sábado, 1 de septiembre de 2012

C.K. STEAD






Hay una película premonitoria
quizá de Robert Altman
que termina con sapos
cayendo del cielo -
una tormenta, un aguacero,
un Viejo Testamento lanzando
sapos acrobáticos -
y en caso de que pienses
que su historia se desliza
hacia el reino de lo irreal
él tiene un muchacho, un niño prodigio,
uno que lo sabe todo,
sonriendo, diciendo ‘Sí, esto sucede!’

Septiembre Once fue así -
formas diminutas que fueron cuerpos
un todo de brazos y piernas
lanzándose abajo.
Habíamos ido de gira
a las cuestas de piedras blancas
arriba de Mausanne-les-Alpilles
y regresamos a casa a verlo,
a verlo como se ve una película,
su horror, su áspera justicia.

Nueva York parecía estar en llamas.
‘Sí, ¡esto pasa!’
Americanos
cayendo del cielo.

                       Versión de Raúl Jaime Gaviria

C. K. Stead(Auckland, NZ, 1932). Poeta y 
novelista.


C.K. STEAD




LO CORRECTO

"¿Has descifrado
los códigos de la nieve que cae
o los del lenguaje de la luz?”

“¿Cuánta miel
contienen las Pléyades?
¿En qué lugar
se libera Orión?

“¿Cuál es el peso
de la sombra sobre
un corazón endurecido?”

“¿En qué difieren del sueño
las diez órdenes vigentes
del cielo?”

“Soy detestable, Señor”
Contestó correctamente Job
“Yo no tengo respuestas.”

Ovejas fueron
su recompensa, buenos pastos
y camellos y también hijas

y la derrota de sus enemigos-
Elifaz de Temán,
y Bildad y Sofar *

*Job (42.7-12)



PAULINA…

Paulina, fui tu primer
Pretendiente. Todavía me irrita
Recordar este mes con cuánta fuerza
Martillé el portal de tu jardín.
Una verdadera patricia
Mantuviste tus piernas cruzadas.
Te casaste con un fabricante
De enanos de plástico
Y bañaderas para pájaros enjaulados
Y le diste, así dicen
Una sucesión de rencillas.
Yo llevé mi semilla a otra parte.
Paulina aún soy tu poeta
Celebrando hoy
Ya sin cabello, tu portal cerrado
Y las telas de araña en tu tumba.



ATRAVESANDO EL SALÓN

La poesía: luego de lo primero
la mejor.
Ella representa. Ella habla.
Es verdad pura en una casa en ruinas.
Sólo el hombre completo
puede levantar su propio peso.

Brumel, atravesando el salón,
Nada representa.
Aquel singular, agudo ingenio
Se deshace por un instante de su gravedad
Y cae sobre la espuma.

Al final los poetas asumen la destreza.
Me comprometo a ese fin
Mi segundo mejor arte
me servirá para alabar al primero.
El primero sólo se sirvió a sí mismo.



EN ESE PAÍS

En ese país
el poeta habló por su pueblo
enfrentando al invasor.

Entre un bombardeo y otro
cuando las sirenas callaban
se transmitían poemas.

Cuando los periódicos mentían
la gente hacía cola pidiendo poemas
y los leían en los tranvías.

Oh que tremenda responsabilidad
escribir sólo la verdad,
incluso morir por ella -

esto es mucho mejor que ser
un empleado público de las convenciones,
del Decoro, ese, nuestro amo.


C. K. S(Auckland, NZ, 1932). Es uno de los más 
famosos escritores de su país, ha publicado doce 
libros de poesía, nueve novelas, dos colecciones 
de relatos, seis libros de crítica literaria y ha editado
otros textos numerosos. Su novela, Smith's Dream, 
fue adaptada para el guión de la película Sleeping 
Dogs. Ganó el New Zealand Booktanto por su obra       poética como por su obra en prosa.



C.K. STEAD




Este tiempo

Éstas son las estrellas de la poesía
Demasiado buenas para ser verdaderas
por sobre las colinas
Y en la bahía colmada hasta el borde.

Y ésta la última moneda
El muerto intercambio–
El silencio.

¿Desatornillaste tus oídos?
¿Los guardaste para bien?
No. sácalos de la inmovilidad.
No eres un espíritu.
Escucha.
El rocío se recoge al borde y
Gotea. Gotea
sobre escarchadas hojas.

Incluso tan pequeños
vocablos cristalinos
hablan del tiempo.

Cuéntalos.
Siéntete afortunado.

