miércoles, 15 de agosto de 2012

JUAN OCTAVIO PRENZ





APUNTES DE INFANCIA 


EN mi Ensenada natal el aire se ha enrarecido
     Ya no hay libélulas ni mariposas

Es una venganza
                           dice el niño que aún me habita

1939
     El campo se colma de mistos libélulas mariposas
     Nadie puede ver a dos dedos de sus narices


El tren de La Plata supera con paciencia
    centímetro tras centímetro
    Libélulas y mariposas se hacen grasa
            bajo la rueda de la locomotora
                 que comienzan a girar en el vacío


Humillada
      la locomotora se resigna a aguardar el atardecer
          cuando libélulas y mariposas
se retiran a reposar



DESCUBRIMIENTO


CUENTA el Inca que las profecías
      sobre el arribo del dios blanco
no incluía el asombro

En otras latitudes
el mismo Colón se había asombrado
de encontrar indios buenos
aunque ya figuraban en sus profecías

Concluido el primer intercambio de asombros

empezó la lucha



MAGISTERIO


SE cuenta que Kenandé
           célebre preceptor querandí
   fue el primero en introducir la enseñanza
       de la risa
             entre sus discípulos

Explicaba cómo reír era algo más
     que una mera educación bucodental

Por causa de la risa
     los querandíes comenzaron a perder guerras
     Y cuantas más guerras perdían más reían

Con el tiempo también nuestros enemigos
     terminarán por reír
                                pregonaba Kenandé

Impaciente y falto del sentido de la historia
     el cacique Pehuancó ordena

     atravesarlo con una lanza



CONSTRUCTOR DE PUENTES


HAY que caer o lanzarse
              o simplemente viajar
     a lo hondo
            para descubrir la vida

Hay que elevarse o volar
     porque en las alturas
           está la verdad

Más modesto
             menos cultor de palabras
    y acaso
             desconfiando de geografías ansiosas

Diego de Oliva elige
    viajar hacia los costados


        del libro: “Habladurías del Nuevo Mundo”, 
        Colección Adonais, Ediciones Rialp, Madrid
        1986)



EDGARDO COZARINSKY




Blues

(fragmento)


Fue precisamente en 1992 (...) que decidí visitar Salónica. (...) En el primer piso de la librería Molho pasé largas tardes gozando de la hospitalidad de sus dueños, estudiando libros y documentos sobre el pasado sefaradí de la ciudad. Con ellos no necesité hablar en mi francés adoptado no en mi inglés de lector; hablé en mi español de argentino y ellos me hablaban en su castellano de sefaradíes. Curioso, pensé, que yo, bisnieto de askenazis instalados en el campo argentino a finales del siglo XIX, lo que se dio en llamar los "gauchos judíos", nieto de una generación de "integrados", hijo de ateos ajenos a toda tradición siquiera gastronómica, circunciso para complacer a una abuela casi senil; yo, que nunca hice ese bar mitzvah que me interesaba tan poco como a mis padres, empezara a sentirme judío cuando entendí que mi idioma me vinculaba con una tradición que había desconocido.

Creo que fue en ese momento cuando entendí que diáspora no hay una sola. Que mi pequeña experiencia, casi indolora, de una diáspora argentina, en mi caso cultural más que política, me hizo sensible a la de un pueblo que había vivido otra diáspora, impuesta cinco siglos atrás por un estado triunfante, y que a través de esa sensibilidad recién adquirida empecé a entender la diáspora que yo había heredado, la de Europa del Este, que hasta ese momento me había dejado más bien indiferente. Empecé a leer a Joseph Roth, que muy pronto se convertiría en el fantasma asiduo de mis propios cuentos y novelas... Roth, que se sabía súbdito del Imperio Austro-Húngaro sin por ello dejar de reivindicar su condición de judío, así como yo me siento ante todo argentino...

¿Por qué aquella indiferencia? Creo que, en primer lugar, porque en mi casa se hablaba solamente castellano. Cuando en una de mis visitas a la Argentina a partir de 1985 intenté averiguar cuándo se había perdido el ruso y el idish entre mis antepasados sólo hallé el recuerdo de una tía ya anciana: le parecía que cuando visitaba de niña la chacra de la provincia de Entre Ríos donde se habían establecido mis antepasados había oído a algunos paisanos hablar en una lengua que no comprendía...

Sí, el castellano, mi idioma, acaso sea el lazo mayor que tengo con una tradición judía.


Edgardo Cozarinsky(Buenos Aires, 1939). Escritor y cineastaArtista multifacético, ha cultivado la litera
tura en varios géneros y también el cine. 

PATRICIO TORNE





COMO TURCO EN LA NEBLINA


Nunca imaginó
que ocurriría de ese modo,
pero la belleza estaba allí,
él creía en su fortaleza de espíritu,
en su sagacidad para esquivar
toda dependencia emocional.
Pensó que después de haber sorteado
tantas penas,
ya no habría forma de volver a creer
de tal modo en la ternura.
Pero la certeza estaba allí.
De hecho, había construido
un método eficaz
que siempre lo alejaba de ciertos
artilugios amorosos.
Pero el amor estaba allí,
esperando devorarlo
como a cualquier hijo de vecino.
Y eso que era amenaza,
como ya se sabe,
hizo de él un tipo desesperado.
Ahora,
perdido como turco en la neblina,
su corazón, reclama volver a lo de antes,
siente que se ha vuelto dependiente
de todo lo que nunca imaginó
iba a pasarle de éste modo.


Patricio Torne nació en Helvecia, provincia de Santa Fe, en 1956.
Es autor de Órbita de Endriago (1989); Helvecia y otros tópicos (1990);
Donde muere la lógica (1992); y Anacrónica (2000). Desde 1985 reside
en Villa Mercedes, San Luis.

NICOLÁS PRIVIDERA




ELOGIO DE LA GUILLOTINA

El Comité Literario de Salvación Pública
decreta:


Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– no es
cortar los tibios cuellos de los moderados.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– no es
cortar las consagradas cabezas de los vendidos.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– ni siquiera es
cortar cada libro hasta volverlo leña encendida.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– es sólo recordar que cortar es el trabajo de las guillotinas, aún las de papel.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– es no olvidar que cortar por lo insano es subvertir los límites de cualquier papel.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– es como
cortar una mala racha y hacer saltar por una vez la banca.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– y aún
espantar al burgués es cortar con la complacida muerte de la vanguardia.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– es
cortar con el libresco historicismo para volver a la incesante Historia.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– es
cortar la negra sangre de la apatía.

Cortar un ejemplar –cual si fuera una flor marchita– es, por fin,
creer que aún todo es posible.

Pero nunca olvideís, compañeros, que el verdugo debe ser el primero
en arriesgar su cabeza.


Nicolás Prividera (Buenos Aires, 1970). Poeta y
cineasta.