jueves, 3 de octubre de 2013

W.B.YEATS




HACIA EL CREPÚSCULO


Corazón desgastado, en un tiempo gastado,
sal de las redes del bien y del mal;
ríe, corazón, en el crepúsculo gris;
suspira bajo el rocío de la madrugada.
Tu madre Eire es siempre joven,
brillante el rocío y el crepúsculo gris;
aunque la esperanza pierdas y decline el amor,
y ardan en la lengua de fuego de la infamación.
Ven, corazón, donde las colinas se siguen,
pues es allí donde la hermandad mística
de sol y luna y hondonada y bosque
y río y corriente impone su voluntad;
y toca Dios su solitario cuerno,
y el tiempo y el mundo están siempre huyendo;
y el amor es menos que el crepúsculo gris,
menos la esperanza que el rocío de la madrugada.



W.B.Yeats, El crepúsculo celta, Trad. de Javier Marías, 4a. edición,
Madrid, Alfaguara, 1985, 185 páginas.

MARCOS ANA




Autobiografía


Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
ya muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña




File:Marcos Ana (Feria del Libro de Madrid, 6 de junio de 2009).jpg


Marcos Ana: “Hay que calentar las plazas y las calles; si nos dejamos, nos arrancan la piel”

                                                       por Rafa Ruiz

Franco le tuvo preso 23 años por sus ideas. Desde 1961, se convirtió en una referencia de la izquierda, de la oposición a las ideas totalitarias. Y así sigue a sus 93 años. Hoy su batalla guarda el mismo sentido. Por eso acaba de publicar el libro ‘Vale la pena luchar‘ (Espasa).

“Me llamo Marcos Ana, aunque nací con otro nombre, Fernando Macarro. Pero Marcos era mi padre y Ana mi madre, y pensé que así los llevaría siempre conmigo. Los dos desaparecieron en circunstancias especiales. A mi padre lo mató la aviación durante la Guerra Civil y mi madre murió en el año 1943, cuando yo estaba aún en prisión, tras haberme seguido de cárcel en cárcel y sin haber podido abrazarme en libertad”. “Durante varios años estuve condenado a muerte. Soy un hijo de la solidaridad. No es solo una palabra hermosa; es una actitud ante la injusticia, que sigue siendo necesaria. A ella le debo mi libertad y mi vida”. “Cuando, después de 23 años, salí de la cárcel -soy el preso político que más tiempo permaneció cautivo durante el franquismo- los compañeros que allí dejé me pidieron algo: “No nos olvides”. Y nunca lo he hecho. ¿Cómo olvidar, sobre todo, a los cientos y cientos de compañeros a quienes abracé, conteniendo las lágrimas, cuando iban a enfrentarse a la última madrugada de su vida?”.







DECIDME COMO ES UN ÁRBOL


Decidme como es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire
recítame un horizonte sin cerradura
y sin llave como la choza de un pobre
decidme como es el beso de una mujer
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo
Aún las noches se perfuman de enamorados
que tiemblan de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa?
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa
22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas
su olor, su aroma
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron,
no puedo seguir
escucho los pasos del funcionario.








Voy soñando


Soñar; siempre soñar,
con banderas y besos,
la libertad y el aire
soplando en mi cabello.

Campo y aire sin fin
-oh luz-, sin otro cerco
que el amor de unos brazos
enlazando mi cuello.

Soñar; siempre soñar
con los ojos sin sueño,
que soy un hombre vivo...
siendo tan solo un preso.

Hay árboles y un río
fijos en mi recuerdo;
una infancia salvaje,
un dulce amor ingenuo,
y dos nombres grabados
en el chopo más viejo.

(El cielo aquella tarde
era como un espejo.
El choperal tendía,
para el amor, senderos.
Todo era luz. La gloria
de mayo iba en mi pecho.

Un vilano de plata
se enredó en sus cabellos,
acudí tembloroso
y con mis dedos trémulos.
Sus ojos me invadieron
de aroma y sol.
El viento,
inmóvil, nos miraba:
fué aquel mi primer beso).

Soñar; siempre soñar
que vuelvo a todo aquello,
lo que dejé y ya nunca
encontraré al regreso.





05-01 03


Marcos Ana, poeta y militante antifranquista, lucha con la palabra 
contra la injusticia que le llevó, como a tantos otros, a dar con sus 
huesos en la cárcel por motivos políticos. Tras ser detenido cuando 
tenía 19 años, no volvió a la libertad, "a la vida" como dice él, hasta 
noviembre de 1961Fueron 23 años que lo convierten en el recluso 
que más tiempo permaneció en cárceles de la dictadura
Fue condenado por el franquismo por tres asesinatos.




HENRI MICHAUX





MI SANGRE

El caldo de mi sangre en que chapoteo
Es mi poeta, mi lana, mis mujeres.
No tiene corteza, se hechiza, se expande.
Me llena de vidrios, de granito, de tiestos.
Me desgarra. Vivo en las trizas.

