sábado, 23 de febrero de 2013

OSVALDO BOSSI



FOTO DE GASTÓN MALGIERI



















CON UN BALDE DE PLÁSTICO Y UN JARRITO


Y un día fuimos a parar -mi mamá, mis hermanos y yo- al fondo de la casa de mi tía Magda y mi tío Osvaldo: pieza y cocina al final de un terreno que tenía un marcado declive, por no decir un pozo, que sólo se notaba después de la lluvia.

Era infalible.

Caían dos gotas y la casa se inundaba completamente, por dentro y por fuera. Luego salía el sol, pero el agua (como suele ocurrir en estos casos) tardaba largos días -con sus noches- en irse... Hasta que una tarde, mirando la laguna, decidí tomar cartas en el asunto, y con un balde de plástico y un jarrito empecé a vaciarla, centímetro a centímetro, como una hormiga que transportara un árbol entero -hoja por hoja- de un lugar a otro.

¿Habré sacado 300 baldes? ¿ 700…? No lo sé. Pero en algún momento la laguna comenzó a perder su tamaño, y cuando quise darme cuenta, el aro barroso, de agua sucia, había desaparecido.

Por esa época (no tendría más de doce años) yo era capaz de esas cosas, y de otras cosas imposibles. Después echaba un balde de agua limpia y pasaba el secador. Al rato, la casa brillaba como si, a lo largo de todo ese día, no hubiera pasado nada significativo.

Eso sí, a las seis de la tarde, más o menos, volvía mi mamá de su trabajo. No sé por qué, pero para mí era sumamente importante que al regresar encontrara la casa (igual de pobre, es cierto, pero intacta) sin toda aquella desesperación dando vueltas.



Entonces -lo recuerdo perfectamente- ella entraba y me decía: Qué raro. Y enseguida me preguntaba: ¿No llovió por acá? Y yo le contestaba, con la cara más inocente del mundo: Ni una sola gota de agua, mamá. Y ella se reía. Y sacaba la mercadería de la bolsa, y se ponía a cocinar la comida para la noche.