domingo, 2 de septiembre de 2012

GONZALO ROJAS






















Papiro mortuorio


Que no pasen por nada los parientes, párenlos
con sus crisantemos y sus lágrimas
y aquellos acordeones para la fiesta
del incienso; nadie
es el juego sino uno, este mismo uno
que anduvimos tanto por error
de un lado a otro, por error: nadie
sino el uno que yace aquí, este mismo uno.

Cuesta volver a lo líquido del pensamiento
original, desnudarnos como cantando
de la airosa piel que fuimos con hueso y todo desde
lo alto del cráneo al último
de nuestros pasos, tamaña especie
pavorosa, y eso que algo
aprendimos de las piedras por el atajó
del callamiento.

A bajar, entonces, áspera mía ánima, con la dignidad
de ellas, a lo gozoso
del fruto que se cierra en la turquesa de otra luz
para entrar al fundamento, a sudar
más allá del sudario la sangre fresca del que duerme
por mí como si yo no fuera ése,
ni tú fueras ése, ni interminablemente nadie fuera ése,
porque no hay juego sino uno y éste es el uno:
el que se cierra ahí, pálidos los pétalos
de la germinación y el agua suena al fondo
ciega y ciega, llamándonos.

Fuera con lo fúnebre; liturgia
parca para este rey que fuimos, tan
oceánicos y libérrimos; quemen hojas
de violetas silvestres, vístanme con un saco
de harina o de cebada, los pies desnudos
para la desnudez
última; nada de cartas
a la parentela atroz, nada de informes
a la justicia; por favor tierra,
únicamente tierra, a ver si volamos.

                      Gonzalo Rojas, Transtierro, 1979



GONZALO ROJAS




Los cómplices


Te decía en la carta
que juntar cuatro versos
no era tener el pasaporte a la felicidad
timbrado en el bolsillo,
y otras cosas más o menos serias
como dándote a entender
que desde antiguamente soy tu cómplice
cuando bajas a los arsenales de la noche
y pones toda tu alma
y la respiración
perfectamente controlada,
por mantener en pie tus rebeliones
tus milicias secretas
a costa de ese tiempo perdido
en comerte las uñas, en mantener a raya
tus palpitaciones,
en golpearte el pecho por los malos sueños,
y no sé cuántas cosas más
que, francamente, te gastan la salud
cuando en el fondo
sabes que estoy contigo
aunque no te vea
ni tome desayuno en tu mesa
ni mi cabeza amanezca en tu pecho
como un niño con frío,
y eso no necesita escribirse.

GEORG TRAKL




Lamento

Sueño y muerte, las águilas sombrías
aletean en torno a esta cabeza
toda la noche: el gélido oleaje de la eternidad
devoraría la dorada imagen
del hombre. En escollos de espanto
el purpúreo cuerpo se estrella. Una voz
oscura se lamenta
sobre el mar.
Hermana de tristeza tormentosa
mira, una barcaza con temor se hunde
bajo las estrellas,
el silencioso rostro de la noche.