                            Traducción: Raúl Jaime Gaviria


C.K.S(1932, Auckland, Nueva Zelanda)



LAURA WITTNER





Cambios de luz

Las nubes deciden lo que nos hace esta penumbra, parece
que toda una familia de nubes migra
en una sola noche y por eso se apuran
una tras otra en esa línea de vapor mutante
que por fortuna atraviesa la luna
y es el apuro lo que las hace ir cayéndose, desprenderse
de cualquier forma en un instante, metiéndonos ideas
en la cabeza a vos y a mí que musitamos la palabra
de lo que vemos y en la segunda sílaba callamos
porque no es eso, está siendo otra cosa y así
no hay diccionario que resista.

                                               (de La tomadora de café)



Olvido

La arritmia con que comenzó el goteo
en algún momento de la noche,
la demorada comprensión de lo que era ese sonido;
el hundimiento, entonces, en sueños más remotos:
todo deshecho por este sol de mediodía,
cuya oferta incluye cáscaras de fruta,
carbón de oruga y algunas otras sequedades.

                                                                      (de Lluvias)



Cómo hacer cosas con palabras

El zeide Aarón, en sus últimos años,
me compró el María Moliner,
el Simon & Schuster’s y el Garzanti,
y en el cauce ídish del porteño
con un beso y un abrazo, sentenció:
“No te entregues tan fácil”.
Do not go gently. Rabia y risa, y después,
cartas vía aérea con su letra trabajosa.
Y a la vuelta, almuerzos sencillitos
en el silencio austero de su departamento.
Se murió, claro. Yo ahora hago buen uso
de las palabras que se ocupó de conseguirme.

El zeide Leo, a mis ojos,
vivió entre pajaritos enjaulados
y máquinas de coser.
No me habló: pero puso mi nombre
en hilo rojo de bordar, en gran cursiva
en una bolsa de tela azul marino
que se ocupó de fabricar.
Él se murió; yo seguí usando
la bolsa unos dos años más.
El zeide Leo, entonces, dice Laura.

La bobe Elena: “Tu papá está grave.
Esa verruga es venenosa.
Es un secreto entre nosotras.
No lo fastidies”. ¡Mentira!
Cantó, jugamos,
me mostró qué tiene de importante
la forma en que la luz decide
atravesar cada grupo de hojas
en hileras de árboles,
me convirtió al chocolate de taza
y me mintió.

La Baba Etia. ¿Qué palabras...?
¿Cómo armamos tanta cosa en siete años?
¿En qué tonos y voces?
Cruce fugaz, pero fulminante.
Sólo puedo citar: “No aguanto más.
Nunca voy a salir de este hospital”.
Yo huí por un pasillo blanco
 oníricamente interminable.


LW(Buenos Aires, 1967). Es Licenciada en Letras por la UBA.
Publicó poesía y libros para chicos. Es traductora.

LAURA WITTNER




La fiesta

Levantaron la compuerta del baúl
y salimos arando hacia el fondo del cielo.
Carreras, equilibrios y verticales-puente
en ámbitos que se levantaban y caían
a nuestro paso, según nuestra voluntad:
galerías con arcos y columnas,
infinitos gimnasios con pisos de madera,
tinglados ásperos con reverberaciones,
y así...

Figuras finas y flexibles, fuimos, en esa tela inmensa
donde el mayor esfuerzo del pintor había estado en la luz:
llegar al tipo exacto de luz con el óleo
y de paso atrapar la blandura del aire;
el punto exacto, en óleo, de esa consistencia.

A los grandes los volvimos a ver
dos o tres veces a lo largo del día.
Por el momento no eran más que una idea
o varios pares de sombras demarcantes:
esto es centro, esto es suburbio y lo del medio es no-terreno,
sin saber que tragábamos aire casi ilegalmente
de y en cada una de esas franjas
siempre a punto de pasar a ser otros.

Todo cambió cuando corrieron el toldo con la noche.

Sin la velocidad de los espacios abiertos
nos subsumimos en zonas apretadas,
pozos a compartir con las luciérnagas.

Tanta luciérnaga en los ojos,
tanta humedad y reflejos estelares–
como el confeti o el rocío de sal,
o ese humo abrillantado de las grandes explosiones–
funden los cinco sentidos en un sexto.
Pispeamos desde ahí a nuestros padres en sombras:
y resultó que se habían puesto a administrar
una fluida intimidad en la que cada recoveco
servía de altarcito para un símbolo.

