martes, 22 de octubre de 2013

VLADIMIR NABÓKOV





No ese poema crepuscular que compones cuando piensas en voz alta,
con su tilo pintado en tinta china
y cables de telégrafo que cruzan una nube rosada;

no ese espejo que hay en ti, y el delicado hombro femenino,
desnudo y reluciente, que aún en él se refleja;
no el lírico tictac de una rima de bolsillo:
la diminuta música que da la hora;

no los centavos y pesas sobre esos periódicos
que se apilan bajo la lluvia;
no los demonios del dolor carnal;
no las cosas que podrías decir mejor en prosa llana,

sino el poema lanzado desde insospechadas alturas,
cuando aguardas el sonido de la piedra
al caer en el agua, en lo profundo, y a tientas buscas la pluma,
y de repente te llega un escalofrío, y después,

en la maraña de sonidos, los leopardos de las palabras,
los insectos hojiformes y los pájaros de ojos moteados
se funden y conforman una estructura mimética,
intensa y silente, de sentido perfecto.


                                          Trad. de Felipe Benítez Reyes
















Vladimir Nabokov


Владимир Набоков, 1972