sábado, 8 de septiembre de 2012

ALFREDO VILLANUEVA COLLADO



           1

    PANCARTA

Los heterosexuales
violan viejitas
destripan niños
queman perros
beben y mean
en los dinteles
contaminan
la tierra el aire
con radiaciones
y palabras
confunden
el poder el orgasmo
besan el culo
de dios padre
y cualquier otro macho
que les dé órdenes
se hacen pasar
por padrotes
cuando el placer
que los escalofría
es la tortura
del sujeto.



                  2

(Cuarenta y siete y octava)

Allá van, apretujadas
por el pasillo, las locas;
el público las aplaude,
ellas se ríen, comentan
en otro idioma.

La música se calienta:


CABALLEROS, ESTE TEATRO
SE COMPLACE. . .
El ritmo se convierte
en el acorde de una cadera,
línea sinuosa
surgiendo, percudida.

Cuando las medias
yacen en el suelo,
la camisa
entre bastidores,
los calzoncillos
en una esquina

ocurre el milagro:
allí, desnudo, baila Pantera,
quien llama y señala
la ruta al misterio de la piel canela,
la epifanía de la raza de cobre.


AVC(Puerto Rico, 1944)

NORMAN MACCAIG





Mapas viejos y nuevos


Existen espacios
donde las contravenciones están permitidas.
Hay carteles que dicen:
Los intrusos son bienvenidos.

La piedad gotea a través del techo
de la oficina de empleos.
En el bolsillo del dirigente,
envueltos en los planes para la gran ofensiva,
hay caramelos para los niños
y una carta arrugada.

Todavía hay espacios por llenar
antes de que el mapa se complete _
aunque estos días es únicamente
en los territorios explorados
donde los hombres escriben con tristeza,
Aquí habitan monstruos.


Norman MacCaig (1910- 1996)

desdebabia2.wordpress.com/

NORMAN MACCAIG





DONES


Te doy un vacío
te doy una plenitud
desenvuélvelos con cuidado
—uno es tan frágil como el otro—
y cuando me des las gracias
fingiré no advertir la duda en tu voz
cuando digas que es lo que deseabas.
Déjalos en la mesa que tienes junto a la cama.
Cuando despiertes por la mañana
habrán penetrado en tu cabeza
por la puerta del sueño.
Dondequiera que vayas
irán contigo y dondequiera que estés
te maravillarás sonriente de la plenitud
a la que nada puedes sumar
y el vacío que puedes colmar.


Norman MacCaig(Edinburgh, Escocia, 1910).Riding 
Lights (1955), se piensa que es su avance, el volu
men en el que fue pionero en el estilo directo
franco, por el que se hizo famoso. 

JUAN L. ORTÍZ




EL AGUA

Veis la de pies ligeros, mis amigos?
Quién vio una gracia, así,
con esas manos de luz
en pétalos
para los ojos
y más pétalos
para una melancolía
de orilla?

Quién vio, decid, quién vio?

Oh, no es la danza, sólo ella.
Es una alegría de cabellos, más allá de ella misma,
en un ir de destino
hacia el escalofrío del principio…
La alegría, mis amigos, la alegría destrenzada
Para un amor que se va, ay,
en las velas del día…
O la alegría pura
que muestra hasta las alas de la luz
sin requerir mostrarse ella,
en una idea ya de la alegría…

Y no es con ella nada, nada,
el pescador
que sale de la noche
con su palidez
más íntima,
en los iris más fugados,
para el gusto de arriba,
y continúa en el vacío,
sólo asido,
cuando se queda totalmente sin hora,
a la liana del vino…

Nada?
Y ese cielo ahora a sus pies,
desde sus pies hasta las islas,
en una brisa de países
de un más allá hundidos?
Nada?
No es también él
una sombra
muelle
y fluida
en la destilación imposible
de los follajes
y de las colinas
y de las nubes
y de las líneas de los vuelos,
de ese abismo a sus pies?

No se pierde asimismo, él, sin saberlo,
sauce sin saberlo
o cinta de paso sin saberlo,
en un infinito que mira y mira
del otro lado de la vida
en una ausencia
celeste?