Tierna es la noche, parece, nos dijimos.
O qué nos podemos haber dicho.

Salvo que sí, hay una subcorriente
nocturna, como en cualquier día de playa
bajo la sólida costa, por las venas iodadas
transcurre lo decapitado en general.


LW(Buenos Aires, 1967). Es Licenciada en Letras por la UBA.
Publicó un libro de cuentosPintado sobre una jaula- y cinco 
de poesía. Es traductora.

CLARICE LISPECTOR




“¡Claro…! ¡Escribir es un peso!”

                                                          Clarice Lispector

La publicación de Donde se enseñará a ser feliz (Siruela) de Clarice Lispector resulta un título ineludible para los aficionados a la escritora brasileña. Ahí se recogen diversos textos escritos por ella o sobre ella. Juan Pablo Bertazza destaca algunos de los hallazgos. Por ejemplo, comenta la presencia de Lispector en un congreso sobre brujería en Colombia. Dice:

(…) acaso, la mayor curiosidad que ofrece este volumen ineludible para todo aficionado a la obra de Lispector tiene que ver con su exposición cuando fue invitada al Primer Congreso Mundial de Brujería, celebrado en Bogotá en 1975, año en que Colombia se encontraba en estado de excepción y las fuerzas armadas se habían manifestado contra la realización del congreso. Ahí Lispector –escritora mágica que tenía supersticiones como mecanografiar sus textos contando siete espacios entre los párrafos–- además de hablar de la relación entre literatura y magia leyó el cuento “El huevo y la gallina”, que presentó diciendo: “Si media docena de personas sienten este texto me daré por satisfecha”.

Otro de los grandes hallazgos es una larga entrevista, realizada por Affonso Romano de Sant’Anna y Marina Colasanti en octubre de 1976, probablemente la última que concedió. 

En Radar Libros rescatan la entrevista.


Aquí algunas preguntas:


Affonso Romano de Sant’Anna: Clarice, ¿empezamos con algunos datos biográficos?

Clarice Lispector: Nací en Ucrania, pero ya en fuga. Mis padres pararon en una aldea que ni aparece en el mapa, llamada Tchetchelnik, para que yo naciera, y vinieron al Brasil, adonde llegué con dos meses. De manera que llamarme extranjera es una tontería. Soy más brasileña que rusa, evidentemente.

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿La gente te llama extranjera por el acento?

Clarice Lispector: Por la “erre”. Creen que es acento, pero no lo es. Es el frenillo. Podrían habérmelo cortado, pero es muy difícil ya que es un lugar siempre húmedo, de difícil cicatrización. Ahora ya da igual.

Affonso Romano de Sant’Anna: Y tus primeras lecturas literarias, ¿cuándo empezaron, más o menos?

Clarice Lispector: Cuando aprendí a leer… Bueno, antes de aprender a leer y a escribir, yo ya fabulaba. Incluso inventé con una amiga mía, un poco pasiva, una historia que no acababa. Era lo ideal, una historia que no acabase nunca.

Affonso Romano de Sant’Anna: La amiga pasiva de quien hablas es una amiga imaginaria, ¿no?

Clarice Lispector: No. Era real, pero quieta, me obedecía. Porque yo era un poco líder. La historia era así: yo empezaba, todo era muy difícil, los dos muertos… Entonces entraba ella y decía que no estaban tan muertos. Y ahí volvía todo a empezar… Después, cuando aprendí a leer, devoraba los libros, y pensaba que eran como un árbol, como un bicho, algo que nace. No sabía que había un autor detrás de todo. Luego descubrí que era así y dije: “Yo también quiero”. En el Diário de Pernambuco, los jueves, publicaban cuentos infantiles. Yo no me cansaba de mandar mis cuentos, pero nunca los publicaban, y yo sabía por qué. Porque los otros decían: “Erase una vez y esto y lo otro…”. Y los míos eran sensaciones.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: Hay una influencia que parece que tú misma has reconocido una vez, si no como influencia directa, por lo menos como lectura constante tuya, que era El lobo estepario, de Herman Hesse.

Clarice Lispector: Lo leí a los trece años. Me volví medio loca, me entró una fiebre terrible, y empecé a escribir. Escribí un cuento que nunca se acaba y que yo no sabía muy bien cómo hacer, entonces lo rompí y lo tiré.

Marina Colasanti: ¿Rompes muchas cosas?

