domingo, 13 de octubre de 2013

JUAN INTROINI





DESCARTES(cuento)



Nunca supe su nombre ni lo sabré, omisión imperdonable cuando me
dispongo a escribir sobre alguien para quien los nombres lo eran todo. O
quizás —se me ocurre ahora— secreta ironía de los dioses, sabedores de
que un nombre nada significa en la vorágine del tiempo.
Las circunstancias fueron simples: por esa época yo frecuentaba el Café
todos los días; normalmente llegaba al anochecer y él ya estaba instalado
en su mesa del rincón junto al segundo ventanal, solo y con un gran libro
desplegado sobre el mármol. Hacía reiteradas anotaciones al margen valiéndose
de un lápiz negro de punta afilada o trazaba círculos y subrayados
con un grueso lápiz rojo; de tanto en tanto, extraía de sus bolsillos recortes
de periódicos o papeles sueltos de diferentes tamaños y texturas en los
que parecía atesorar valiosos datos, los examinaba, los cotejaba, y volvía a
guardarlos, siempre en un, para mí, incontrolable desorden.
Todo esto lo fui registrando con el tiempo, porque durante meses,
quizás años, él fue para nosotros —incluyo a los amigos con quienes me
encontraba— un elemento más del Café, tan indiscernible como el largo
mostrador, las columnas, las mesas o las cortinas siempre amarillentas por
el humo del tabaco y el polvo de farragosas jornadas.
Era un hombre bajo, de edad indefinible, piel muy pálida y manos y pies
sorprendentemente pequeños. Siempre vestía de negro y se peinaba con una
recta raya al medio que dividía su abundante cabello, también muy negro,
en dos mitades que se desplegaban ensortijadas a ambos lados de su cabeza
sin llegar a alcanzar los hombros. Todos lo llamábamos Descartes.

                                                                                                           (fragmento)