domingo, 22 de septiembre de 2013

MARIO ARTECA


 


10

Esto es un dispensario venéreo. Las mujeres
hacen fuerza; las criaturas gritan como gatos.
Un monopolio es un adaptador miserable,
ni más ni menos. “¿Aquí venden impertinentes?”
Con ellos verás las estrellas a plena luz, si te ponés
detrás del coro. Estás largando más que a paso,
si no querés sacudirte por la fuerza. Anonadado,
permaneció sin moverse, sudando de gusto,
tomando las abarcas, y con sigilo las casetas
símiles de casamatas, después largándose
al trote largo. Por un lado, lo acechaba
un nuevo sobresalto, siniestro manchón
oscuro en el rosicler. El regocijo, prematuro;
la casa, dos últimos golpes; en la cocina,
flaquean las piernas; un berrido,
hasta desgañitarse; todo de pasada,
tomando nota de algunas circunstancias.
En el cementerio, el vivo se siente pesaroso.

Un olor a materia flotaba en la tierra,
en tanto un charco no paraba de secarse.
La necesidad obliga al ojo a proteger las especies.
La cosa no se marcha; cualquier nido no tarda
en ser visto. “¿Creías que no daríamos
con vos, en esta madriguera?” Se recuesta
a su lado, en el almiar, recogida las piernas.
Una aclaración: “Eso de sacado es suave.
Mejor decir robado”. Y un dispensario
no es un monopolio, ni más ni menos
que al acecho de un nuevo sobresalto.
Oscura es la mancha en el rosicler.

             
Mario Arteca(La Plata, Argentina, 1960)