miércoles, 5 de junio de 2013

JULIO HERRANZ





MANIFIESTO

“Hablo con la autoridad que da el fracaso”
                                          Francis Scott  Fitzgerald

III

La primera verdad que descubrí
fue –por supuesto- el cuerpo:
río sin freno
que niega la prudencia de su cauce;
el inocente incesto que desquiciaba
las noches de verano
y buscaba otra piel para encontrarse.

Ajeno al coro de las voces
que ordenaban la vida según leyes
indeseables, el sol arriba
me dio la norma áurea
de ese libre albedrío que exigía la carne.

Aquellos años de límite animal
los recuerdo felices. Duraron poco;
emboscada en los pliegues de la dicha,
una presencia celeste ya acechaba.


IV

Como me fue anunciado socialmente
llegó un ángel con sexo
y me invitó a salir del paraíso.
La lisonjera y femenina mano
tornó en veneno aquel licor tan dulce
y me dejó varado. Ella fue la ocasión
y el desconcierto; yo, consumido.

Sin otra referencia comparable
lo llamé amor; y tanto me dolía
que juzgué grave mal mi estado lastimoso.
Postración, arrebato, llanto, risa;
todos los síntomas del maligno
se recreaban en mi cuerpo.

Conocí a la mujer y no pude tocarla;
me dejó un indeleble gusto a desengaño
que lo ha manchado todo desde entonces.
Rencor, no; adversa suerte, sí;
más no me quejo:
curtida por el daño vino la libertad.

  
VI

La soledad es un extraño fruto
de difícil sabor, un don o una desgracia
que exige un temple fuera de lo común.
Si viene llena, te consuela de todo;
si vacía, pesa como la angustia.
Disciplina del arte, confianza
en la luz interior, sólo en ella
mora el espíritu santo de la idea.

Ya no recuerdo cuándo empece a quererla;
fue mucho más tarde, después
de que el amor pasara varias veces por mi lado y 

golpeara cruel en el deseo.

Al miedo que suponía la mujer
desde que hundiera su daga en mi inocencia,
le sucedió el entusiasmo de sentirme a salvo
en el oscuro pecho de un cuerpo afín al mío.

Busqué la juventud y la nobleza
y la encontré en el hombre; ¿qué más daba?
Lo importante es amar y ser amado;
¿el objeto? tan sólo un accidente.

  
VIII

Esas ansias molestas que el romántico
agudo (aquel del beso y la mirada)
llevaba en las entrañas, humildemente,
también las conocí; y continúan.
¿Lo agradezco; y a quién?
El conflicto del ser es paradójico
a nada que lo pienses.

De entre las soluciones que airosas
el mundo me ofrecía para vivir mi sueño
terminé en la más alta y trágica:
la poesía o el arte de reventar
sobre un papel inmaculado.
Juegos, dicen, de locos o malditos
incapaces de amar de otra manera.

Dolencia, acaso, de espíritus ingenuos
que ven más lejos de lo razonable
y esperan recompensa a su trastorno.
Negra luz que incendia tercos muros
vanidosos
Si no fuera ya tarde, ganas me dan de ser menos divino y abdicarme.