Clarice Lispector: Ahora he aprendido a no romper nada. Mi asistenta, por ejemplo, tiene órdenes de dejar como esté cualquier pedacito de papel con algo escrito.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: Puedes vendérselos a ellos o venderlos, en dólares, a las universidades norteamericanas.

Clarice Lispector: Una universidad de Boston me escribió una vez pidiendo detalles de mi vida. No respondí porque me da mucha pereza escribir cartas. Y había un amigo a quien le dije: “Responde por mí. Di lo que quieras y di que yo estoy de acuerdo”. Después recibí un diploma de Boston. Se me consideraba como parte de la biblioteca de la universidad. Ni sé dónde está eso.

Marina Colasanti: Estabas diciendo que empezaste escribiendo cuentos para niños, y de vez en cuando vuelves a ellos. ¿Es otra actividad paralela?

Clarice Lispector: Sí. Hoy mismo me han entrevistado cuatro niñas de once años del Santo Inácio, con fotografías y preguntas y más preguntas a causa de La mujer que mató a los peces y si era verdad que me gustaban los animales. Dije: “¡Claro! ¡Yo también soy un animal!”. Después se fueron… Me dejaron muy cansada.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: Vimos en Buenos Aires una edición española, creo que de La manzana en la oscuridad, ¿no?

Clarice Lispector: Han publicado casi todos mis libros. Cuando llegué allí me quedé pasmada. He estado este año.

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿Y esa gente te paga?

Clarice Lispector: No, nada. A veces pregunto, pero es tan inútil, porque tampoco pagan. Es otro país, es otra cosa, ¡si aquí me pagan mal! ¿Cómo va a ser en otro país? En Argentina se han publicado muchas cosas mías y yo me quedé pasmada cuando llegué, no sabía que me conocían. Dieron un cóctel, treinta periodistas, hablé por la radio, medio teledirigida, porque era todo tan extraño, tan inesperado, que actuaba casi sin saber. Ni noté que estaba hablando por la radio.. Yo qué sé… Una mujer me besó la mano.

Marina Colasanti:¿Y por qué escribes libros infantiles esporádicamente?

Clarice Lispector: Bueno, primero mi hijo Paulo, en Washington…

Marina Colasanti: ¿Cuántos hijos tienes?

Clarice Lispector: Dos. Uno vive con su padre y el otro está casado, Pedro y Paulo Gurgel Valente. Cuando estaba escribiendo La manzana en la oscuridad en Washington, mi hijo Paulo me pidió, en inglés –yo hablaba portugués con él, pero él hablaba inglés conmigo–, que escribiese una historia para él, y le respondí: “Después”. Pero él dijo: “No, ahora”. Entonces saqué el papel de la máquina y escribí El misterio del conejo que pensaba, que es una historia real, una cosa que él conocía. Por esa vez, fue todo. Lo escribí en inglés para que la criada se lo pudiese leer, ya que entonces él todavía no sabía… He preguntado a un médico si es normal tener tantas ideas al mismo tiempo y me ha dicho que todo el mundo las tiene, por eso me pierdo. Ya no sé qué estaba diciendo… ¡Ah! Por esa vez, fue todo. Pasado un tiempo, un escritor de San Pablo, ya no me acuerdo de su nombre, que editaba libros infantiles, me preguntó si yo quería escribirlos o si tenía alguno. Dije que no. De repente me acordé de que todavía tenía la historia del conejo y que sólo había que traducirla al portugués, cosa que hice yo misma.

(…)

Clarice Lispector: No, en absoluto. Porque yo no escribo como catarsis, para de-sahogarme. Nunca me he desahogado en un libro. Para eso sirven los amigos. Yo quiero la cosa en sí.

Affonso Romano de Sant’Anna: Permíteme que te plantee un problema. Sabes que la crítica literaria actual tiene la siguiente teoría: el texto es exactamente igual al sueño, tiene un contenido manifiesto y un contenido latente.

Clarice Lispector: Estoy de acuerdo.

Affonso Romano de Sant’Anna: Entonces, ¿no crees que sería posible que en el inconsciente del texto se localice todo eso? Es decir, hay un cierto nivel del texto que, como en el sueño, escapa al control del soñador…

Clarice Lispector: Sí, escapó del control cuando yo, por ejemplo, supe que la mujer G. H. iba a tener que comerse el interior de la cucaracha. Me estremecí de miedo.

Affonso Romano de Sant’Anna:¿Por qué G. H.?