Juan L. Ortiz (Argentina, Gualeguay, Puerto Ruiz, 
1896 -Paraná, 1978)

FERNANDO PESSOA





TABAQUERÍA
  
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, que es uno entre los millones del mundo que nadie ve
(y si lo viesen, ¿qué sabrían?,
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
hacia una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y pelos blancos en los hombres
con el Destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.
Hoy estoy vencido, como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido como si fuese a morir,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, convirtiéndose esta casa y este de lado de la calle,
en la hilera de vagones de un tren, y un silbato de partida dentro de mi cabeza
y una sacudida de nervios y un crujir de huesos al salir.
Hoy estoy perplejo, como quién pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fracasé en todo.
Como nunca tuve un propósito tal vez todo fuese nada.
De todo lo que me enseñaron
me escapé por la ventana de atrás de la casa.
Fui hasta el campo con grandes proyectos.
Pero allí sólo encontré arboles y pasto,
y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué habré de pensar?
¿Qué sé yo de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueño genios como yo
y la historia no destacará, ¿quién sabe?, a ninguno,
ni quedará sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos de remate con tantas certezas!
Yo que no estoy seguro de nada, ¿soy más cuerdo o menos cuerdo?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no estarán a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas,
sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,
y hasta realizables,
nunca verán la luz del sol real ni encontrarán quien las escuche? .
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no de quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
Soñé más que Napoleón.
Estreché contra mi pecho hipotético más humanidad que Cristo,
concebí filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre sólo el que tenía cualidades
seré siempre el que esperé que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que busca mi cabello,
y el resto que venga si tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, pequeña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá pudiera yo comer chocolate con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al tirar el papel de plata, que es de hoja de estaño,
echo todo a perder, como eché a perder mi vida.)
Queda, al menos, de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico abierto a lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin orden, al decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, estatua engendrada viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me doy cuenta bien qué-
todo eso, sea lo que fuere, ¡si puede inspirar que inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan los que invocan espíritus, así me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las al alamedas, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo eso me pesa como una condena al exilio
y todo eso me es extraño, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y no hay mendigo al que yo no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible darle realidad a todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez hayas existido apenas, como un lagarto al que le cortan la cola
y que es cola más allá del lagarto, retorcidamente.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que me puse no era mío.
Me tomaron en seguida por quien no era, no lo desmentí y me perdí.
Cuando me quise sacar la máscara
la tenía pegada a la cara.
Cuando me la arranqué y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había sacado.
Tiré la máscara y dormí en el vestíbulo
como un perro tolerado por la administración por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime-
Esencia musical de mis versos inútiles,
quien pudiera encontrarte como algo hecho por mí,
y no terminar siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
sintiendo bajo los pies la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra en la que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.
Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro molesto por tener que girar la cabeza
e incómodo por esta alma que nada entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
A cierta altura morirá el letrero también, y los versos también.
Después de un tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante donde todo eso ocurrió.
En otros satélites de otros sistemas seres parecidos a la gente
seguirá haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a otra.
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real.
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie. Siempre esto u otra cosa o ni una cosa ni otra.
Pero un hombre entró a la tabaquería (¿habrá ido a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias, enérgico, decidido, humano
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de no estar dispuesto.
Después me recuesto en la silla
y sigo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda seguiré fumando.
(Si yo me hubiese casado con la hija de mi lavandera tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy hasta la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo de los pantalones?)
Ah, lo conozco: es Estevez, sin metafísica.
( El dueño de la Tabaquería salió a la puerta.)
Como por un instinto divino Esteves se volvió y me vio.
Me saludó y le grité ¡Adiós, Oh Esteves!, y el universo
se me reconstruyó, sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.

                         (Traducción Santiago Kovadloff)


Fernando António Nogueira Pessoa (Lisboa, 1888- 
id.,1935)

HORACIO VÁZQUEZ-RIAL





LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Borges y Buenos Aires


           
Jorge Luis Borges inventó una ciudad llamada Buenos Aires, que no es la misma en la que me crié, pero sí la que recuerdo. Ahora me entero por la prensa de que se han cumplido veinticinco años de la muerte del poeta en Ginebra. Dejó dicho: "A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el aire y el agua". A mí me pasa lo mismo con él. Se me hace cuento que naciera y muriera como cualquier otro hombre.
Su encarnación fue relativamente larga, pero con escasos acontecimientos y menos amores. Tengo para mí que su advenimiento a la eternidad tuvo el único fin de dejar en el mundo una escritura. Revelada. "No hago, dejo hacer", dijo una vez acerca de su tarea, a la que definía como "entretejer naderías", pero de cuyo valor era perfectamente consciente.

