martes, 16 de julio de 2013

ROBINSON JEFFERS





Manos


Dentro de una cueva en un estrecho cañón cerca de Tassajara
la bóveda de la roca está pintada con manos,
una multitud de manos en la media luz, una nube de palmas de hombres, no más,
ninguna otra pintura. Nadie hay que pueda decir
si el tímido y silencioso pueblo café que está muerto pretendía
religión o magia, o si hicieron estos trazos
en los ocios del arte; pero, sobre los años divididos, estos cuidados
signos manuales son ahora como un mensaje sellado
que dice: "Miren: también fuimos humanos; tuvimos manos y no garras. 
Salve les decimos, hombres de hábiles manos, que nos suplantan
en el hermoso país; disfruten por una estación su belleza y haced 
lugar y sed suplantados; pues también ustedes son humanos".


                    trad. de Alberto López Fernández y Pablo Soler Frost


de "Antología", ed. Libros del Umbral, 1999

FRANCIS PONGE





Los árboles se deshacen en el interior de una esfera de niebla


Entre la niebla que envuelve los árboles, las hojas les son robadas; las mismas que, desconcertadas por una lenta oxidación y mortificadas por la retirada de la savia en provecho de las flores y frutos, desde los grandes calores de agosto ya estaban menos unidas a ellos.

En la corteza se labran regueros verticales por donde la humedad es conducida hasta el suelo, desinteresándose de las partes vivas del tronco.

Se dispersan las flores, se desprenden los frutos. Desde la edad más temprana, el abandono de sus cualidades vivas y de partes de su cuerpo ha llegado a ser para los árboles un ejercicio familiar.




El fuego


El fuego hace una ordenación: primero, todas las llamas se mueven en un sentido…

(No se puede comparar el modo de andar del fuego más que con el de los animales: debe dejar un lugar para ocupar otro; camina a la vez como una ameba y como una jirafa, salta con el cuello, repta con un pie)

Luego, mientras las masas contaminadas con método se desploman, los gases que escapan se van transformando en una sola rampa de mariposas.

                                                                                 Trad. Miguel Casado


 En el volumen recopilatorio: La soñadora materia (Galaxia Gutenberg, 2006)

VLADIMIR NABÓKOV





una velada literaria


Acérquese, me dijo mi anfitriona, su rostro haciendo sitio
a una de esas rosadas sonrisas de preámbulo
que enlazan, como un valle de frutales en flor,
las faldas de dos nombres.
Haga usted el favor, murmuró, de comerse al Dr. James.

Tenía hambre. El Doctor parecía apetecible. Se había leído
el gran libro de la semana y le había gustado, dijo,
porque tenía fuerza. Así que me sirvieron
una buena ración. Su señora, escotada de malva,
no dejaba de señalarme –muy educadamente, pensé–
los bocados más tiernos con la punta de su cuchillo.
Comí… y los atardeceres de Egipto eran geniales;
a los rusos les iba francamente muy bien;
¿sabía de un tal Príncipe Poprinsky, a quien había conocido
en Caparabella, o era en Mentón?
Viajaban mucho, él y su esposa;
la afición de ella era la Gente, la de él la Vida.
Todo estaba muy bueno y en su punto, pero lo más sabroso
era su cerebelo, crujiente y con sabor a nuez. El corazón
era oscuro y brillante como un dátil,
y amontoné los huesecillos en un extremo de mi plato.


                                                               trad. Jordi Doce