martes, 10 de diciembre de 2013

GONZALO MOURE




















HACER LA CAMA DE LOS CABALLOS


era una de las cosas que más me gustaba del verano y de mi oficio temporal de «encargado de los caballos». Después de cenar y charlar con el tío, mientras él abría un libro o encendía la tele, yo me encargaba de «acostar» a los caballos.
Lo hacía con la última luz de la tarde. Cuando salía a la huerta desde la cocina daba un silbido, tratando de que sonara parecido al silbido del tío Darío. Los caballos respondían siempre con un relincho que quería decir algo así:
—Vamos, ya vamos.
Los caballos pastaban en un prado grande que había junto a la casa del tío. La casa tenía forma de U, y en la parte de la izquierda de la U estaban las cuadras, el guadarnés, que era el cuarto de monturas y arneses, y el pajar. La cuadra de los caballos estaba entre el guadarnés y el pajar. Ellos esperaban al otro lado del portón mientras yo hacía la cama.
Hacer la cama en realidad era extender paja en el suelo. Abría el pajar, cogía unos libros de paja y los llevaba a la cuadra. Lo de los libros de paja parece una broma, pero es verdad. La paja venía en pacas grandes, y cada paca de paja estaba compuesta por unos veinte libros de paja prensada.
La primera vez creí que el tío Darío me estaba tomando el pelo:
—Ponles unos libros.
Creí que hablaba de libros de verdad, para leer, lo que tampoco me extrañaba mucho, porque el tío les ponía música clásica por la noche.
En serio.
Los caballos, en general, tienen un oído muy sensible. Distinguen todos los sonidos, son capaces de saber qué coche es el del tío y cual no. Les encantan las voces humanas.
—La voz humana les tranquiliza.
Y        la música. En el hipódromo los entrenadores les ponen música a los caballos, según su carácter.
—A los más nerviosos les ponen música clásica, para que se calmen.
Y        al revés:
 —Claro. A los caballos demasiado pánfilos, rock & roll, heavy metal y todo eso.