En la tos, en lo atroz, en el trance
Construye mis castillos
Y los ilumina

En telas, en tramas, en manchas.











VEJEZ

¡Noches! ¡Noches! ¡Cuántas noches para una sola mañana!
¡Islitas dispersas, cuerpos de fundición, costras!
¡Miles de nosotros se acuestan en la cama, fatal desenfreno!
Vejez, veladora, recuerdos: arena de la
  melancolía.
¡Aparejos inútiles, lento desmontarse!
¡Así que ya nos echan!
¡A empujones! ¡Salir a empujones!
Plomo del descenso, con niebla a la espalda…

Y la pálida estela de no haber podido Saber.








Henri Michaux.  Paris, Collége de France, 1983



























mano de Michaux





































VERSIONES  DE GUILLERMO-AUGUSTO RUIZ

HENRI MICHAUX





En el país de la magia


I

He visto al agua abstenerse de correr. Si el agua está bien acostumbrada, si es tu agua, ella no se derramará, aunque la jarra se rompa en pedazos.

Simplemente, ella espera a que la pongan en otra. Ella no busca derramarse afuera.

¿Es la fuerza del Mago la que actúa?

Sí y no, aparentemente no, el Mago podría no estar al corriente de la ruptura de la jarra y del esfuerzo que hace el agua por mantenerse en su lugar.

Pero él no debería hacer esperar al agua por mucho tiempo, porque esa posición le es incómoda y lastimosa y, sin que necesariamente se pierda, ella podría dispersarse bastante.

Naturalmente, es necesario que el agua sea tuya y no un agua de hace cinco minutos, un agua que haya sido recién cambiada. Aquélla se perdería enseguida. ¿Acaso qué la retendría?



El niño, el niño del jefe, el niño del enfermo, el niño del labrador, el niño del necio, el niño del Mago, el niño nace con veintidós pliegues. Es necesario desplegarlos. La vida del hombre entonces se completa. Bajo esta forma él muere. Ya no le queda ningún pliegue por deshacer.

Raramente un hombre muere sin haber necesitado alguna vez deshacer algún pliegue. Pero ha sucedido. Paralelamente a esta operación el hombre forma un núcleo. Las razas inferiores, como la raza blanca, ven mejor el núcleo que el desplegado. El Mago ve más bien el desplegado.

Solamente el desplegado es importante. El resto no es más que epifenómeno.



II

Allá, en ese país, a los malhechores cogidos en flagrancia les arrancan el rostro ahí mismo. El Mago verdugo llega de inmediato.

Hay que tener una enorme fuerza de voluntad para arrancar una cara, habituada como está ella a su hombre.

Poco a poco la piel cede, sale.

El verdugo redobla su esfuerzo, se tensa y respira enérgicamente. Finalmente, él lo arranca.

Estando bien hecha la intervención, todo el conjunto se desprende, frente, ojos, mejillas, toda la región facial como borrada por yo no sé qué especie de esponja corrosiva.

Una sangre espesa y oscura mana de los poros generosamente abiertos por todas partes.

Al otro día, se ha formado un enorme y redondo coágulo costroso que no puede inspirar sino espanto.

Quien ha visto alguno, no lo olvidará jamás. Sus pesadillas se lo recordarán.

Si la intervención no ha sido bien hecha, porque el malhechor es particularmente robusto, no se le logra arrancar más que la nariz y los ojos. Al menos es algo, ya que la intervención es puramente mágica, pues los dedos del verdugo no pueden tocar, ni siquiera rozar, el rostro que ha de retirar.



Puesto en el centro de un ruedo totalmente vacío, el detenido es interrogado. De manera solapada. En medio de un profundo silencio, muy fuerte para él, la pregunta resuena.

Repercutida por las graderías, ella resuena, regresa, retumba y se abate sobre su cabeza como ciudad que se desploma.

Bajo esas ondas apremiantes, comparables solamente a una serie de catástrofes encadenadas, cesa toda resistencia y confiesa su crimen. Él no puede no confesarlo.

Ensordecido, vuelto un guiñapo, la cabeza adolorida y zumbante, con la sensación de haber hecho frente a diez mil acusadores, él se retira de la arena, donde no deja de reinar el más absoluto silencio.

                                      Trad. del francés: Antonio María Flórez


“Au pays de la magie” (I et II) pertenece al libro de Henri Michaux Choix 
de poèmeseditado por Gallimard (París, 1976).

HENRI MICHAUX






Nosotros dos aún


Aire del fuego, no supiste jugar.
Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto.

Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado.
No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre.

El bienestar reía en su alma. Pero era todo mentira. No fue largo el reír.

Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un huso que hilaba sobre la roca. Se abalanzaba, aunque inmóvil, hacia la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y fue allí, de pronto, cuando sorprendió a la confiada, mientras peinaba sus cabellos, contemplando, en el espejo, su felicidad.

Y cuando vio subir esa llama sobre ella, oh...

