamada también Montserrat, era para nosotros Montserrat Gay. Sólo en un segundo plano y entre dos luces, un sol y sombra –eso sí- paulatinamente ganado por el sol, la familia materna. Retratos desvaídos, figuras de rasgos más perfectos en su risueña sorpresa propia de los días felices, ajenos aún a las penas de amor, a la enfermedad, a los abismos de la tragedia. María Mendoza, Ramón Vives, Consuelo Gay, tal vez mi madre, una familia en la que, en cada generación, alguno de sus miembros se ha entregado a la creación literaria, a modo de testigo que se transmitiera siempre por línea materna, con lo que cada vez el apellido creador ha sido otro.

     Figuras desdibujadas por su propia aura, miradas de interpretación tanto más difícil cuanto más se pierden en el pasado, imágenes hieráticas a semejanza de esos muebles que configuraron su vida cotidiana y que hoy conviven con nosotros, descolocados, fuera de contexto, en funciones que poco o nada tienen que ver con las que les fueron propias, de traslado en traslado, de casa en casa, con largos periodos en el desván en más de una ocasión, entremezclados con muebles procedentes de otras ramas familiares. El armario de chicaranda, cuyos espejos tantas ilusiones han recogido. Los sillones de salón de Cienfuegos. El escritorio del abuelo Antonio. El secreter del abuelo Ricardo. La lámpara de cristal tallado, regalo de boda de alguien. La librería giratoria de  tía Consuelito, la mecedora de tía Catalina, el mueble en el que María Mendoza guardaba sus manuscritos, formas oscuras y como dormidas; cada una arrastrando su propio karma, trastos a la vez que reliquias, valiosos al tiempo que olvidados, con la resignación de esos héroes del Mundo Helenístico que deambulan por el Hades, imbatidos pero sombríos, hechos ya a su suerte con entereza. Reunidos en la vieja casa de campo soportan con desdén la admiración que demuestran los visitantes, altanería a la que no es ajena la propia casa que los acoge, como bien pone de manifiesto el irritado chirriar de sus postigos al ser abiertos en las mañanas de invierno.



CAPITULO V


Celos, danzas, sodomías


[...]      Despertar, poseído de un difuso desasosiego, más que con mal cuerpo, con la sensación de haber tenido una pesadilla, levantarse como deambulando, desayunar casi sin enterarse, y después llegarse hasta el escritorio de ella o de él, y en uno de los cajones encontrar cartas y más cartas que lo explican todo, llenas de efusiones y alusiones precisas a cual más hiriente: lo más clásico. Y quien dice cartas dice llaves de un apartamento, de otro apartamento. O mensajes en el móvil, un móvil cuyo manejo nos resulta poco familiar, de forma que ha sido manipulándolo para hacer una llamada como han hecho su aparición esas expresiones tan inequívocas. O los cabellos que ella descubre en la cama y que no son suyos, más largos y más negros. O la llamada que ella recibe y que corta a los pocos momentos diciendo secamente, se confunde Vd. de número, temiendo que él pudiera oír, como ha oído perfectamente, las ardientes procacidades amorosas que una voz masculina le dirige tras llamarla por su nombre. O, ya con sueño, ser uno de los últimos invitados en abandonar la fiesta que ella o él han organizado para celebrar algo y, solo ya en casa y en cama, súbitamente insomne, una intuición se lo impide y se viste de nuevo y vuelve a la casa de él o de ella, ahora en silencio, y abre la puerta de la habitación sin que ellos lo adviertan, aplicados como están a devorarse mutuamente, ella encima, la cabellera abatiéndose una y otra vez sobre el miembro que brota de entre sus manos, él debajo, asomando apenas entre los muslos abiertos, el último o la última de los invitados. A partir de ahí, montar una escena. O callarse y esperar. O hablar civilizadamente, escuchar las explicaciones, la intrascendencia de todo aquello frente a la solidez del amor que les une. Pero las palabras leídas o escuchadas o la imagen de los cuerpos abrazados volverán a él o a ella en el momento más inoportuno, al intentar dormir, o al despertar, o al hacer una pausa en el trabajo o al tomarse un café o conduciendo.


