miércoles, 10 de julio de 2013

EDGARDO COZARINSKY







COPI: TRES INSTANTÁNEAS Y UNA POSDATA


La primera vez que lo vi, Copi bailaba un pasodoble con Martine Barrat. Era un 31 de diciembre, creo que el de 1970; yo estaba de paso por París, solo, y unos amigos argentinos me habían dado cita en un bar de la rue Chabanais, "Le César", donde otros conocidos se reunirían con nosotros. Apenas había entrado cuando en medio del humo espeso y del parloteo de mucamos españoles y choferes portugueses distinguí a una pareja que se desplazaba con velocidad y precisión sobre la pista.

Aunque Copi era un personaje muy conocido de la vie parisienne, y su compañera una fotógrafa a quien Gilles Deleuze iba a despachar becada a Nueva York para que retratase a criminales adolescentes de Harlem, no había en la actitud de los bailarines ningún resabio de slumming, de encanaillement. Estaban, si se quiere, de visita en un amabiente ajeno, pero gozaban con tanta secilles los aplausos de los habitués que, si alguna distancia era perceptible entre ellos y "Le César", estaba más bien en mi mirada de pajuerano.

Ese dominio natural de la escena, que sentí inmediatamente y con mucha fuera en aquella primera visión, lo reencontré, más tarde, en dos ocasiones en que vi a Copi en un escenario ¿real? ¿tradicional? ¿convencional? Porque la minúscula pista del "César" siguió presente, con su falta de pretensiones, con las voces ibéricas que coreaban aquel pasodoble, detrás o por encima de los teatros, con vocación "artística" o de vanguardia, donde lo volví a ver.

Loretta Strong era un espectáculo apenas apoyado en un texto. Dudo que, interpretado por otra persona, fuese soportable. Pero el milagro tetral ocurría apenas Copi, esquelético, desnudo, piuntado de verde o de azul, tal vez de color turquesa, aparecía en el escenario, precariamente izado sobre tacos altos, como la intrépida astronauta del título. 

La sensación de asistir a un delirio no clínico, no recuperable por ninguna noción entonces tan en boga de antipsiquiatría; más bien el sentimiento de horror sagrado ante una criatura mitológica que se hubiera inventado a sí misma y de quien Copi era el primero en burlarse... Una sucesión de impresiones contradictorias tironeaban al espectador entre la risa y el miedo, se insinuaban a la platea durante la hora, apenas, que esa criatura deambulaba por la escena, como en un mal trip, antes de sentarse en un inodoro y tirar de la cadena que había desaparecer en las profundidades del aparato doméstico, convertido para la ocasión en rampa de lanzamiento de misiles espaciales...


Todo esto ocurría en un pequeño teatro de la rue de la Gaité, creo que el de la Gaité Montparnasse, a mediados de 1974. Me cuentan amigos de Barcelona que, en la euforia que siguió a la muerte de Franco -el llamado "destape"-, Copi y Loretta Strong fueron invitados por el primer secretario de cultura "progre" de esa ciudad. En un momento en que Brecht y Peter Brook eran consumidos ávidamente por la "inteligentsia" catalana, el espectáculo suscitó una pronfunda perplejidad y casi ninguna risa.

La tercera vez fue en la rue de la Roquette, en el Théâtre de la Bastille, en 1986 o 1987, meses antes de la muerte de Copi. La obra se llamaba Les escaliers du Sacré Coeur y en ella se cruzaban cantidad de personajes del barrio donde vivía el autor, entre los jardines y escalinatas que descienden desde la Basílica del Sagrado Corazón de la rue des Abesses: traficantes y consumidores de drogas, cultores de cualquier heterodoxia sexual, mirones compulsibos y sus indispensables exhibicionistas, no menos compulsivos.

Esas figuras se agitaban en una gozosa sarabanda y se entregaban a un frenesí retórico de versos y rimas dignos de Victor Hugo, si los franceses tuvieran sentido de la parodia.


En el texto, precisemos. Porque sobre el escenario estaba Copi, solo, con un traje oscuro de elegancia irreprochable, el libreto de su obra en la mano. Y ese libreto lo leía ante el público, sin omitir las indicaciones de escena ("retrocede espantado..."), imitando a partir de su acento rioplatense las voces, las entonaciones y la cursilería de cada personaje, cruzando el escenario frenéticamente para anunciar un efecto, alguna sorpresa, acercándose a la luz del proscenio para leer una réplica que olvidaba, o salteándose dos o tres páginas que de pronto le parecían aburridas, transpirando, siempre sonriente, evidentemente feliz.