EZEQUIEL ZAIDENWERG




Lo que el amor les hace a los poetas

no es trágico: es atroz. Les sobreviene
una luctuosa ruina a los poetas que el amor captura,
sin importar su orientación o identidad
poética. El amor lleva al total desastre
de la uniformidad a los poetas gay,
a los poetas pansexuales y bisiestos,
y a las poetas y poetrices feministas, fementidas o veraces;
a los obsesionados con el género
y a los degenerados por igual, y a los perversos polimorfos:
y hasta los fetichistas de los pies
del verso capitulan a las plantas del amor,
que no distingue ideología,
programa ni poética. A los vates de la torre de marfil
los precipita del penthouse ebúrneo
directo a planta baja. A los apóstoles
del Zeitgeist, que proclaman sin empacho que la lírica está
muerta,
les permite insistir en el error
y en sus prolijas parrafadas. Les produce una hemorragia
palatal
a los que comban parcos aforismos diagonales,
a los herméticos de lata, a los que envasan
sus versos al vacío, a los falsarios del silencio,
y a los que fraguan haikus castellanos
al itálico modo. A los puristas de la voz les corta en seco
su dulce lamentar, y a los maniáticos del ritmo
les quiebra las falanges, y estropea
el íntimo metrónomo que llevan junto al corazón
para marcar el paso de sus versos. Les compone el sensorio
a los videntes y malditos y demás
rebeldes e insurrectos sin razón ni causa
poética, y les cura el desarreglo razonado
de todos los sentidos. Desaloja de su noche oscura
a los que piden luz para el poema
en las cavernas del sentido, y los devuelve sin escalas
a la trasnoche de la carne literal. Lo que el amor
les hace a los poetas, con paciencia y mansedumbre,
mientras las mariposas lentamente les ulceran el estómago
y el páncreas poco a poco deja de funcionar,
es harto inconveniente. A los que buscan con ahínco
y precisión de cirujano la palabra justa, les arruina
el pulso, y en lugar de dar la vida, la aniquilan en su afán.
Y a los que con ardor y devoción persiguen
un absoluto en el poema, como un grial
todo de luz, tirante, diáfana y febril,
les nubla las certezas, y el deseo mismo
de saciar su ansiedad. Lo que el amor
les hace a los poetas, inadvertidamente,
mientras cosen y cantan y se atoran de perdices, es agudo, terminal
y fulminante. Es un torrente arrollador
de prosa, que espolea y multiplica, en progresión
exponencial,
a los zopencos y palurdos de la poesía:
a los que cortan sin razón sus versos diminutos;
a los jinetes compulsivos;
a los diseñadores tipográficos del verso;
a los que quiebran la sintaxis sin saber
torcerla; a los que escarban en el éter a la busca de
inauditos
neologismos inaudibles;
a los modernos sin pretexto; a los que creen descubrir
la pólvora en sus versos balbucientes;
a los contestatarios automáticos y a los porno-poetas;
a los que sueltan grandes nombres por la densa
fronda de sus poemas, como Hansel y Gretel esparcían
migas; a los que impostan en su voz
vacante los mohines de una infancia lobotomizada;
a los poetas bellos y felices, caprichosos;
a las tribus urbanas y los groupies de la poesía pubescente;
a los poetas pop y los rockstars del verso;
a los videopoetas y performers;
a los ovni-poetas, voladores o rastreros, identificados;
a los objetivistas sin objeto
ni vista; a los que exigen que el poema
se vista de mendigo; a los filósofos poetas;
y a los cultores convencidos
de la “prosa poética”. El amor,
que mueve el sol y a los demás poetas,
los lleva hasta el postrero paroxismo: los convierte
en tierra, en humo, en sombra, en polvo, etcétera:
en polvo enamorado.
Y si resulta todavía que entre ellos
se aman amorosos los poetas pares,
felices en su amor solar sin escansión,
como si fueran en verdad el uno para el otro
un agujero negro de opiniones nebulosas,
tácitas palmaditas en la espalda y comentarios tibios 
al pasar,
enanos, enfriándose, se absorben entre sí
y desaparecen.


Ezequiel Zaidenwerg, La lírica está muerta (Editorial Vox, Bahía Blanca / Buenos Aires, 2011).

FOGWILL




Vivir afuera (fragmento)



" Frog, es un drogón de quien nunca se sabe si no logró hacerse entender porque en ese momento estaba dopado, o si su razonamiento y su sintaxis fallaron porque ese día no tomo la dosis indispensable para completar su pensamiento, o porque, drogado o carenciado, tanta basura metida durante décadas en su cerebro acabó por obstruir irreversiblemente los circuitos nerviosos que comandaban el tono afectivo, o moral, o como quieran ustedes denominar a eso que, como el instinto de las especies inferiores, o las fobias impresas de los vertebrados, disparan los humanos un mecanismo de huida ante la aparición del reflejo de sinsentido
en quien atiende a su discurso. "


Novelista, poeta, cuentista y columnista, 1941-2010. Escribió más de 20 libros
entre ellos: “Mis muertos punk”, (1980), “La buena nueva” (1990), “Una pálida
historia de amor” (1991), “Muchacha punk (1992)”
Vivir Afuera (1998), “La experiencia sensible (2001), 
“En otro orden de cosas” (2002) y “Runa” (2003).


FOGWILL





LLAMADO POR LOS MALOS POETAS


Se necesitan malos poetas.
Buenas personas, pero poetas
malos. Dos, cien, mil malos poetas
se necesitan más para que estallen
las diez mil flores del poema.

Que en ellos viva la poesía,
la innecesaria, la fútil, la sutil
poesía imprescindible. O la in-
versa: la poesía necesaria,
la prescindible para vivir.