Al instante, la copa le fue arrancada. Sus manos ya no han sido nada más. Vio como se la apretaba en un rincón. Se detuvo allí arriba como un enorme tema de meditación por resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana, pidiendo socorro.
Toda la llama entonces la rodeó.

Ella se encuentra ahora en una cama, y su sufrimiento sube hasta el cielo, sin encontrar a Dios... y su sufrimiento desciende hasta el fondo del infierno sin hallar al demonio.

El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado...

Defenestrada de sí misma, busca cómo volver a entrar. El vacío por donde deriva no responde a sus movimientos.

Lentamente, en la granja, su trigo arde.

Ciega, a través de la larga barrera del sufrimiento, durante un mes, remonta el río de la vida, natación atroz.
Paciente, en lo innombrable inflado, vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su piel fina. La curación está allí. Mañana cae la última venda. Mañana...

Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente, tu tonta piedrecilla obstructora a través de una aurora nueva.

Ella ya no encontró lugar en el tiempo. Le fue preciso volverse hacia la muerte.
Apenas si divisó la ruta. Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él.

Uno se ha quedado confundido de este lado. No ha habido tiempo para decir hasta luego. No ha habido tiempo para una promesa.
Ella había desaparecido del film de esta tierra.

Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en que tenías tanta fe
¿Y bien?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña,
sumergidas en el silencio.
No, no debe besarte a ti una muerte para separarte de tu amor.
En la pompa horrible
que te espacia hasta yo no sé qué milésima dilusión
buscas aún, nos buscas lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones
Debimos haber sido informados mejor,
Alguien me escribe que tú, mártir, velarás ahora por mí.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado, persistente en tu cuarto y tus objetos familiares
/que aprieto en mis manos
este fluido tenue al que sería preciso proteger para siempre
Oh lo dudo, dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, dispuesta a las catástrofes
Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados
dilapidando momentos preciosos
que sería preciso emplear antes que nada entre nosotros precipitadamente
mientras tiritas
esperando en tu maravillosa confianza que yo venga a ayudarte a sacarte de allí, pensando "seguramente
/vendrá
Habrá podido tener algún percance pero no tardará
Vendrá, yo lo conozco
No va a dejarme sola
No es posible
No va a dejar sola a su pobre Lou..."

Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se había vuelto simple, ese gran asunto complicado. Se había vuelto simple a pesar del dolor.
Tu fragilidad: yo era fuerte cuando se apoyaba en mí.

Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más?


Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado su fin. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Se necesitaba un ciego como yo, se necesitaba tiempo, tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, se necesitaba esta claridad en ti, esta fe, para horadar por fin la pared de la apariencia de su autonomía.

Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde, aprendí "juntos" aquello que no parecía estar en mi destino. Pero no demasiado tarde.
Los años han existido para nosotros, no contra nosotros.

Nuestras sombras respiraban juntas. Bajo nosotros, las aguas del río de los acontecimientos corrían casi en silencio.
Nuestras sombras respiraban juntas, y todo estaba por ellas recubierto.

Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu dolor. Nos perdemos en el lago de nuestros intercambios.

Rico de un amor inmerecido, rico que se ignoraba con la inconciencia de los poseedores, he perdido ser amado. Mi fortuna ha quebrado en un día.

Árida, mi vida continúa. Pero no me doy cuenta. Mi cuerpo permanece en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento del saqueado. La que ya no está se aleja, y su ausencia devoradora me invade y me consume.

Extraño los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los corredores nauseabundos, atravesados por gemidos, hasta la momia espesa de tu cuerpo vendado y esperaba emerger de pronto, como el "la" de nuestra alianza, tu voz dulce, musical, contenida, resistiendo con valor la fealdad de la desesperación, cuando, a tu vez, escuchabas mis pasos y murmurabas, libre: "Ah, estás allí".
Yo apoyaba mi mano sobre tu rodilla, por encima del sucio cobertor, y todo desaparecía entonces: el hedor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como un albañal por seres extraños, atareados y recelosos, todo se deslizaba hacia atrás, dejando que nuestros dos fluidos, a través de los remedios, se encontraran de nuevo, se mezclaran en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la amargura, en el colmo de la dulzura.
Las enfermeras, el interno, sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros.

Aquel que está solo, se vuelve de noche contra la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene de compartir el día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas para ti.

¿No me responderás algún día?

Pero tal vez tu persona se ha vuelto como un aire del tiempo de la nieve, que entra por la ventana, que uno cierra, presa de escalofríos o de un malestar precursor del drama, como me ha ocurrido hace algunas semanas. El frío se echó de pronto sobre mis espaldas, yo me cubrí precipitadamente y me volví cuando eras tú quizás y la más cálida que pudieras darte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, no podías expresarte de otra manera. Quién sabe si en este mismo momento no esperas, ansiosa, que yo por fin comprensa, y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, pobremente, es verdad, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos...

                                                          Versión de Raúl Gustavo Aguirre


Henri Michaux (1899-1984)