Mario Noya dejó sobrada constancia de su magra biografía en unas pocas páginas precisas, las justas, porque los hechos no dan para más. Era ciego, eso cree saberlo todo el mundo. Pero fue una ceguera anunciada, un mal hereditario, y sólo se cerró por completo a los cincuenta y seis años, exactamente en el año en que Perón inició su exilio. (James Joyce perdió la vista a la misma edad y, sin embargo, nadie lo recuerda como ciego). Hasta cerca del final, había logrado entrever el color amarillo, "el oro de los tigres". Antes, había pasado más tiempo en el cine que en el mundo.

Escribió en "El remordimiento", un poema de La moneda de hierro (1976): "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz". Sospecho que sabía que no había venido para eso, que su don, como casi todos los dones, no era para la felicidad. En 1949, le había escrito a Ulrike von Külhmann: "No soy feliz ni infeliz; solo vivo perplejo y activo".

Tal vez no sea el mayor poeta de su siglo, pero soporta bien la comparación con los más grandes: el miserable Pound, el triste Milosz, el oceánico Perse, el breve Ungaretti, el músico Montale, el contenido Eliot y algunos más que ahora olvido.

Tal vez no sea el mayor narrador de su siglo, pero "El Aleph", "El Sur" o "Funes el memorioso", cada uno con sus breves páginas, no han sido igualados por ningún otro cuentista y son espejo del mundo con los mismos derechos que las mayores novelas. Releyendo a Borges, como hago constantemente desde hace medio siglo, me pregunto a menudo si es verdad que no escribió novelas: después de todo, lo que diferencia el cuento de la novela no es más que la extensión, y muchos novelistas notables hubiesen llenado con la historia de Funes dos centenares de páginas sin añadir absolutamente nada.

Tal vez no sea el mayor ensayista de su siglo, ni el mayor crítico literario, pero tiene el raro mérito de inspirar lucidez al lector, de convertirlo en ensayista y crítico, mal que le pese a este mundo perezoso, y es menor el número de los que han logrado eso que el de los poetas verdaderamente ilimitados.

Eso sí: es el escritor más influyente de su siglo, en todas las lenguas. Lectores, imitadores y discípulos son legión. Empecé a atender al fenómeno cuando el malogrado escritor de lengua serbocroata Danilo Kis dijo que el único maestro que reconocía era Borges.

Cuando apunto que hace medio siglo que lo releo, no exagero: leí El hacedor en 1961, un año después de su publicación por Emecé, y no me he separado nunca de sus textos. Tampoco exagero al decir que el Buenos Aires que recuerdo es el de Borges: con el tiempo, una ciudad ha ido sustituyendo a la otra. Una ciudad construida con palabras ha reemplazado a otra hecha de imágenes. Las imágenes ya no existen, han variado, en las calles ya no hay adoquines, en los cafés ya no se reúnen amigos a leer poesía, los cines de tres películas han sido ocupados por sectas y predicadores delirantes, las esquinas no son rosadas porque esa pintura barata, la que cubrió en origen la casa de gobierno, ni siquiera se fabrica. No hubo nunca cuchilleros nobles, ni entre ellos héroes que se enfrentaran a traidores, eran sin excepción traidores, pero Borges les otorgó virtudes y los salvó del olvido.

Hace cuarenta años que no vivo en Buenos Aires, y ni siquiera la visité durante largos períodos –doce años de lopezreguismo y dictadura–. Borges decía que, pese a los años pasados en Europa, los de su formación, él siempre había vivido en Buenos Aires. Claro que se refería a su Buenos Aires, a su invento, y ahí he vivido yo también siempre a través de él. Ésa es mi ciudad, y es la ciudad de todos en la medida en que, como afirma él en "El escritor argentino y la tradición", es la heredera del mundo. Hecha de jirones de patrias perdidas, en ella conviven Ulises y Evaristo Carriego, Dante y el bandoneón, como en los libros de Borges.

El polaco Gombrowicz, por quien siento una particular aversión –sé que al decirlo me gano aún más enemigos, como si me faltaran–, recomendaba a los jóvenes escritores argentinos matar a Borges. Probablemente para que pudieran escribir como el propio Gombrowicz. ¡Cuánto ignoraba ese hombre! Ni siquiera habría literatura argentina sin Borges, que conocía muy bien la indigencia nacional en ese terreno: ante los despiadadamente extensos y numerosos volúmenes de la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas, definió al autor como

el paradójico doctor Rojas, que escribió una historia de la literatura argentina más larga que la literatura argentina, hasta un tomo sobre la literatura colonial, que es algo que no existe.