Aun en los momentos más trucuilentos de ese melodrama sin música, Copi era capaz de comunicar el placer que le producía el hecho de hallarse en un escenario, frente a un público. Cuando al final saludaba, con el libreto siempre en la mano, el público comprendía que había asistido no a la puesta en escena de una obra sino a algo más raro, casi único: a la puesta en escena del autor en ese momento casi inasible en que sus personajes empiezan a desprenderse de él sin existir aún independientemente.

El recuerdo de Copi en escena me hace pensar en algo elemental que ninguna elaboración intelectual puede sustituir: el teatro exige que algo interesante ocurra, momento tras momento, en el escenario; el valor, la espera deben cargarse para existir como teatro, con el peso de lo ausente que no llega. 

En el arte de Copi, en su "marginalidad flamígera y soñadora" (Lavelli), hay más teatro real que en cualquiera de las maquinosas puestas de los cultores del "dispositivo escénico", invasor y asfixiante, que han constituido una nueva academia. Si hay una tradición que desde los tinglados medievales llega hasta Valeska Gert y Robert Ludlum -y creo que sí la hay- Copi halló, sin buscarla, a su familia en esa espléndida galería de proscritos "flamígeros y soñadores".

                                                                                      (1998)


                        de El pase del testigo, Edgardo Cozarinsky, 2001

ANNE SEXTON




BALADA DE LA MASTURBADORA SOLITARIA


Al final del asunto siempre es la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te echa en falta. Espanto
a los que están presentes. Estoy saciada.
De noche, sola, me caso con la cama.
.
Dedo a dedo, ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro.
La taño como a una campana. Me detengo
en la glorieta donde solías montarla.
Me hiciste tuya sobre el edredón floreado.
De noche, sola, me caso con la cama.
.
Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
en la que cada pareja mezcla
con un revolcón conjunto, debajo, arriba,
el abundante par espuma y pluma,
hincándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, me caso con la cama.
.
De esta forma escapo de mi cuerpo,
un milagro molesto, ¿Podría poner
en exibición el mercado de los sueños?
Me despliego. Crucifico.
Mi pequeña ciruela, la llamabas.
De noche, sola, me caso con la cama.
.
Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndose en la playa,
en la yema de los dedos un piano, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.
.
Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen las piedras.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
El periódico de hoy dice que os habéis casado.
De noche, sola, me caso con la cama.
.
Muchachos y muchachas son uno esta noche.
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las criaturas destellantes están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente. Están más que saciadas.
De noche, sola, me caso con la cama.


                                             (Traducción de Griselda García )

EDGARDO COZARINSKY





Cannes ‘67 por Edgardo Cozarinsky


1967. Mi prehistoria. Había pasado de septiembre a diciembre del ‘66 en Estocolmo, con una beca que no me interesaba pero que me había permitido poner distancia con la Argentina de un general llamado Onganía. Con las coronas ahorradas vagabundeé por el norte de Europa: Copenhague, Hamburgo, el Berlín de mis lecturas, Ámsterdam, todo apasionante para el viajero novato. Recalé en París, portero nocturno en un hotel. Me crucé con Torre Nilsson y Beatriz Guido, en camino al festival de Cannes. Con su generosidad proverbial me propusieron conseguirme una acreditación de periodista. Gracias a sus invitaciones cotidianas, viví la ilusión de “pertenecer” durante dos semanas… Un mediodía, en la playa del Carlton, vi llegar a Warhol y su corte para una conferencia de prensa. Entre ellos reconocí los pómulos de Nico, inolvidable desde La dolce vita. Fotografié al grupo. En una instantánea me parece que ella me mira, aunque más bien mira a mi cámara. Hoy estamos todos muertos, el que yo era entonces no menos que ellos.



Foto: Edgardo Cozarinsky


www.losinrocks.com/artes/cannes-67-por-edgardo-cozarinsky#

LUIS CERNUDA




Precio de un cuerpo


Cuando algún cuerpo hermoso,
Como el tuyo, nos lleva
Tras de sí, él mismo no comprende,
Sólo el amante y el amor lo saben
(Amor, terror de soledad humana.)

Esta humillante servidumbre,
Necesidad de gastar la ternura
En un ser que llenamos
Con nuestro pensamiento,
Vivo de nuestra vida.

Él da el motivo,
Lo diste tú; porque tú existes
Afuera como sombra de algo,
Una sombra perfecta
De aquél afán, que es del amante, mío.

Si yo hablase
Cómo el amor depara
Su razón al vivir y su locura,
Tú no comprenderías
Por eso nada digo.

La hermosura, inconsciente
De su propia celada, cobró la presa
Y sigue. Así por cada instante
De goce, el precio está pagado:
Este infierno de angustia y de deseo.

                                  De Poemas para un cuerpo


Luis Cernuda (Sevilla, 1904 – México 1963)