domingo, 3 de febrero de 2013

ENRIQUE SOLINAS




Dionisos


                         “Celebro los ritos de noche.
                         Las tinieblas traen devoción.”
                                     Eurípides, Las Bacantes





                                            Címbalo, címbalo, címbalo.
                                            Címbalo, címbalo, címbalo.

Preso del horror, mi yo,
mi desposesión primera y definida,
mi carne, mis huesos y mi espíritu,
separados y unidos y vueltos a separar,
separados y unidos y vueltos a separar.
Alfa y Omega,
golpes de Orden y de Caos.
Alfa y Omega,
                      Shalóm, Elí,
Mantram,
                Quetzalcoatl.

La noche, el toro, la serpiente, la hiedra,
el éxtasis del músico,
susurro las palabras del viento,
su temblor,
las hojas que caen prematuras
desde el libro
de la sabiduría.
Aquí estoy,
de nuevo,
aquí,
cuando la piel que pide más y tanto
y otra vez,
cuando la piel que pide más y tanto.
Soy un licor furioso que penetra tu voz,
el origen del sueño.

Despedazado el cuerpo de la infancia,
lanzado a su dolor,
detrás de las estrellas,
hacia los límites
de la melancolía;

a la espera del tiempo en que las partes se unirán;
a la espera del deseo que unirán las partes.

Tu cuerpo se abre
como una sombra
que acecha.
Nunca ha de morir
quien no ha nacido.


Pequeñísimo dios,
tu espíritu fluye
y cierra las puertas de la tarde.
Cuando la razón se aleja,
cuando la locura es única razón.
Y sólo es posible pronunciar tu nombre
hasta el exceso de la carne.
Y sólo es posible continuar sin tregua
la desmesura,
                        el fulgor,
                                         la asfixia.


                                   El niño, la noche, el jardín, un ciervo,
                                              perfume de amapolas,
                                    el cirio y las muchachas que rezan,
                                       abrazadas al cuerpo del dios;
                                    su cuerpo despedazado y vivo,
                                                 niñas puras,
                                           comen su corazón.

Ojos en blanco.
Tu perfume
invade este candor.
Es el nacimiento de la dicha,
manos que acarician como puñales.
Es la libertad del vino
y la cópula
que todo calma
y colma.

                                     Danza la palabra en tu lengua,
                                             corazón de nadie.
                                          Brilla la estrella negra.

                                              Todo hombre
                                           es un toro ciego,
                                   preparado para su ejecución.

Nacido del costado del padre,
mi cuerpo hindú.
Sólo conozco el placer
que invade las ciudades.
Prometo
la dulzura del miedo,
entre mis brazos,
la belleza del crimen.
Ofrezco a quien desee
el vino de los sueños,
hasta su destrucción.

En danzas nocturnas
amaré.
Todo cuerpo
cubierto de rocío
amaré.
Amaré la noche,
la solitaria noche
de multitud reunida.
Y no alcanzarán
todas las palabras del mundo
para apagar la lluvia
del incendio.

                                                      ¿Qué magia, qué dolor,
                                              que ausencia pega en el pecho
                                                        y nos recuerda
                                                  que nada volverá a ser
                                                  como en un principio?
                                            ¿Qué perros ladran y anuncian
                                                            un final
                                                             fatal,
                                                    sin alegría ni tristeza?

Cuerpo despedazado
por la furia de la razón.
Cada parte arrojada
hacia un extremo del universo
No hay dicha, no,
sólo hay venganza.
Manos que horadan la carne
en busca de aquello que no existe.

                                                             El desvarío.

A lo lejos,
una música alucinada
surge  como rumor
que trae el viento.
Se oye leve y precisa,
cálida y fugaz,
como el abrazo de una madre
cuando despierta el hijo.

Nadie la puede oír como yo,
nadie sabe muy bien
de qué se trata.

Son las voces antiguas,
las voces nuevas,
las voces viejas
de la locura
preparadas para el amor.

Música que embriaga
hasta la noche
como el vino
que sobre los cuerpos
escancio.
Música que va diciendo,
con lentitud,
Ditirambo, ditirambo.
Ése es mi nombre ahora,
sobre la tierra árida
que espera los cuerpos
del dolor,
Este es mi nombre
ahora.

Porque yo soy un dios
y he de sobrevivir a todas las épocas,
(nada fue en vano).

Porque yo soy un dios,
mi partes volverán a reunirse,
renaceré
cubierto de gloria.

Andaré de nuevo por esta tierra
plagada de hombres injustos.
Cabalgaré la lluvia.

Y no descansaré
hasta que cada rincón
de este mundo-infierno
sea tiniebla renovada
y nos proteja con su luz.

                                            Címbalo, címbalo, címbalo.
                                            Címbalo, címbalo, címbalo.





 Dionisos o acerca de la locura


             Más allá de las múltiples definiciones y funciones existentes acerca y sobre el mito, la que me guía de manera instintiva a la hora de su reescritura, es la de echar una mirada nueva sobre un concepto aparentemente anquilosado. De esta manera, el mito es una invitación para actualizar su cuerpo y proponer diferentes alternativas a lo ya establecido. Por lo tanto, el mito griego no es clásico por ser el origen de la cultura occidental, sino porque cada vez que lo leemos encontramos en él significaciones que dan sentido a nuestro mundo contemporáneo.

El mito de Dionisos, tal vez, sea el más atrayente y seductor por tratarse de un dios prohibido. Y como toda prohibición instala el deseo –al decir de Freud– quizá es uno de los mitos más recreados y citados en la historia de la literatura. Esto se debe a que Dionisos es el dios de la modernidad, ya que otorga libertad a las mujeres para que ejerzan su sexualidad. Les da inmunidad ante la concreción de un crimen, si están tocadas por el espíritu del dios. Justifica la locura del mundo con la no justificación. Prefiere la música de percusión que genera y combina el Éros y el Tánatos, oponiéndose a la armonía. Pacta con Apolo y ambos dividen el tiempo: mientras que éste habita la luz y se apropia del día, Dionisos es el Rey de la Noche, donde todo es misterio y la oscuridad favorece a lo desconocido.

El dios extranjero, el dios nacido de padre, el dios de los placeres del mundo, el dios inquietante, el Señor del Caos. Poseedor de un presente absoluto, estas son algunas de las máscaras que el hombre le dio a Dionisos como reflejo de su propia esencia. Él es aquí y ahora, porque fue y también será. Por sus acciones, ha sido castigado, su cuerpo descuartizado y lanzado hacia cada extremo del universo. Es un dios sin tiempo que resucitará cuando las partes palpitantes vuelvan a reunirse, gracias a sus seguidores que rezan para que esto suceda cada día de sus vidas.  

Por estas razones, para su reescritura, preferí la forma sin forma, errática a veces, fragmentaria y profundamente musical. Los sentidos pueden parecer crípticos, pero responden a nuevas interpretaciones y asociaciones en torno a su figura. También apelo a ciertas imágenes, símbolos y recursos de la poesía griega para intentar que el texto parezca atemporal.  Desde esta visión, Dionisos es movimiento, frenesí, y en cada fragmento se insinúa cierto aspecto del dios que creímos correcto no profundizar, para así mostrar cada faceta y que cada cual las recepciones desde su percepción.


Enrique Solinas (CABA), en Invocaciones. Cuatro poetas en la voz del mito, Ediciones Ruinas Circulares, 2012.


Muchas gracias a: