lunes, 23 de septiembre de 2013

JOHN ASHBERY


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No es excusa la ignorancia de la ley

  
Nos advirtieron de las arañas y la hambruna ocasional.
Condujimos al centro para ver a nuestros vecinos. 
Ninguno estaba en casa.
Fuimos instalados en jardines creados por la municipalidad,
reminiscencia de otros diferentes lugares–
¿pero lo eran? ¿No los conocíamos de antes?

En viñedos donde el himno de la abeja ahoga la monotonía,
dormimos buscando paz, uniéndonos a la gran carrera.
Él se me acercó.
Todo fue como siempre ha sido,
excepto por el peso del presente,
que hizo naufragar el pacto que habíamos hecho con el cielo.
De verdad no había motivo de regocijo,
ni tampoco necesidad de dar media vuelta.
Estábamos perdidos sólo por estar ahí,
escuchando el zumbido de los cables allá arriba.

Lloramos la partida de esa meritocracia que, brutalmente vibrante,
había mantenido leche en el vaso y comida sobre la mesa.
A la usanza de barrio de mala muerte, destartalados
volvimos caminando al cristal de roca original en 
que él se había convertido,
todo preocupación, todo miedo por nosotros.
Bajamos con cuidado
hasta el último escalón. Ahí puedes afligirte y respirar,
enjuagar tus pertenencias en la helada fuente.
Tan sólo ten cuidado con los osos y lobos que la frecuentan
y la sombra que se acerca cuando esperas el amanecer.


                            © Traducción de Juan Carlos Villavicencio