jueves, 26 de septiembre de 2013

POLA OLOIXARAC





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En los ritos de pasaje practicados por las comunidades
Orokaiva, en Nueva Guinea, los niños que van a ser
iniciados, varones y niñas, son primero amenazados
por adultos que se agazapan tras los arbustos. 
Los intrusos, que se supone son espíritus, persiguen a 
los niños gritando: «eres mío, mío, mío», empujándolos 
a una plataforma como la que se usa para matar cerdos.
Los niños aterrorizados son cubiertos con una capucha 
que los deja ciegos; son llevados a una cabaña aislada en 
el bosque, donde se convierten en testigos de secretas 
ordalías y tormentos que cifran la historia de la tribu.
No es infrecuente, narran los antropólogos,
que algunos de los niños mueran en el curso de estas
ceremonias. Finalmente los sobrevivientes regresan a
la aldea, vestidos con máscaras y plumas como los espíritus 
que los amenazaron al principio, y participan en la caza 
de cerdos.
Regresan ya no como presas sino como predadores, gritando 
la misma fórmula que habían escuchado de labios enemigos: 
«eres mío, mío, mío». entre los Nootka, Kwakiutl y Quillayute, 
en el noroeste del Pacífico, son los lobos —hombres con 
máscaras de lobos— los que amenazan a los pequeños iniciados, 
persiguiéndolos a punta de lanza hasta empujarlos al centro de 
los rituales del miedo; al cabo de esas torturas esotéricas son
introducidos en los secretos del Culto del Lobo.

                                                        De Las teorías salvajes