domingo, 19 de mayo de 2013

LAURA GARCÍA DEL CASTAÑO






algo sobre mi padre


Todo tiene solución excepto la muerte
-decía mi padre-
cuando estábamos del mismo lado
cuando pensaba una solución para no irse.

Qué dirá de la muerte ahora?
quizás no piense soluciones,
porque la solución de la muerte es otra muerte
eso lo digo yo,
que me quedé aquí

Nunca más supe de él,
No tuve apariciones, ni ruidos,
 ni sueños perturbadores.
Quizás él, de su lado
 piense que yo estoy muerta en otro lugar.
Quizás espere de mi apariciones, ruidos
y sueños perturbadores.

Quizás los dos ya no busquemos soluciones,
y sólo hayamos quedado espalda con espalda
 en medio de una nada
sin darnos vuelta a mirar
que hemos sido uno,
uno solo
que no se encuentra.



Mi padre no sabía sangrar


i padre no sabía sangrar, pero aprendió a fumar como un jinete de la muerte. Encendía su cigarrillo y se sentaba en un rincón de la casa. Había humo en su mañana. La rabia y la ceguera le crecían por la siesta.
Cuando se fue, no pude llorar.
Todavía en medio de la noche veo la colilla encendida, no alcanza a iluminar nada, pero prende  fuego a todos los rostros de mi infancia.
Acerco mi frente y arde la proximidad de mi padre.
El aprendió a justificar su ausencia con la muerte y yo aprendí a jugar que me desangro. Pero no es cierto. Lo único cierto es que fumo en la oscuridad de aquel rincón. Llevo a mi padre al pulmón y me siento como él, en el borde de la rabia y la ceguera.

Soy una mujer distante. Soy la herida hermética que mi padre no aprendió a sangrar. Y él es también mi radical y más cerrada herida. Por eso cada noche nos sentamos en silencio, con más fuego que espanto, nos sentamos a extinguir lo que no pudo apagarse con la muerte. Me esfuerzo por sangrar pero sólo cae ceniza.




EDUARDO MILEO






Pobreza


La noche de los pobres
se aleja de la luz.

Los pobres tienen mosaicos de camellos en la frente
y de sus cabezas
ensortijadas de solenoide
se escapan los vientos de la crin.
Fantasmas de pan
mansalvas de aceituna
liberan a los pobres por la noche
de sus pobrezas de borrachera
sus resacas de sombra.

Este mundo es
la pobreza.

Nadie que haya caminado
hasta la madrugada
podrá desmentirme.

Se aleja de la luz. Se me
aleja de la luz.



DYLAN THOMAS




CUANDO DE PRONTO LOS CERROJOS DEL CREPÚSCULO


Cuando de pronto los cerrojos del crepúsculo
ya no encerraron el largo gusano de mi dedo
ni maldijeron al mar enroscado en mi puño,
la boca del tiempo sorbió como una esponja
el ácido lechoso en cada gozne
y se tragó los líquidos del pecho hasta secarlo.
Cuando el mar de galaxia fue sorbido
y liberado todo el lecho seco del mar,
envié a mi criatura para explorar el globo,
el mismo globo de pelos y osamenta
que cosido a mí mismo por mi mente y mis nervios,
mi frasco de materia ligara a su costilla.
Mis fusibles calcularon el tiempo para impulsar su corazón,
él estalló, hecho polvo, hacia la luz
y celebró con el sol un pequeño sabático,
pero cuando los astros asumiendo su forma
dibujaron las briznas del sueño en sus ojos,
ahogó dentro de un sueño las magias de su padre.
Todo surgió armado de la tumba
el cáncer pelirrojo, vivo aún,
los ojos velados de cataratas con sus turbios tejidos;
algunos muertos deshicieron sus quijadas tupidas,
y hubo bolsas de sangre que soltaron sus moscas;
él supo de memoria el sendero de cruces funerarias.
El sueño navega las mareas del tiempo;
el áspero sargazo de la tumba
entrega a sus muertos en este mar tan laborioso;
y el sueño mudo rueda por los lechos
donde las sombras comen el alimento de los peces
y a través de las flores, emergen hacia el cielo.
Cuando de pronto giraron las tuercas del crepúsculo,
y la leche materna fue dura como arena,
envié a mi propio embajador hacia la luz;
por truco o por azar él se durmió
y por arte de magia se armó de una osamenta
para robarme los fluidos en su corazón.
Despierta, mi durmiente, hacia el sol,
trabajador en la mañana pueblerina
y deja a este soñoliento en el sitio en que yace;
han caído los cercos de la luz,
sólo quedan en pie los jinetes más diestros,
y hay mundos que cuelgan de los árboles.

                                              De POEMAS COMPLETOS


Traducción, prólogo y notas de ELIZABETH AZCONA CRANWELL