CAPITULO VII

Salto a las alturas

                                                            2


   A una edad determinada, el joven emprende la ritual y metafórica subida al monte para, desde allí, contemplar el mundo. El panorama que se extiende hasta donde le alcanza la vista puede impulsarle a emprender su conquista, a llegar todo lo lejos que sea necesario, a desentenderse de cuanto suponga una rémora para su proyecto. También puede amilanarse y volver a casa para permanecer al calor de los padres el máximo tiempo posible. O buscar protección física y metafísica en un convento de clausura. En todo caso, habrá empezado a intuir lo que es realmente el mundo, no ya fortaleza con defensas difíciles de salvar o intrincada kashba en la que lo más seguro es perderse; no ya una merienda de negros, sino algo peor, algo tan inmenso que parece inevitable hacerse imperceptible, desaparecer sin dejar huella. Como si en lugar de en lo alto de un monte se encontrara en la playa a la hora del crepúsculo, cuando a su espalda el sol se hunde como un planeta rojo en el horizonte brumoso y el cielo se tiñe de luz cálida; cuando el mar se empieza a teñir de cielo mientras éste palidece para luego oscurecerse ambos, el cielo hecho ya un tenue crepitar de estrellas y más estrellas que el mar refleja movedizas, estrellas que son planetas, estrellas que son estrellas, galaxias, constelaciones, un firmamento que gira y se expande hasta los límites mismos del universo, un universo que se expande como se expande una burbuja, una burbuja formada a partir de un repentino big-bang al igual que tantas otras, burbujas y más burbujas perdidas las unas entre las otras, una más cada una dentro de una serie infinita de burbujas, dentro de una serie infinita de universos ante la cual no tendría sentido hablar no ya de tiempo sino también de espacio. En términos de metáfora visual: un firmamento de universos. ¿Cómo demostrar que el mundo no es ilimitado además de eterno?




MARCO MARTOS


 



Oficio


Mi oficio es el canto
el canto de las palabras,
el dulce embrujo
de las sílabas
y las asonancias.
Éste es mi oficio
y no lo cambio por nada,
pero qué difícil es
querer decir algo
y no tener sino gana.




El Perú


No es este tu país
porque conozcas sus linderos,
ni por el idioma común,
ni por los nombres de los muertos.
Es este tu país,
porque si tuvieras que hacerlo,
lo elegirías de nuevo
para construir aquí
todos tus sueños.




Varona y varón


Varona y varón,
desnudos frente a frente,
desnudos con esmero,
son presencia impalpable
de la gracia del quién sabe.
Nada pueden contra ellos
ni el miedo que bien sienten,
ni lo espaciado de los encuentros,
ni la envidia de los solitarios,
ni el viento de los que murieron.
El fuego es tan su salsa,
tan feliz como un niño,
tan se escapa por un tubo,
tan se oculta o parece nada,
que induce a la pareja
a desnudarse con esmero,
a juntar aire, y tierra,
aumentando la ternura
para empezar de nuevo el acto
más hermoso de la vida:
varona y varón.




Ley


Tenga la palabra cosa vacío significado:
lo real y lo ideal alejados habiten de su cáscara.
En virtud de la ley enunciada,
pueda el caminante,
infatigable buscador de verdades,
hacer justo las cosas de las que ayer renegó.
Y en la rúa nadie lance sombras
sobre el desconocido rostro,
pues la palabra cosa, como la sombra misma,
exige ojos y brazos humanos: voluntad de creación.
Así mismo con los ojos cerrados y en silencio tenaz,
pueda la muchacha de voz serenísima
decir la palabra cosa,
murmullo de ola o tic-tac de reloj
y pueda juntar en el aire
blanco y negro, ser y nada.
Y no haya contradicción.


Marco Martos (Piura, 1942)


IVÁN CAÑAS



           Iván Cañas / photo by Sergio 
           Cervantes circa 2010






                             Abuelo, Nicaragua



                            Manifestacion Anti-Alca, Miami



                                  Macheteros



                   La Clase Obrera





                             Torcedor, Honduras




                                         JLL



JORDI DOCE





Brighton


Entre dos raros destinos
Brighton fue nuestro refugio:
un palacio junto al mar,
el agua verde y fecunda,

el paseo abierto sobre
tablas y hierro forjado,
luz de cobre en los despojos,
piedra vieja que fatiga

y recubre los bancales.
Has visto esa arquitectura
fundada sobre el vacío,
un trozo de tierra firme

en la claridad del miedo;
paseas cada mañana
pendiente de un hilo, sola
en la escollera, y a veces

te asusta tanta amenaza,
las olas turbias, el mar
infatigable, acosándonos,
entrando en nuestra existencia

con mano fría y voluble.
Cuando regresas a casa
el fuego que he preparado
arde entre mis manos ávidas

y así pasamos las horas
librados a nuestros cuerpos,
nos buscamos en el otro.
Nuestro deseo revive
 en esa tierra de nadie.


                      Las ciudades rotas (1994)



cuatro cuervos


I

Sombrío invierno
sin tregua: sobre la nieve
-negro cuerpo ingobernable-
despunta un cuervo.