Que florezcan diez maos en el pantano
y en la barranca un Ele, un Juan,
un Gelman como elefante entero de cristal roto,
o un Rojas roto, mendigando
a la Reina de España.

(Ahora España
ha vuelto a ser un reino y tiene Reina,
y Rey del reino. España es un tablero
de alfiles politizados y peones
recién comidos: a la derecha, negros, paralizados, fuera del juego).

Y aquí hay torres de goma, alfiles
politizados y damas policiales
vigilando la casa.

A la caza del hombre,
por hambre, corren todos, saltan
de la cuadrícula y son comidos.

Todo eso abunda: faltan los poetas,
los mil, los diez mil malos, cada uno
armado con su libro de mierda. Faltan,
sus ensayitos y sus novela en preparación.
Ah.. y los curricola,
y sus diez mil applys nos faltan.

No es la muerte del hombre, es una gran ausencia
humana de malos poetas. Que florezcan
cien millones de tentativas abortadas,
relecturas, incordios,
folios de cartulina, ilustraciones
de gente amiga, cenas
con gente amiga, exégesis, escolios,
tiempo perdido como todo.

Se necesitan poetas gay, poetas
lesbianas, poetas
consagrados a la cuestión del género,
poetas que canten al hambre, al hombre,
al nombre de su barrio, al arte y a la industria,
a la estabilidad de las instituciones,
a la mancha de ozono, al agujero
de la revolución, al tajo agrio
de las mujeres, al latido
inaudible del pentium y a la guerra
entendida como continuidad de la política,
del comercio,
del ocio de escribir.

Se necesitan Betos, Titos, Carlos
que escriban poemas. Alejandras y Marthas
que escriban. Nombres para poetas,
anagramas, seudónimos y contraseñas
para el chat room del verso se necesitan.

Una poesía aquí del cirujeo en la veredas.
Una poesía aquí de la mendicidad en las instituciones.
Una poesía de los salones de lectura de versos.

Una poesía por las calles (venid a ver
los versos por las calles...)

Una poesía cosmopolita (subid a ver
los versos por la web...).

Una poesía del amor aggiornado (bajad a ver
poesía en el pesebre del amor...)

Una poesía explosiva: etarra, ética,
poéticamente equivocada.

En los papeles, en los canales
culturales de cable, en las pantallas
y en los monitores, en las antologías y en revistas
y en libros y en emisiones clandestinas
de frecuencia modulada se buscan
poetas y más malos poetas:
grandes poetas celebrados pequeños,
poetas notorios, plumas iluminadas,
hombres nimios, miméticos,
deteriorados por el alcohol,
descerebrados por la droga,
hipnotizados por el sexo
idiotizados por el rock,
odiados, amados por la gente aquí.

En las habitaciones se buscan.
En un bar, en los flippers,
en los minutos de descanso de la oficina,
entre dos clases de gramática,
en clase media, en barrios
vigilados se buscan.

¿Habrá en la tropa?
¿En los balnearios, en los baños
públicos que han comenzado a construir?
¿En los certámenes de versos?
¿En los torneos de minifútbol?
¿Bajo el sol quieto?
¿A solas con su lengua?
¿A solas con una idea repetitiva?
¿Con gente?
¿Sin amor?

No es el fin de la historia, es
el comienzo de la histeria lingual.

Todo comienza y nace de una necesidad fraguada en la lengua.
Falsifiquemos el deseo:
Te necesito nene.
Para empezar te necesito.
Para necesitar, te pido
ese minuto de poesía que necesito, necio:
quisiera ver si me devuelves el ritmo de un mal poema,
que me acarices con sus ripios,
que me turbes la mente con otra idea banal,
y que me bañes todo con la trivialidad del medio.

Y en medio del camino, en el comienzo
de la comedia terrenal, quiero vivir
la necedad y la necesidad
de un sentimiento falso.

Se necesitan nuevos sentimientos,
nuevos pensamientos imbéciles, nuevas
propuestas para el cambio, causas
para temer, para tener,
aquí en el sur.

Y arriba España es un panal
de hormigas orientales:
rumanas, tunecinos,
suecas a la sombra de un Rey.

Riámonos del Rey.
De su fealdad.
De su fatalidad.
De Su Graciosa Realidad.
La realidad es un ensueño compartido.
La realidad de España
es su filosa lengua pronunciando la eñe
y su mojada espada pronunciando el orden
del capital y la sintaxis.