Clarice Lispector: Porque era ella hablando sobre sí misma, es decir, no se llamaba a sí misma, pero hay un momento en que ella consigue un nombre, puesto que en la maleta estaban las iniciales G. H. Entonces quedó “según G. H.”.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿Sabías que Clarice es una bruja tremenda? (risas)

Clarice Lispector: Ah, eso fue un crítico, no recuerdo de qué país latinoamericano, que dijo que yo usaba las palabras no como escritora, sino como bruja. Por eso, quizá, me mandaron una invitación para participar en el Congreso de Brujería de Colombia. Me invitaron y fui.

Marina Colasanti: La única bruja brasileña (risas)

Affonso Romano de Sant’Anna: Pero cuenta tus relaciones con la brujería, Clarice. Si tuvieses que introducir al lector en esos misterios, ¿cuáles serían los datos?

Clarice Lispector: ¡No hay, no hay!

Joao Salgueiro: ¿La idea de la brujería nació del crítico y tú no la desarrollaste?

Clarice Lispector: No, no. No tuvo consecuencias, tampoco me acostumbré al clima de Bogotá, en Colombia. Tenía dolor de cabeza y un día me encerré en el cuarto, sola. No cogía el teléfono, sólo llamaba para pedir comida y bebida. Me parecía muy aburrido. Me aburro fácilmente de las cosas…

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿Cómo fue tu presentación allí?

Clarice Lispector: Dijeron que querían un texto mío. Yo no sabía hacer un texto sobre brujería porque no soy bruja, ¿no? Entonces traduje al inglés “El huevo y la gallina”. Pedí a un tipo, cuyo nombre no recuerdo, que lo leyera. El tenía la traducción española. La mayor parte de la gente no sabe qué era lo que se leyó, no entendieron nada. Pero un norteamericano se quedó tan alucinado que me pidió una copia de aquel cuento…

(…)

Marina Colasanti: Clarice, ¿cómo conseguiste conciliar tu personalidad tímida y la carrera diplomática que tenían que seguir?

Clarice Lispector: Lo odiaba, pero cumplía con mis obligaciones para ayudar a mi ex marido. Daba cenas, hacía todo lo que había que hacer, pero con náuseas…

Marina Colasanti: ¿Y escribías paralelamente? Porque la vida diplomática ocupa mucho.

Clarice Lispector: ¡Sí, escribía! Escribía, atendía al teléfono, los niños gritaban, el perro entraba y salía… La manzana en la oscuridad fue así…

Marina Colasanti: La presencia de tus hijos es muy constante en cuentos, notas, pasajes… Has vivido siempre muy unida a ellos, ¿no?

Clarice Lispector: Sí, estoy muy unida a ellos.

Marina Colasanti: ¿Y cómo viven ellos el hecho de que seas escritora? ¿Son lectores tuyos?

Clarice Lispector: No lo sé, nunca se lo he preguntado, pero Paulo habló un día de un cuento mío, así supe que lo había leído. Porque lo que yo era, y soy, principalmente, es su madre, no una escritora. Y debe de ser pesadísimo tener una madre escritora.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: No sé si será una indiscreción, pero ¿podrías contar la historia de las palomas? Esta historia, en sí, daría un cuento.

Clarice Lispector: Sí, lo daría, pero un cuento fantástico, que nunca sería considerado real. Pero sucedió… fue así: el 1º de enero de 1964, una amiga mía entró en su casa a buscar algo y yo me senté en la escalera a esperarla. De repente, me entró una desesperación tan grande con aquel sol y el agua vacía, el primer día del año, que dije: “Ay, Dios mío, dame al menos un símbolo de paz”. Cuando abrí los ojos tenía una paloma junto a mí. Después fui al cine. Las tiendas estaban cerradas, pero junto al cine Paissandú, en un escaparate, había un plato con cuatro palomas que, al día siguiente, compré. Ahora lo tengo medio abandonado… Pero el tercer hecho fue el más impresionante: yo iba a la ciudad en un día de calor, tomé un taxi y estaba tan cansada, con las gafas oscuras, que apoyé la cabeza en el asiento de enfrente. De repente, noté una cosa entre el ojo y las gafas y miré qué era. Era una pluma de paloma… Después me fui a hacer una visita de camaradería a un amigo mío médico, y le conté la historia. Le pregunté: “¿Cómo te lo explicas?”. El sólo dijo: “Lo que es bueno no necesita explicación…”. Y pregunta: “¿Quieres una pluma de paloma?”. Asustada, le pregunté: “¿Tienes una?”. Entonces él cogió una y me la dio… Otra vez, cuando iba al médico, tomé un taxi que, durante el trayecto, dio un frenazo brusco. Le pregunté al taxista: “¿Qué ha pasado?”. Y me dijo: “Gracias a Dios, he evitado matar a una paloma”. Una historia increíble…

Marina Colasanti: Hace un tiempo atravesabas un período de crisis respecto de la escritura. Es decir, no querías escribir. Habías acabado el libro anterior a la novela que escribes ahora. Decías incluso que tu liberación sería poder no escribir.

