viernes, 24 de agosto de 2012

PAULINA VINDERMAN




LA EPIGRAFISTA

Ya no me reconforta abrazar la ciudad.
La soledad del mediodía esta vez es brutal.
Duelen los huesos de dormir demasiado,
duele no recordar los sueños
y cuidar de mis flores,
e intentar escribir con mi última tinta.

Las flores del ciruelo de mi abuelo materno
eran la belleza visible.
Atrapaban mi respiración
como se atrapa un pájaro obsesionado,
disuelto en la brisa.

Me vuelco, encorvada sobre la hoja,
mi lapicera parece enfrentarse a la piedra.
Parezco perdida; he perdido una palabra
/fundamental
y no sé ahora reparar su falta.

Un halcón con su caperuza.

El amor se murió rápido, tan rápido como llegó
y en el núcleo del invierno
no hay lugar para mentiras piadosas.
Aprenderé un idioma antiguo,
alto y solitario sobre la hierba del mundo.
Sangre seca para mi historia.
Nada que ver con el amor,
nada que ver con las reglas de vida.
Un signo de puntuación
sobre la tierra donde crecía el ciruelo.


                                       de "La epigrafista"