II

No existe el cuervo
sino la nieve,
el blanco abrazo de la nieve,
la boca oscura de la nieve
y su negro idioma impronunciado.


III

Nieve, nubes, humo:
blanco sobre blanco sobre blanco;
duro lienzo
sobre bocas cerradas.
Gotas de negro,
vieja sangre,
un cuervo es dos ojos
amarrados al rostro de nada.


IV

Pero no hay cansancio
en ese cuerpo
cercado por la nieve.
No hay vejez.
Al otro lado de la muerte
no hay vejez, no,
tras la oscura divisoria.


                               Otras lunas (2002)



ALBERTO LAURO






Óleo del último otoño


Un flamboyán
de fuego
arde solo en la luz de la mañana.
Bandadas de garzas blancas vuelan
sobre palmas y manglares,
destellan bajo la luz del mediodía.
Tú estás sentada, ausente
entre la sombra y la brisa
que aguarda tu rostro,
la furia desnuda de las ramas,
pálida viajera, amiga,
en la indefensa espesura:
detrás la hierba se quema
hasta que la hoguera toma
un sitio en tu cuerpo.
Cerca de la arboleda, el barranco,
la áspera roca que no ha besado la nieve,
los pájaros
sobre este campo sin flores
-los he visto pasar ligeros
y fugaces como la noche por tus ojos-
y cimbran las cañabravas
que el viento mece junto al río.
Un flamboyán
de fuego
arde solo en la luz de la mañana.
Brilla junto a su tronco una canción perdida
(después del aguacero)
que va dejando
breves arroyos
sobre la tierra ocre.




FINA GARCÍA MARRUZ




"Ama la superficie casta y triste"


                             Sé el que eres
                                             Píndaro


Ama la superficie casta y triste.
Lo profundo es lo que se manifiesta.
La playa lila, el traje aquel, la fiesta
pobre y dichosa de lo que ahora existe

Sé el que eres, que es ser el que tú eras,
al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,
sé sabiendo que cuando nada seas
de ti se ha de quedar lo que quisiste.

No mira Dios al que tú sabes que eres
-la luz es ilusión, también locura-
sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.


FGM(Cuba, 1923). Entre sus libros, pueden destacarse
Visitaciones (1970), Viaje a Nicaragua (1987) y Créditos
de Charlot (1990). Pero quizá la obra más asequible, para
el lector español e hispanoamericano, sea la antología El
instante raro (Pre-Textos). García Marruz, tuvo complici
dades intelectuales con Juan Ramón Jiménez y María Zam
brano, además es una de las grandes expertas en la obra 
de José Martí.

RAÚL GÓMEZ GARCÍA


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Reclamo del Centenario


“Maestro, bajo tu frente enorme,
En la profundidad perenne de tus sueños
Se vislumbra el recuerdo de tus luchas de hombre;
Y en la angustia callada de este pueblo que es tuyo
Hay mil gemidos juntos clamándote en silencio,
Porque es sólo tu alma quien nos puede salvar.
Hay un siglo de gloria clavado en la pasión de tu mirada,
Tu índice sereno señala las azules esperanzas
Y reclama en silencio la muerte frente al sol.
Por toda tu pasión enfebrecida te admiramos, Maestro…
Y en las luces opacas de este siglo resplandece tu verbo
Como un himno de amor arrebatado que fructifica hoy.
Cuba te llama en su sentir de ahora;
Sólo tú con tu luz podrías salvada del caos infernal,
Sólo tú que en tus manos tuviste siempre rosas
Y vertiste en tus versos tu angustia y tu ternura,
Uniendo entre pasiones azarosas
El honor, la paz y la bravura.
Apóstol… la patria te reclama.
Hincados de rodillas ante tu tumba útil,
Se abren las ilusiones de esta generación.
Hasta la cima eterna donde brilla la llama de tu nombre
Y ante tu imagen pura se vierte una oración.
Apóstol… te reclama la patria soñadora…
Que el verbo centellante de tus labios
Que fue duro y potente… que fue justo y audaz,
En imágenes altas se alce hasta las cumbres elevadas,
Y acabe para siempre con la casta nefasta del tirano,
Trayendo nuevos días a la ruta gloriosa de la patria.
Mil manos juveniles se alzan con las picas aguerridas.
Las ansias de la patria adolorida las reclama sin tregua,
Maestro… Que tu voz sea un grito que detenga la lucha
fratricida…
Que se borren de Cuba franjas que marchiten su estrella solitaria…
Que se oiga tu voz omnipotente clamar en los espacios siderales…
y que caiga el tirano sanguinario vencido por la lucha libertaria.



                                                 28 de enero de 1953