Clarice Lispector: ¡Claro…! ¡Escribir es un peso!

Joao Salgueiro: Clarice, esta pregunta es de una periodista: “Eres una intuitiva. Entonces, ¿cómo encaras lo sobrenatural en tu vida?”.

Clarice Lispector: Mira, lo natural es también sobrenatural. No creas que está tan lejos. Lo natural es ya en sí un misterio.




ALDO LUIS NOVELLI





ANTES DEL FINAL


Estoy solo.

Quiero escribir todas las páginas del mundo
leer la cifra secreta oculta en el agua primordial
cantar el canto nuevo de la nueva humanidad/
cantar sin tiempo un canto de lluvia y empaparme la cara
y la sangre de agua fresca/ del agua clara que baja de la cima.

Y me pregunto: ¿por eso estoy aquí?
en medio del desierto rodeado de gente que no conozco.
¿Conozco esta gente? ¿me rodea y me habla a mí? ¿a quiénes hablan?.

Quiero decir estos poemas con la voz de un pájaro y el zarpazo de un tigre.
¿Qué son estos poemas? ¿qué es eso que llaman poesía?
Clasificar el mundo y sus objetos y ponerle número a cada cosa es la religión de los tiempos.
Una legión de fanáticos caminan detrás de los objetos.

El arte es el opio de los pueblos dicen los nuevos pastores
¿existe el arte? ¿el pueblo?
¿dónde están los pastores de este inmenso rebaño de ovejas?.

¿Por qué estoy aquí? ¿porqué aquí y no allá?
allá donde el sol broncea el cuerpo de felinas mujeres
o más allá/ donde el hombre inventa distintas muertes cada día/ todos los días.

Estoy solo/
busco amor. Quiero ser el amado.
¿Me alcanzará?
¿Me alcanza esta soledad para escribir el poema total?/
ese aleph/ ese inalcanzable.
¿O el amor y el deseo de una dulce obrera del mercado es el fin de todas mis utopías?
naranjas papas y manzanas en sus manos sucias y sus jugos en mi cuerpo
y sus ojos admirando mi palabra/ mis sombras/ mis castillos de humo.

¿Para qué nacer amar desamar y morir?.
¿para qué Dios de los vencidos?
dime Dios ¿para qué?

Quiero ser el amado/ el bienamado/ el más amado.
¿Y el paraíso terrenal/ la revolución/ la súper hembra/ el gran polvo?
y buscarte en lo alto/ más alto que los fatuos cielos

¿dónde estás padre?.

¿Y los hombres/ la libertad/ los ideales supremos/ la loca utopía...?.
¿Qué hago acá en este punto infinitesimal del cosmos
intentando trascender con palabras demasiado gastadas?

¿Y los hijos? ¿y esta sangre que me sucede como revolución ansiada?

Hombre que inventa religiones/ mecanismos/ discursos/ fantasmagorías
¿porqué y para qué el poema? ¿dónde la poesía?
¿ese arco tensado entre dos estrellas ilusorias?
¿dónde la flecha que atraviesa esta eternidad de instantes?

la poesía: esa oscuridad/ luz/ pensamiento/ genio encerrado en una botella/ todo y nada.

¿Detendrá mi palabra algún día la bala del suicida o el asesino?
¿es necesario el poema/ el poeta/ el inventado/ para detener esa bala?
¿justificará ese instante el poema? ¿la miseria del mundo/ el hambre/ la muerte sin sentido?.

Estoy solo/ sin padres/ sin hijos/ sin amada en medio de la noche cósmica.

Estoy temblando.
Voy a morir.

¡Pero antes voy a salvarme!.
¡Antes escribiré el poema que frenará la bala
de la infinita tristeza del hombre!.- //


    del libro: “Estúpidos mirones de televisión”.
 
Derechos Reservados del Autor.
© Aldo Luis Novelli, Abril 2011



ALN, poeta, cuentista y ensayista; además es crítico literario. Nació en Neuquén, Argentina. 

adndevaelgrito.blogspot.com.ar