domingo, 29 de julio de 2012

SEVERO SARDUY





La transparente luz del mediodía


La transparente luz del mediodía
filtraba por los bordes paralelos
de la ventana, y el contorno de los
frutos -o el de tu piel- resplandecía.
El sopor de la siesta: lejanía
de la isla. En el cambiante cielo
crepuscular, o en el opaco velo
ante el rojo y naranja aparecía
otro fulgor, otro fulgor. Dormía
en una casa litoral y pobre:
en el aire las lámparas de cobre
trazaban lentas espirales sobre
el blanco mantel, sombra que urdía
el teorema de la otra geometría.



Cuerpo Con Cuerpo: Las Pieles


Cuerpo con cuerpo: las pieles
se aproximan y se alejan
entre espejos que reflejan
su deseo. No develes
la imagen -esos laureles
fenecen-; no te aconsejo
confiar en ese reflejo,
porque ese doble perverso
te revelará el reverso:
hueso con hueso, pellejo.

CZESLAW MILOSZ





Por Seamus Heaney

Letras Libres

                                                                                Traducción de Jordi Doce

Nacido en Lituania en 1911, Czeslaw Milosz es nuestro poeta secular no sólo porque es coetáneo del saeculum, sino porque el sintagma "el siglo" aparece una y otra vez en su obra. Década tras década, la historia de su vida y la historia de su tiempo han caminado paralelas. Estudiante en Vilna y París durante los años veinte y miembro de la vanguardia literaria polaca en los treinta. Comprometido con la Resistencia de su país y testigo en los años cuarenta de la destrucción del ghetto de Varsovia y de la derrota que el Levantamiento infligió a los nazis, tras lo cual obtuvo el cargo de agregado de la embajada de la República Popular en Washington. Luego de su ruptura con el régimen en la década de los cincuenta, se convirtió en un intelectual exiliado en Francia: su equivalente a los cuarenta días en el desierto. En los sesenta, coincidiendo con el apogeo estival de sus poderes poéticos, fue profesor de lenguas eslavas en la Universidad de California, en Berkeley, un Salomón entre los muchachos de las flores. En los setenta, todavía en plena vena creativa, su status cambió de escritor émigré a visionario de talla mundial. En los ochenta, laureado con el premio Nobel, fue una fuerza política y moral en la Polonia de Solidaridad. Y en los noventa, un prodigio de incesante vitalidad imaginativa, una voz situada a medio camino entre los extremos de Orfeo y Tiresias.

Cronológicamente, pues, Milosz es casi tan viejo como el siglo, pero culturalmente su vida comprende el milenio que está a punto de concluir. Nacido en el seno de una familia católica en las tierras boscosas de Lituania, creció en una cultura que aún tenía memoria de ciertas creencias populares y oscurantistas y de los fulgentes sistemas de la escolástica medieval y el neoplatonismo renacentista. Su experiencia de las crisis ideológicas y militares provocadas por el marxismo y el fascismo hacia mediados de este siglo podría equipararse a las crisis de la Reforma y las guerras de religión que marcaron el ecuador del milenio, del mismo modo que su abandono del extremismo ideológico en los años cincuenta en beneficio de una mentalidad más volteriana podría corresponder al periodo de la Ilustración. Le siguió una etapa romántica, signada por una adhesión absoluta a la poesía y una confianza plena en su "alma profética", y ha terminado instalándose en lo alto de una colina con vistas a la Bahía de San Francisco, como un sabio en su montaña, manteniendo la gravedad del ser al tiempo que respira el aire cada vez más ingrávido, tardo-capitalista y posmoderno de California.

Sin embargo, nada de esto importaría gran cosa si no hubiera recibido el donde, según lo define W. B. Yeats, "articular dulces sonidos juntos". La poesía de Milosz, incluso en traducción, cumple con la vieja expectativa de que la poesía debe deleitar al tiempo que instruir. Ostenta un equilibrio magnífico. La aguja se mantiene firme entre el principio de realidad y el principio de placer: Próspero y Ariel se afanan en poner su peso a ambos lados del argumento. Milosz habita en el medio, a veces trágica y a veces deliciosamente, pues no reniega jamás de sus vislumbres del cielo en la tierra ni de la certeza de que este mundo es un valle de lágrimas.

Hay algo de Virgilio en esta combinación de suspicacia idealista y comprensión melancólica. De hecho, hay algo de Virgilio en el arco total del destino de Milosz, lo mismo como hombre que como poeta. Al igual que el autor latino, Milosz es un niño del campo, que inicia su andadura a ras de suelo, con el grano que madura y los animales que pastan, y la concluye en el equivalente en nuestro siglo de la corte imperial. Ambos poetas han dejado una obra juvenil que es confiadamente "lírica" y que "canta la gloria de las cosas por lo que son", mientras que, en su madurez, y en obras más extensas y elaboradas, han procedido a expresar de manera vibrante y caudalosa su percepción de las lacrimae rerum. El tema central de estas obras son "las armas y el ser humano", y el tono de su poesía se hace por momentos más doliente.