No me creo lo de los veinticinco años, pero parece una ocasión para apuntar todo esto y recordar que los taxistas, que jamás habían leído una línea del maestro, lo reconocían y lo llevaban a todas partes sin cobrarle jamás. Ellos sí sabían que recorrían día y noche una ciudad inventada.


HVR(Buenos Aires-1947, Madrid-2012) fue un escritor, periodista, traductor, historiador hispanoargentino.
Como poeta, en 1965, publicó Juegos del archipiélago
14 años después sacó Los borrachos en el cementerio. Pero donde sobresaldría sería en la narrativa y el ensa
yo.




ESTER MANN




Crímenes del pasado


Pasaron años, muchos años. Estoy sentada frente a la computadora y me pregunto si debo escribir la historia…Aquella vieja historia cuyos protagonistas están muertos u olvidados y que puede no interesar a nadie.
Me pregunto por qué, para quién. Vivo sola desde hace años, rodeada de fotografías y de dinero que no necesito y que nunca fue el motivo de mis actos.
No escribo para aclarar mis ideas ya que sé muy bien qué pasó, quién fue el culpable, quién pagó los crímenes siendo inocente..
Aún desconozco la razón que me impulsa a rememorar lo ocurrido. Ha pasado tanto tiempo que si alguien llegara a leer esta evocación no sabría siquiera dónde ocurrió.

Fui una mujer común, igual a tantas otras. Creía en la justicia humana, en la buena fe de la gente, en la solidaridad, en la compasión. Estaba segura que había una mínima cordura en las acciones de las personas. Pero por sobre todo creía en mi hermano.Estaba segura de ser para él tan importante como él lo era para mi.
Estábamos muy unidos; aunque él me llevaba cuatro años éramos como gemelos, pero nadie, menos que nadie nuestros padres, lo sabía. Siempre ocupados con los negocios, corriendo de sucursal en sucursal, de una ciudad a la otra, tenían muy poco tiempo para nosotros. Buenas mucamas, niñeras y cocineras eran todo lo que podían darnos, y era mucho más de lo que otros niños recibían. Pero nos teníamos uno al  otro…

Desde pequeños y aunque teníamos cuartos separados, él venía a mi habitación antes de irse a dormir. Era una ceremonia siempre repetida. A veces ni siquiera hablábamos, Pavel entraba, se sentaba en el suelo con la espalda apoyada en mi cama y callábamos. Después de un rato, sin pronunciar una sola palabra, él volvía a su cuarto. Esos momentos siempre fueron la parte significativa del día, puedo afirmar sin exagerar que yo existía para esos minutos. Todo lo que me pasaba, lo que vivía, cobraba sentido cuando se lo contaba a Pavel.
A su debido tiempo tuvimos amigos, novios e incluso, cuando yo tenía 23 años, Pavel se casó con una de mis amigas, Elena, después de haber hablado conmigo y de recibir mi completa aprobación.
Se quedaron a vivir en casa. Nuestros padres les asignaron un dormitorio y cuando nacieron los niños otro más. Elena era una buena persona, un poco cómoda, prefería vivir con la familia y no cargar con las tareas del hogar.
A pesar de los cambios, de los niños, de las obligaciones, Pavel seguía viniendo a mi cuarto todas las noches. A veces cuando Elena ya dormía, otras estando despierta. Ella nos conocía bien y sabía lo unidos que éramos.

Todos trabajábamos en las empresas familiares: restorantes, salones de fiesta, fiambrerías. Se ganaba mucho,  también se gastaba, y todos participábamos en la crianza de los dos niños de Pavel y Elena, los adorábamos.
Pero era demasiada armonía. Después de mucha felicidad surgen los escollos, las dificultades. Vivíamos felices y comíamos perdices, como en los cuentos de hadas  algo debía perturbar tanta alegría. Como en las películas, allí donde termina la historia y aparece la palabra FIN, empieza la realidad.

