lunes, 23 de septiembre de 2013

CÉSAR MERMET





Titanic


Los últimos serán los últimos
y perderán sus botes.
Subirán a escena los subsuelos del buque,
últimos pero tarde,
persistentes los últimos en fe y en servidumbre,
finales pero a tiempo
de asumir sus roles, los últimos chalecos,
las biblias, la nobleza,
para el magno descenso.

Porque los últimos serán primeros
contados desde el fondo,
y protagonizarán el llanto
y serán los últimos en ser primeros
en ganar el submarino cielo de las algas,
primeros como nadie en esto de ser últimos
encabezando por mérito el reparto.
Y perderán los salvadores botes
fletados con Yocasta y con Edipo
flotantes cómplices en plural promiscuo;
los últimos serán los puros,
su madurez a pique,
su soledad a fondo.
Por ser los últimos subirán puntuales a la víspera
de la condena, y justo para el reparto
principal de la catástrofe.

Los últimos serán el cierre.
Hefestos advocado a calderas
y Hermes transicional
en intercontinental resaca migratoria.
Y las legiones del servicio,
con licencia especial por cancelación de travesía.
los finales serán postreros,
nadie les quite su honra.
Últimos en retirar repetitivos dedos
del telégrafo litúrgico a la nada.
Últimos en quitar
la pala brava del carbón brillante,
la fina mano caligráfica de la bitácora,
el mentón del violín,
el capitán de su aplomo con insignias
y de su gorra impuesta a muerte,
los postreros serán primeros
en tránsito de la decente compostura
al grito solo de Job
hundiéndose Jonás en Leviatán helado.

Los últimos tendrán su himno,
su oficio de tinieblas pero iluminado
con altísimos fuegos de artificio.
Los que sostienen el pabilo sonoro y tembloroso
serán para alumbrar la gloria de los últimos,
serán también postreros
porque los últimos hacen la música a los últimos,
acompasan el miedo, templan el grito
afinan la discorde turba,
organizan los rostros y el aliento,
armonizan el tiritar final,
el crujir de los huesos, el castañetear de dientes,
clave de luna, con calderón final.

Por admirable devoción a compañías navieras
o a la Iglesia Anglicana
por hábito con liquen adherido al cónyuge,
por inconmovible fe en el Lloyd’s de Londres,
por elegir fracaso con santa ineptitud certera,
por contemplar en vez de saltar, golpear y vencer,
porque alguien tiene que ayudar a ser últimos a los últimos
porque poner final
cerrar, morir
es decencia del alma,
porque salvarse es sospechoso,
muchos prefieren ser alguno entre los últimos.
Porque sobrevivir
después de hora
resfría, habilita para la compasión lloriqueante,
porque huelen mal los botes de los salvos.

Todo será apacible,
por lo general, los mejores naufragios
acontecen sin cesación de fiesta,
se consuman con lenta belleza reservada
escéptica, dignamente,
el flirt, el póker, los negocios siguen
confortándose con respetable compostura,
las usinas, los barmen y la música
embellecen la noche hasta el último instante.
El hundimiento es feérico, fastuoso, iluminado
hasta aquí casi inmóvil, con decorosa calma,
y aunque el declive acelere el desnivel a proa, en ángulo salado,
aseguran que seguirán la música y las bellas luces
y fue en verdad la travesía de una ciudad flotante
con balcones de gala asomados a hielos fascinantes,
ciertamente plenos de luna alucinada
como las inolvidables noches de Saint Moritz.

La Compañía recomienda creer que es un ejercicio de rutina,
en verdad apasiona la patética verdad del simulacro.

A popa la orquesta y voluntarios de tercera cantan
en trasnoche de singular extravagancia
como en terrazas iluminadas, abiertas
al insondable tiempo:
bajo efímeras sombrillas leves de luz y de color
a gran final cayendo.

“Los últimos serán postreros.
¡Aleluya la confraternidad del frac con fogoneros,
la cofradía del último grito de los últimos solos,
y ay del plural culpable,
ay del náufrago converso,
ay de los que sobreflotan
la fiesta hundida!

¡Bienaventurados los últimos
porque ellos serán colmados
por túmulo eterno
porque ellos sembrarán salado olvido
perenne como las estrellas,
con lo que somos, fuimos,
éramos, íbamos, vaaaamoooooos....!”


Mermet nació en 1923, en Malabrigo, un pueblo al norte de la pcia. 
de Santa Fe; fue hijo de un ingeniero ferroviario y pasó su infancia 
en distintas ciudades del Litoral. Luego de vivir unos años en Men
doza, se casó y se radicó en Buenos Aires, donde tuvo dos hijos
Trabajó en televisión, en radio y publicidad. Escribió poesía desde los 
años cuarenta hasta el año de su muerte.