lunes, 25 de marzo de 2013

RICARDO DANIEL PIÑA





ENTRENADORES DE LA SUERTE


"Vuelve a casa pequeño perro."
Algo nos dice siempre de volver
como perros.
Los ojos tristes, la cabeza caída, el pelo...

Mucho tiempo fuera de casa, deteriora.

Volver
es cotejar la suerte que creíamos tener
con los propios ojos de perro:
la primera vez hundidos en una lluvia de verano,
la primera ves corridos por una jauría de niños,
la primera mano con caricias nuevas,
los primeros desperdicios celestiales como alimento,
y el primer nocturno: la cara en la baldosa.

Nunca habíamos tenido tanta suerte
con mi banda de perros.

Yo no había sido el único.
Comenzamos a juntarnos en las calles,
despojados de nuestros nombres de mascota.
Nunca tanta suerte nueva,
y en ese volver a casa,
que nos dice siempre perros,
nos volvía esa vieja sensación de agachar el lomo
y lamer la mano que te alimenta.
Mis muchachos eran increíbles.
Ninguno contaba su historia anterior.
Éramos una masa de pelos de colores y sonidos viscerales.

Éramos entrenadores de la suerte.
La "otra puerta"
de aquellas que habían sido nuestras casas,
se llamaba: s u e r t e.
Y no nos animamos a pasar por allí,
salvo cuando nos echaron.
Y en ese momento,
nuestros colores empezaron a ser los colores de la suerte,
nuestros ojos, nuestros olores, nuestros sentimientos bestiales,
la f o r m a de la suerte.

Antes creí que la suerte tocaba o no,
a la puerta principal.
Y hoy descubro que sólo era atravesar
la puerta de servicio.

No demos explicaciones a nadie -bestias amigas-
porque nadie nos mira.
Somos el corazón de la periferia.
Somos el cementerio de los deseos de entrecasa.

¡ Cuántos de nosotros creyó no ser un perro !
Tendidos en un living en el invierno
y cerca de una estufa.
Dejábamos de ser una bestia,
para convertirnos en algo del deseo de los dueños.

Nos sentíamos como niños ocupando lugares privilegiados
y nos fuimos alejando de la bestia.
Es la misma voz que nos decía:
vuelve a casa pequeño perro.
Muerdo el sufrimiento de mirarme definitivamente
en mi grupo de solitarios en masa.
Somos esto: p e r r o s.

Perros alejados a los golpes por la puerta de servicio,
olvidados en algún paraje también olvidado,
donde nos duele: "vuelve a casa pequeño perro".

Todo lo que hemos vivido luego
de esa puerta abierta a la suerte:
los jardines que hemos roto,
las flores disueltas en nuestros revolcones,
las primera lluvias,
la mordedura del semejante,
y el amor primero que nos lleva por la noche,
primera caricia solitaria,
primera escoba que nos ahuyenta,
primera vez el campo para mi nuevo cuerpo de bestia,
primera vez que digo que no,
primera vez que no estoy solo.

¡ Nunca más volver de esta alegría terrible !
¡ Este mundo de calles solitaria me esperó lo suficiente !

Seré el perro que me dicta mi voz.
Ese otro perro con rabia y enfermo de resentimiento
huyendo de todo contacto que me patee
al pasado que no existe.
Solamente me queda un color nuevo de tormentas
y hambre y deshechos.

Seré lo que vaya descubriendo:
Un problema, una palabra perro, un grito o lástima.
Un puente hacia el mundo de los perros.
Seré dueño de algo que vaya descubriendo.

Y hundido en una mañana
caminando por esta alegría bestial,
me diré: nunca vuelvas a casa, pequeño animal.
Nunca vuelvas al centro para ser pequeño animal.
O al menos intenta decir: n u n c a.

Un amor nuevo ladrando nunca.
Somos como países en cualquier sitio
devorando todo a su paso.
Intenta no ser esa voz de pequeño animal del regreso.
Otras voces de perros en las calles en los baldíos
en los andenes en la terrazas en los balcones
están llorando nunca.

Gritan n u n c a.

Cuántos nos miran con desprecio o con lástima
por habernos alejado para siempre.
Se apiadan de nosotros.
No saben que ladramos de alegría : n u n c a.
Les ladramos infinito ante sus puertas.
Ladramos en la basura que nos sostiene.
Lloramos nunca.
Ladramos miseria ante sus propios ojos.

Lloramos su propio llanto.

Somos nunca regresar para ser pequeño perro.

n u n c a


Gracias German Arens