Pavel empezó a acostarse con una de las empleadas de la fiambrería. Cuando me lo contó, una de las noches en que vino a mi dormitorio, no le advertí del peligro. Entre nosotros dos nunca había existido el consejo, la advertencia, el juicio. Pero tuve miedo…Yo intuía que se estaba produciendo un gran cambio, y aunque no sabía de qué manera, estaba segura que me afectaría también a mi.
Al tiempo, me enteré por los rumores que corrían en el restorante que también Elena tenía un amante. Era un tipo rudo, grandote,  un montañés que había llegado a la ciudad hacía muy poco tiempo. Trabajaba conmigo en la cocina, era muy fuerte, tenía en los brazos y en la espalda tatuajes tupidos al estilo de los marineros y aseguraba haberlo sido. Cuando bebía mucho se reía a carcajadas y parecía perder el control. No se sabía expresar y hablaba poco. Pero, por otro lado, trabajaba bien y rápido, siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás, parecía buena persona.
A mi no me importaba que mi hermano tuviera amantes, ni que Elena siguiera su ejemplo. Para la familia, en nuestra casa, nada había cambiado. A veces me imaginaba  a Pavel y  Reivi trenzados en una pelea y eso me preocupaba. Solo que después de todo, mi inquietud era infundada,  no fue eso lo que ocurrió.
La rutina de nuestras vidas continuó igual por un tiempo hasta que Pavel y Elena decidieron separarse. Esta vez yo me enteré de las novedades junto con el resto de la familia a la hora de la cena. En ese momento cobré conciencia de que hacía semanas que Pavel no venía a mi cuarto.
Mas la cosa no terminaba ahí. Mi hermano  se disponía a mudarse al norte del país con su amante, la que pronto, apenas terminaran los trámites, sería su mujer. Elena se llevaría a los chicos a la casa de Reivi donde vivirían.
Callé, no abrí la boca. Todo mi mundo se había borrado por decisiones tomadas por otros. Y ahora Pavel también era un "otro". Me sentía como si me hubieran robado el corazón. En su lugar había un pedazo de hielo. Un frío cortante me taladraba y amenazaba con matarme.  No pude dormir ni esa ni las noches siguientes. Una y otra vez me preguntaba qué había ocurrido. ¿Acaso Pavel había encontrado un verdadero amor al que decidió sacrificarle todo, incluso a mi? Y Elena que se llevaría a los niños… ¿Acaso ya no sentía ningún afecto por mi? Yo no podía permitir que mi vida, tal como era y como yo quería que siguiera siendo, se vaciara, se convirtiera en tiempo que matar, sin objetivo, sin afectos, sin alegrías…
 Mi cabeza trabajaba a mucha velocidad. Planes iban y venían, los tramaba y los desechaba casi al instante. Hasta que, la cuarta noche vi con claridad lo que debía hacer. No permitiría que otras personas se crearan para sí mundos distintos del mío, que destruyeran lo poco que yo tenía, que me traicionaran sin siquiera darse cuenta. Pavel entendería que yo tambien era ahora parte de los "otros".
En el trabajo busqué la ocasión de hablar con Reivi a solas. Después de decirle que Elena pensaba dejarlo y que debía ir esa noche a hablar con ella, me fui y él se quedó en el depósito llorando como un niño. Siempre había sido un simplón, un perdedor desde la cuna.

Reivi llegó a nuestra casa a medianoche, como le dije, pero todos estaban ya muertos: mis padres, mi hermano, Elena y los dos niños. A todos los acuchillé mientras dormían, solo desperté a Pavel para que viera como hundí la daga en su corazón…
Desesperado, Reivi perdió la cabeza y como lo supuse,  se revolcó en  la sangre derramada, tomó en sus manos el cuchillo criminal, como un loco sacudió los cadáveres, especialmente el de Elena. Cuando llegó la policía  él había enmudecido, los investigadores aseguraron que era probable que el shock lo hubiera vuelto loco.

Yo ya estaba bien lejos…Cuando volví, después de una semana,  me hice cargo de los negocios de la familia. Nunca me casé. Viví mi vida como en un sueño, trabajando, llevando adelante los negocios, viajando, nadie fue mi confidente ni mi amigo durante  estos  largos veinte años. Desde hace dos años, cuando Reivi murió en la cárcel, soy la única sobreviviente de la tragedia y el único ser humano que sabe la verdad.
Termino de escribir la verdadera historia de mi familia y de mi vida y entiendo, por fin, la razón que me llevó a  escribirla. Si muero sin contar los hechos tal como ocurrieron, ¿que sentido tendrá mi vida, qué sentido tendrá mi muerte?
Al alcance de mi mano, al lado de esta crónica, tengo el arma liberadora. Estoy sola y sola he de morir. 


EM(Nurit Ben Shlomo)(Buenos Aires, Argentina, 1941).

Desde 1975 —fecha de su exilio— vive en Israel. 
Publicó en la revista “ENTRELINEAS”, editada por la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana (AIELC), en la antología "Caminos para la Paz
(Corregidor, 2007) y en la revista virtual “ARTESANIAS LITERARIAS”dirigida por Andrés Aldao, de la cuál es Secretaria de Redacción.                    


