sábado, 16 de febrero de 2013

HWANG JI-WOO





FLORES DE CEREZO BAJO LA LAMPARA DE VAPOR DE MERCURIO

Florecían los cerezos
en la cuesta del parque de Sachík
y esto me daba tanto dolor
que me quedé locamente embriagado
por no poder aguantarlo más.
Las flores brotaron del más allá
para pasear por aquí bajo la lámpara de vapor de mercurio
para pecar, porque pecar bajo la lámpara es lo más hermoso
que hay en el mundo
por ejemplo, para besar a quien quiera
o romper la botella de aguardiente para marcar la memoria
de esta noche primaveral tan hermosa

Era algo así como aquel sentimiento de culpabilidad
de que te morías
después de tu primera experiencia de masturbación
en tu adolescencia
Y cuando caían todas las flores de una forma horrenda
como aquellas gotas de pecado que caían encima del excremento
yo ya sabía
que un día acabaría así mi vida

Ahora estoy añorando aquel pecado irrecuperable
esa luz criminal
que me dice por fin que la deje
Quisiera felicitarla, es lo único que quiero
este amor tardío
que despido hoy
y miro arriba como si fuera por primera vez
la lámpara de mercurio entre las flores de cerezo
que ha iluminado más esplendorosa esta vida mía.

                                                      Trad. Yong-Tae Min


Hwang Ji-woo. Poeta coreano, nació en 1952 en la ciudad de Haenam.

MARÍA DEL CARMEN KRIL






Ciertos anuncios

No me dejés mirando la tarde
como una escena de televisión
donde los anuncios me condenan
y no convencen,
su calidad de imágenes superpuestas
son como las capas de ozono
que vos me dilatás
para que crea
que ese recuadro triste
y tu ofrenda desinteresada
no tienen cuotas ni final feliz,

pero yo pienso
que si en la tarde te acurrucaras
como el caracol enigmático
en las pantallas frías
no sabrías volver a desenredarte,

la vorágine
la frivolidad publicitarían
tu caparazón, tu frágil contenido.


María del Carmen Kril(1952, Provincia de Buenos Aires, Argentina)



Gracias a Catalina Boccardo por texto y foto.

SILVINA OCAMPO


Gracias Isaías Garde

Silvina Ocampo


LA MÁSCARA

Soy como un árbol sin belleza, pensaba; las marcas que dejó el tiempo se borran, pero peores son las marcas de las marcas. Hay hojas en este árbol que podrían ser preciosas, pero quién descubre belleza cuando descifrarla lleva paciencia y tiempo, tanto tiempo que se empeora el mal. Soy un mero disfraz de mí misma. Si algún crimen cometí, ¿estaré pagándolo?.

Existía en una vieja casa un armario con innumerables antifaces, caretas, dominós, vestidos con capuchón de raso que inundaban los estantes. Había un vestido largo, amarillo de un lado y negro del otro; brillaba; era mi preferido; pero a mí me tocaba siempre, para carnaval, el disfraz de diablo, que no me gustaba; o el de holandesa, demasiado abrigado; o el de manola, demasiado lujoso.

Todos los años aparecía algún nuevo disfraz en el armario; disfraces nacidos de un almohadón o de una cortina que servirían de manto o de falda, pero yo nunca conseguía el amarillo de un lado y el negro del otro; era para personas grandes y yo era chica. En alguna oportunidad se habló de achicarlo para mi talle, pero se retractaron diciendo que sería un crimen, puesto que era de seda natural.

—¡De seda natural, ya ni los ángeles se visten! Alguien dijo:

—Guárdenlo para una fiesta.

Y la fiesta un día tuvo lugar en el salón de un hotel, pero no me disfrazaron con el célebre dominó negro y amarillo, sino con el vestido de holandesa: un auténtico traje de aldeana. Las trenzas de lana que me pusieron y la falda abrigada y la cofia y el delantal, todo era de lana, salvo la careta, que era de sultana. Era verano y me moría de calor. "No se divierte esta chica", dijo alguien, al ver mi inmovilidad. Se estaba derritiendo mi careta. Me miré en un espejo. No me reconocí. En vano cambié la posición de la careta sobre mi cara: a la altura de la boca, para poder tirar la lengua, quedaron los ojos, para ver mejor. La máscara impávida no condescendía a obedecerme y seguía mirándome sin verme, con sus ojos ocultos. Las mejillas palidecían, el dibujo de los párpados también. Debajo del cartón, el sudor cayó de mi frente a mis ojos, prorrumpiendo casi en llanto, pero nadie veía lo que pasaba detrás de ese cartón, duro e interminable como la máscara de hierro. Poco a poco la careta embelleció un poco; la miré de nuevo en el espejo, creyendo que el cambio se debía a que entonces me miraba en un espejo diferente. Pensé que habría obrado la magia. Me acerqué hasta tocarlo, lo sentí frío sobre mi frente, tierno de pronto como un abrazo. La humedad del sudor me refrescó. Sentí renacer el triunfo de una pequeñísima belleza en aquella máscara extraña, porque se había humanizado. Nunca fui tan linda, salvo algún día de extraordinaria felicidad en que tuve una cara idéntica a otra cara que me gustaba.

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