¡Ay, lengua:
aparta de mí este cuerno de la prosperidad clavado en tu ingle,
suturada de chips, y cubre
nuestras heridas con el bálsamo de los malos poemas..!

MARK STRAND




Me va encantar el siglo veintiuno

La cena se enfriaba. Los invitados, con la expectativa 
de que los encuentros fuesen de la manera acostum
brada –rápidos, impersonales, azarosos–, estaban
tirados por los cuartos. Las papas estaban duras y las chauchas, blandas. La carne… No había carne. El sol 
de invierno había teñido de amarillo los olmos y las 
casas; los ciervos iban calle abajo como refugiados; 
y en la entrada, los gatos se estaban calentando 
sobre el capot de un auto. Un hombre, entonces,
vino y me dijo: “Aunque el pasado me encantaba, 
su oscuridad, su peso que nada nos enseña, su 
pérdida, su todo que no nos pide nada, me va a 
encantar aun más el siglo veintiuno,
porque en él veo a alguien en pantuflas y bata, 
pobre y de ojos marrones, que marcha por la nieve 
sin dejar detrás suyo ni siquiera una huella”.                                   
       “Ah”, dije yo, poniéndome el sombrero. 
“Ah”.


Poema incluido en el libro del mismo nombre 
(Ed. Gog y Magog), traducido por el poeta argentino Ezequiel Zaindenweg.


Mark Strand (Norteamérica, 1934), poeta, 
traductor y editor. Premio Pulitzer 1999.

OSVALDO PICARDO




Infinito

No existe un único y solo infinito.
Y es una contradicción en sí misma.

Los tamariscos retuercen sus troncos
hasta construir unas bóvedas bajas
dónde los pescadores encuentran
reparo para el asado.

El viento del mar los ha ido trabajando.
Esculpió con rigurosidades y tersuras
las paredes de los acantilados y enterró,
También, los restos arqueológicos
de costillares, botellas, latas...

Hasta ese lugar llegaron, los dos.

Y se dieron cuenta de que el vacío tiene forma.
En la barranca, sentados, juntos,
aquella tarde, vieron,
sobre el pozo enorme del océano,
a los barcos flotar y extenderse
en medio de un exceso de infinito.

Se dijeron algo sobre lo fácil de perderse
y recordaron las ballenas encalladas
y la torpe magnitud con que la orilla
deforma lo que no comprende ni quiere.

Tu cabeza ha descifrado, finalmente,
la creciente distancia de lo que perdemos:
has empezado a preguntar por qué estabas,
ahí, en ese lugar, adonde nunca se regresa.



Ballenas

                          Creíamos ver tan solo un animal cubierto por la arena:
                                        contemplábamos un planeta muerto
                                                                 "Balleine" de Paul Gadenne

Van para la Península de Valdés,
como todos los años. Y una mañana de sol,
en la costa, el fotógrafo del diario
las vuelve noticia.

Podés verlas, menos perdurables que en la foto,
apenas un momento, extranjeras,
sobre el hombro de la gente fascinada:

otra vez Moby Dick, otra vez Leviatán
llevados por esa calma liviana
del nadador obeso.

Sin mano alguna que las alcance
se destapan entre las olas y aparecen
saliendo en medio de la nada.

Te preguntás qué cosa en verdad
será ser una ballena.
Y aunque no es cuestión de palabras,

te hacen pensar en un cuento
que ellas viven,
y que nosotros apenas si contamos.



Realidad del viento

No es el silbo del bichofeo, tampoco
la bolsa que revolotea en el callejón.
Sin respuestas ni explicaciones, viene
vestido del olor del puerto
y de toda la alergia de los tilos. Viene...

Y chifla por los rincones y sobrevuela
con una cumbia de polvo sobre la mesa.
Toda tu agenda ha desparramado,
da vueltas las hojas como si algo leyera.

Las sílabas descompone en largas lluvias.
Habla. Pero su idioma no es el nuestro,
ni sus silencios... Has creído siempre
que al ser invisible era menos real
que el árbol donde embolsa gatos
o que las persianas en que teclea
su música mala...

Esta mañana, por el contrario,
lo real se ha volado junto con los techos
y sólo el viento existe y truena.

                                     
Osvaldo Picardo(Mar del Plata) es escritor y profesor de literatura.
Dirige la revista La Pecera lapecerarevista.blogspot.com.ar/ y la
Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Los poemas
son del libro “Pasiones de la línea” (Ed. en Danza, Bs.As.).