jueves, 15 de agosto de 2013

ROBERT PENN WARREN

    
By Annie Leibovitz



MÁSTILES AL AMANECER 


Pasado el segundo canto del gallo los mástiles en el puerto lentamente se emblanquecen.

Aún no hay luz en el Este, pero las estrellas muestran cierta fatiga.
Se retiran a una nueva distancia. Han descubierto que no valemos la pena. Hace rato que

El búho, en el oscuro eucalipto, funesto y melodioso, llamó por última vez, y

Rato hace desde que la luna se hundió y los ingleses
Acabaron de fornicar en sus queches. Por la noche hubo una fuerte crecida.

Rojo murió el sol, pero al anochecer se levantó un viento del Este, un mar blanco rezongó el negro promontorio del muelle.

Cuando hay una fuerte crecida, uno puede, si se rinde a ella, experimentar
Un sentido, en el acto, de unidad mística con ese ritmo. La voluntad del mar es tu paz.

Pero ahora no hay movimiento, el rostro de la bahía se ve lustroso en la oscuridad, como

Una ventana acostada en el suelo negro a la par de un muro, cerca de un puñado de cenizas. No

Recibe ni da luz. Esta es la hora en que el mar

Se hunde en meditación. Duda de su propia misión. El gato ahogado
Que en la crecida de anoche jugueteaba con las estacas del muelle y parecía

Querer subirse a ellas y secarse, ahora flota libre. Sobre esa superficie, él es sólo una leve convexidad, como

Un párpado cerrado, en lo oscuro. Uno debe aprender a aceptar el beso del destino, pues

Los mástiles lentamente se emblanquecen, como la luz, como el rocío, tras la oscuridad
Que en ellos se condensa, sobre maderas aceitadas, sobre el metal. El rocío se emblanquece en la oscuridad.

Yo reposo en mi cama y pienso cómo, en la oscuridad, los mástiles se emblanquecen.

El sonido del motor del primer bote pesquero muere en dirección del mar. Pronto
En la cañada, tierra adentro, se despierta la paloma del alba. Debemos intentar

Amar tanto al mundo para poder, al final, creer en Dios.


Trad. Gustavo Adolfo Chaves