sábado, 23 de febrero de 2013

CLARA FERNÁNDEZ MORENO


Clara Fernández Moreno con Catalina Boccardo


















      Pasaje Robertson

                           a mi padre, Baldomero Fernández Moreno

ave
ala de pájaro
cómo se dice
cuando se recuerda un ave unida a un tronco
o la fruta que cae hendiendo las olas
es aquel árbol partido
por enlazarse tanto a las verjas
los cipreses quebrando la punta del viento
la soledad del jardín
la calle Robertson
toda la cuadra
la manzana entera
es la mesa escritorio
la silla sola en mitad de la sala
lo que resta del palpitar de un pecho
los rastros de un padre
cabezas de pájaro creador y ciprés
que caen
se quiebran
entre rocas y brumas
hasta que el quejido del recuerdo cierra mis labios
y yerro la infancia
en el falso mar de pensamientos y palabras


Clara Fernández Moreno (CABA), El día de la vida, Ediciones 
del Dock, 2012 (Premio Municipal de Poesía inédita bienio 
80/81).

CARINA SEDEVICH




Acá estás Mimí, pegada a mi mano.
Sobre el viejo escritorio, junto a la vieja máquina.
Junto al viejo teléfono que me voy a llevar.
Me viste llegar y me seguiste
porque tu amor es silencioso como un dios.
Dicen que sos arisca
pero si estamos solas y estoy triste
te buscás un rinconcito cerca
y entonces dejás que te acaricie.
Y te dormís y vigilás.
No sé como pasan estas cosas.

Será que sos mi Berenice.




OSVALDO BOSSI



FOTO DE GASTÓN MALGIERI



















CON UN BALDE DE PLÁSTICO Y UN JARRITO


Y un día fuimos a parar -mi mamá, mis hermanos y yo- al fondo de la casa de mi tía Magda y mi tío Osvaldo: pieza y cocina al final de un terreno que tenía un marcado declive, por no decir un pozo, que sólo se notaba después de la lluvia.

Era infalible.

Caían dos gotas y la casa se inundaba completamente, por dentro y por fuera. Luego salía el sol, pero el agua (como suele ocurrir en estos casos) tardaba largos días -con sus noches- en irse... Hasta que una tarde, mirando la laguna, decidí tomar cartas en el asunto, y con un balde de plástico y un jarrito empecé a vaciarla, centímetro a centímetro, como una hormiga que transportara un árbol entero -hoja por hoja- de un lugar a otro.

¿Habré sacado 300 baldes? ¿ 700…? No lo sé. Pero en algún momento la laguna comenzó a perder su tamaño, y cuando quise darme cuenta, el aro barroso, de agua sucia, había desaparecido.

Por esa época (no tendría más de doce años) yo era capaz de esas cosas, y de otras cosas imposibles. Después echaba un balde de agua limpia y pasaba el secador. Al rato, la casa brillaba como si, a lo largo de todo ese día, no hubiera pasado nada significativo.

Eso sí, a las seis de la tarde, más o menos, volvía mi mamá de su trabajo. No sé por qué, pero para mí era sumamente importante que al regresar encontrara la casa (igual de pobre, es cierto, pero intacta) sin toda aquella desesperación dando vueltas.



Entonces -lo recuerdo perfectamente- ella entraba y me decía: Qué raro. Y enseguida me preguntaba: ¿No llovió por acá? Y yo le contestaba, con la cara más inocente del mundo: Ni una sola gota de agua, mamá. Y ella se reía. Y sacaba la mercadería de la bolsa, y se ponía a cocinar la comida para la noche.


GUSTAVO GOTTFRIED



























las hijas de Lot

las hijas de Lot dijeron
ya no quedan hombres
y durmieron con su padre
era lo que siempre habían querido
la destrucción de Sodoma
fue la excusa perfecta


pedernal

un niño es librado a la extensión
por los dioses que
en un silencio colonial
escriben la historia
con un rastrojero bajo el sol
del mediodía


una piedra a orillas del río

el agua percibe su presencia muda
ella se deja abrigar
por esa manta y sueña

a veces con el mar
pero está sola
en la pampa que esmerila
las patas de los caballos

mañana quizás
alguno se arrime para beber
y hunda la piedra
bajo su peso firme

mientras tanto el agua
se pliega en círculos alrededor



(De Un Rastrojero bajo el sol, Huesos de Jibia, 2007)

ARIEL SCHETTINI


FOTO DE SEBASTIÁN FREIRE



















 Mi perro

Mi perro quedó en un “más acá” del pensamiento y no dio el paso.
Desde que llegó a casa asediaba los espejos
Y con ladridos amenazaba su imagen y la mía.
Nos protegía (a él y a mí)
De los intrusos gemelos apostados detrás de los vidrios:
Él y yo.
Y prevenía a esos espectros
De franquear nuestro territorio.

Yo traté de explicarle sin efecto
Mi versión de los hechos
(La representación y los principios de la óptica)
De este modo: el y yo no eran otros, éramos nosotros.
Y el reflejo no es necesariamente el enemigo.
Pero un día se agotó.

Lo vi llegar al borde de la comprensión
Y en el momento en que debía dar el salto a
La razón del todo,
El entendimiento del mundo, la nada, su doble y
El ser,
Simplemente se detuvo.

Ignoró la existencia del espejo
Y ahora, abrumado, los desconoce, como a un recuerdo humillante.
Rechazó el desafío de la lógica y quedó sumergido en la apatía
Y el problema que lo enloquecía
Se fue a un territorio nublado y gris de la ignorancia
En el proceso de madurez.

Como si ahora ya no fuera un problema, como
“superado” por el análisis,
Postergó esa batalla indefinidamente
Y se quedó, entonces, con las otras cosas:
El amor sumiso, la voracidad de un mendigo, el agua, la sed
Y la rutinaria alegría que cree inexcusable demostrar
Cuando llego a casa del trabajo,
A pesar de que dejo a la vista, cuando me voy, una foto
En la que estamos juntos.


AS(Quilmes, 1966). Licenciado en Letras por la UBA. Publicó
dos libros de poemas: Estados Unidos (la marca, 1994) y  La
Guerra Civil (Norma, 2000). Sus poemas fueron traducidos al
inglés, portugués y francés. Es docente de teoría literaria en
la UBA. Su  último libro es El  tesoro  de  la  lengua. Una his
toria Latinoamericana del yo (Entropía, 2009).