FOGWILL





VERSIONES SOBRE EL MAR (1985)

                          A Héctor Viel Temperley

El mismo mar nos pierde; nos encuentra y nos pierde. Tema de las olas: se arman, desobedecen, las crea el viento -¿su amor?- y se derrumban para volver a armarse con restos de olas anteriores, idénticas. Historia de amor: la planicie del mar, el viento que la oprime, y todo se levanta para perderse. Y todo tiende a disolverse contra una línea de aguas eternas y sol dilapidado llamada mar. Mar: abundancia de sinsentido humano. Alegorías: mostrar que desde un fondo de mar, marino, vendría la vida. Marina, salina, inmensidad de fuerzas paralizadas. Heráldica: mar inorgánico, mar vegetal, mar animado, mar que envejece en este cuadro. Y mar inmotivado con sus señales y sus sueños. Y mar inmóvil. ¿O no habría un culto de mar, marino...? ¿Con animales que se nutren de su ausencia abisal...? Nutriéndose de aplicaciones y explicaciones humanas: ¿algo se impregna con sabores humanos?Tus manos: ¿traen sabores de mar prohibidos para evocar la prohibición de amar a una materia que se descompone? Cuerpos y ondulaciones de esos cuerpos marcan su breve descomposición. Y sus formas anuncian nuestra leve recomposición. ¿Amar...? Sí: y en ese mar perderse. Llamar perderse a un extravío: mar amarillo, mar amariconado, la mar. La amarga superficie que nos refleja y nos revela plegándose sobre sí, sobre nos. Nuestra pluralidad: en nuestra singularidad plural construimos el nombre mar y el mar para sumarnos a la menuda sociabilidad de sus playas: arena política y falso mar rozando la desnudez de nuestras pieles politizadas. Pieles politizadas, pechos maternos, ceños paternos, ojos policiales, brazos humanos, mano pesada: indispensable, histórica. Como los cuerpos: piesecillos pulidos por el canto de las arenas -roce social- cuerpos sumidos en algún sueño de perfección, sueños marinos, arena temporal, señuelos de una muerte por derivas solares, cierta y a espaldas siempre del mismo mito. Muñón marino, piel depilada, piel lubricada para la humillación solar, ¿y habría un culto de mar, solar? Hagiografías urbanas: pieles de bronce, sonar del bronce de las pasiones chicas y por la gloria. Fraternidad urbana: ¿humana o mera imitación de un mar igualitario y dependiente? El mar semeja, el mar conduce, el mar identifica, el mar es un Estado de la materia. Y el mar crece con la acumulación de poemas de mar. Pero jamás conocerás tu verdadero mar: lo que difiere de los usos humanos del mar. Ni agua es su solución salina. Solución final: el mar, sin tiempo, acumuló en sus aguas todo el naufragio del universo. Y el mar, sin ti, es el naufragio del universo. Y el mar, sin textos, sería la espuma de un instante. Mirá: el mar, ¿no era el reflejo de a-quel sol entrevisto mientras la olas reventaban contra tu cuerpo atónito...? ¿tras los cristales de la espuma...? ¿bajo su manto azul verdoso que se tornaba espuma, ex-agua...? Tu exigua escritura: ¿verías esa mirada o azul o verde, esa mirada falsa bajo el disfraz verdadero de las espumas...? Impresionante, che. Y oral: todo es ficticio en un poema sobre el poema. Y nada en el poema nada. Y en un poema nadas porque todo es oceánico en un poema de mar. ¡Si el mar es solo intermitencia de los cultos humanos! Y los cultos... ¡Piden que el mar occidental sea el sí de los hombres rendidos a sus orillas! ¡Pueblos en bajamar! ¡Patrias perdidas en lo oceánico, en el o-sea del sentido! Vayámonos, perdámonos así en este o-sea donde no hay mar ni nada: ni vos, ni mar, ni oleadas en tu cuerpo, ni ecos de vagas olas, ni obras que registraron navegaciones interiores, ni vientos que suplieron una apariencia de plenitud. Escuchemos:

hombre
marino
late
tu corazón

y en tu mar padeces el hundimiento de un sueño de intensidad
y en su mar pareces el nacimiento de un sueño de inmensidaddesanudemos:

hombre
marino
late
tu corazón

y su pulso marino te suma y te sume en su mar



sumar:
una extensión inalcanzable
una invención inalcanzable
una intención inalcanzable

el hombre flota sobre sí mismo

flota sobre sí

flota
sobre

                       En Partes del Todo, Sudamericana,                                    Buenos Aires, 1998