Yo creía que se burlaba de mí, pero la verdad es que Gioconda y Leonardo dormían con una emisora de música clásica puesta. Y eran muy tranquilos.
—¿Son tranquilos gracias a la música?
—Yo creo que sí.
Por la noche, cuando había luna llena, me acercaba a las cuadras y me sentaba en un banco de madera que había al lado. Escuchaba la música mezclada con el rumor de las hojas de los árboles y el sonido de las mandíbulas de Gioconda y Leonardo comiendo paja; o «leyendo libros». De paja, claro.
En fin, llevaba los libros y extendía la paja en el suelo de la cuadra. Lo hacía despacio, disfrutando de la idea de que luego ellos se iban a acostar en esa misma paja. A veces soñaba con pasar una noche con ellos, dormir en un rincón, sentir su respiración. Y tal vez poder entrar en sus sueños. Fanfan decía que eso era posible. Yo, llegué a creerlo, también.
La cuadra olía dulce, a calorcito. Gioconda y su hijo Leonardo habían dormido siempre juntos, desde que vivían con Antonio, cerca de Madrid. Otros caballos podían estar en cuadras diferentes y hasta atados al pesebre. Pero al tío le gustaba la libertad y siempre los había tenido sueltos en una cuadra de unos seis metros por cinco.
Había que dejar una franja de poco más de un metro sin paja, para que hicieran en ella sus necesidades. Estiércol, tan solo. No solían orinar en toda la noche.
También les llenaba el balde de agua. Había noches en que no bebían casi nada, pero si se ponían a ello se bebían el balde entero, cuarenta litros cada uno, o más.
Cuando la cama estaba lista, con su balde de agua y todo, abría el portón. Gioconda y Leonardo entraban despacio, dignos como caballos de reyes. Yo cerraba el portón con pestillo y esperaba a que entraran en la cuadra. Luego cerraba también la puerta y les preparaba la cena.
Me encantaba prepararles la cena. Ponía la radio suavecita y les hacía el menú. Empezaba por cortar fruta en trozos. Como era verano, les ponía albaricoques y melocotones de los árboles de la huerta, quitándoles el hueso. En otoño el tío les ponía manzanas y en invierno naranjas, también de sus propios árboles. Era fruta pequeña y algo irregular, pero muy buena y dulce. También les ponía algarrobas; se las enviaban en sacos algunos amigos, desde Valencia.
Unas doce piezas de fruta en total, seis para cada uno. Las cortaba en cuatro y las ponía en su «bacito», que era un cuenco de madera grande y servía para hacer la mezcla, nada más. Luego le ponía a cada uno una medida de «salvao». El «salvao» es la cascara del trigo y no alimenta mucho. Se escribe salvado, pero se pronuncia como Bilbao, o como bacalao. El tío Darío a veces lo decía, en italiano: «Crusca», porque le sonaba crujiente. A menudo, cuando recuerdo aquel verano, me viene a la memoria esa palabra tan crujiente: «¡Crusca!»
—La crusca acondiciona el estómago. Los caballos son muy delicados y pueden tener cólicos. Si comen crusca todos los días, es más difícil.
El tío me contaba esas cosas. Los caballos tienen metros y metros de intestino, por el que tiene que pasar toda la comida, para hacer la digestión. Si se les atasca, les da un cólico, y se pueden morir. O volverse locos de dolor, como le pasó a Gioconda.
Un día le dije a Gioconda:
—Pues si no fuera por el cólico aún estarías en el picadero de Madrid, dando vueltas con domingueros encima. Y no habrías tenido a Leonardo. Y no habrías conocido a Antonio, y no...
Gioconda dio un piafido, como si dijera:
—Bueno, chico, ya vale.
Pero el «salvao» es un seguro de vida. Encima del «salvao» y de la fruta ponía el grano. Grano de avena, una medida y media para cada uno.
Y ésa era la cena. La cuadra y el guadarnés, donde preparaba la cena, estaban comunicadas por dos agujeros que daban encima del pesebre de cada uno de los caballos. Volcaba el «bacito» con su contenido y ellos relinchaban de placer.
—¿Está rico?
Me solía quedar un buen rato, subido al cajón del «salvao», viéndoles cenar a través de los agujeros de sus pesebres. Comían despacio, masticando muchas veces cada bocado, con cuidado.
Antes de que acabaran me entraba sueño, porque tardaban mucho en cenar. Me bajaba del cajón, apagaba la luz y cerraba la puerta del guadarnés. Mientras caminaba hacia casa, aún escuchaba un piafido de Leonardo, sacándose la crusca de las narices.
Me preguntaba a mí mismo si a ellos les gustaría dormir en la cuadra o si preferirían pasar la noche en el pasto, libres. El tío Darío tenía sus ideas al respecto. Decía que preferían la rutina y que acudían a la cuadra por la cena, pero que si pudieran elegir, nunca elegirían entrar en la cuadra.
Cuando entraba en casa el tío me preguntaba, cada noche:
—¿Bien?
—Bien —contestaba yo.
—¿Tenían apetito?
—Cj.
Entonces charlábamos otro buen rato. De los caballos, sobre todo. Le preguntaba por todo, como por ejemplo lo de la música clásica.
—Pero en serio —le dije una noche.
—¡Y tan en serio! —contestó él, riéndose—. En el hipódromo nadie se ríe de esas cosas. Nijinski fue uno de los pura sangre ingleses mejores de la historia. El gran Nijinski, que ganó las carreras más importantes: Saint Leger, el derby de Epsom y la carrera de las 2.000 guineas. Era en la Inglaterra de los años 70 con Lester Piggot como jockey. Pues bien, Nijinski ganó una de esas carreras después de que su entrenador se pasara la noche anterior poniéndole una versión del Himno a la alegría, de Beethoven.
Estuvo un rato tarareando el himno, acompañándose de la mano y el pincel, que se balanceaba en el aire como una batuta.
—Hasta que se lo aprendió.
Me reí. Pero le creía. A veces el tío decía cosas que solo le podías creer a él.
—Decían las crónicas de los periodistas ingleses que Nijinski corrió esa carrera como nunca: ¡con alegría!
Y siguió con el himno, un minuto, antes de continuar:
—Hay caballos muy nerviosos, que tienen una especie de tic que les hace estar moviéndose toda la noche en la cuadra, de una pata a la otra y de la otra a la otra. Es fatal, porque se cansan de tanto baile y al día siguiente están para el arrastre. ¿Y sabes cuál es la solución?
—No.
—Un borrego.
—¿Un borrego?
—Un borrego. Cuanto más gordo y lanoso, mejor.
Yo no tenía ni la menor idea de cómo un borrego podía ser una solución para los nervios de un caballo del hipódromo.
—Pues muy fácil: lo ponen a vivir con el caballo, en su cuadra.
—¡Venga!
—En serio. Viven juntos. Y como el borrego es muy bajo para el caballo, éste tiene miedo de pisarlo. Los caballos tienen miedo a pisar a cualquier ser vivo. Si pueden, no pisan ni un escarabajo.
—Como Fanfan.
—Cj —admitió, riéndose, el tío Darío.
—¿Y qué pasa si no pisan al borrego?
—Pues que para no pisar al borrego se quedan quietos, con lo que dejan de estar bailando toda la noche, y al final se curan.
A veces, de todos modos, desconfiaba. Entonces miraba a los ojos del tío, para ver si se burlaba de mí, si se inventaba las historias que me contaba.
—Puedes preguntarlo en el hipódromo. Ya lo verás.
Después solíamos subir al mirador del mar, donde la tía Fanfan estaba leyendo librotes en inglés y quemando barritas de incienso mientras escuchaba música de la India. Yo abría también un libro y el tío cerraba los ojos. Cuando uno de los tres, cualquiera, decía: «me muero de sueño», los tres solíamos estar de acuerdo.

De acuerdo hasta el día siguiente.

                                                         de Los caballos de mi tío, 1999