Por ejemplo, una obra relativamente temprana de Milosz, una secuencia lírica escrita durante la guerra y titulada "El mundo: Un poema ingenuo", es una suerte de equivalente en el siglo XX de las Églogas de Virgilio. Los cabreros de Virgilio tocan sus flautas rústicas y participan en certámenes musicales en un érase-una-vez en el que sin embargo planea el fantasma de la realidad contemporánea. Los desahucios, las confiscaciones de tierra y el estrago de las guerras que siguieron al asesinato de Julio César son el fondo oscuro que sostiene el espejo de sus pastorales. Su famosa Égloga cuarta o milenarista, que los apologistas cristianos leerían más tarde como una profecía del nacimiento de Cristo, fue casi con toda certeza una celebración del Tratado de Brindisi, firmado en el año 40 a. de. C. por Marco Antonio y Octavio, de ahí que su visión de un regreso a la Edad de Oro sea la expresión cifrada de una esperanza de paz venidera para el mundo romano, aunque todo lo que el futuro inmediato les reservara fuera la batalla de Accio.

"El mundo", que ocupa un lugar semejante entre lo idílico y lo político, se imprimió originalmente en condiciones clandestinas, en una imprenta manual de Varsovia. En el mismo instante en que los nazis ocupaban la ciudad y los campos de concentración se abrían como bocas infernales por toda Europa, Milosz alzó los ojos a la luz solar y copernicana de su hogar infantil, un territorio donde los ángeles guardianes flotaban en el aire y la seguridad de la casa familiar era percibida como una garantía universal y eterna de armonía y benignidad. El estilo del poema pretende evocar la caligrafía de un cuaderno escolar, con sus tipos grandes y simplificados, y esta sección, titulada "El porche", es la tercera en una serie de veinte:


     El porche, con su puerta que mira hacia el oeste
     Y sus grandes ventanas, toma el calor del sol.
     Desde aquí, todo en torno, puedes tender la vista
     Sobre el agua, los árboles, los prados y un sendero.

     Pero cuando los robles se han cubierto de verde
     Y la sombra del tilo divide los parterres,
     El mundo, en la distancia, se torna una corteza azul, dudosa,
     Una sombra que las hojas llenan de motas.
   
     Aquí, junto a una mesa, dos hermanos
     Dibujan de rodillas escenas de batalla o cacerías.
     Una lengua rosada entre los labios se afana en empujar
     Las formas de los buques, y uno de ellos naufraga.


En él ánimo del poeta estaba conjurar una visión de la tierra de Arcadia, desde el convencimiento irónico de que la única línea de defensa entre esa tierra y la tierra de las pesadillas era la frontera de la escritura, la línea que es preciso trazar entre lo imaginado y lo padecido. Como en el caso de Virgilio, la felicidad del arte era en sí misma un recordatorio desgarrador de la desolación de los tiempos.

No tiene sentido forzar el paralelismo con Virgilio. La imagen que define la imaginación de cada poeta al nacer es la de un niño mecido y acunado en un caparazón, y en cada caso la experiencia de este mundo-caparazón veló gradualmente su entendimiento y bloqueó en gran medida la luz del mundo-cuna, aunque la luz misma no dejó de manar. Baste decir que el retrato de Virgilio que el gran poema en prosa de Hermann Broch sobre su muerte llevó a los altares, el retrato de un hombre alucinado en el centro del universo de la real-politik, un hombre sojuzgado por la memoria incluso a medida que se le empleaba como profeta, un hombre atareado en las galerías subterráneas del lenguaje y a quien otros tenían por guía en los pasillos del poder; baste decir que ese retrato es igualmente adecuado a la figura del poeta que Milosz creó para nuestro siglo.

 Uno de los desafíos que W. B. Yeats le plantea al artista lo bastante privilegiado como para "articular dulces sonidos juntos" es el de procurar que "la civilización no naufrague" y llevar a cabo "la gran tarea del intelecto espiritual". "No hay tarea grande", declaró Yeats en su poema "El Hombre y el Eco", "que no limpie la tabla sucia del hombre". Milosz no eludió esta labor de vigilancia y corrección, y sus escritos en prosa sobre los dilemas morales y políticos de su tiempo son un respaldo indispensable de su poesía y sus novelas. En un libro como La mente cautiva, Milosz se mostró a la altura de las circunstancias históricas con una obra que dice j'accuse a los miembros de su generación en Polonia, los colegas artísticos e intelectuales que, bien por ardor ideológico, bien por cansancio, se derrumbaron en brazos del marxismo. Pero lo que le da al libro una ventaja sobre otros frutos polémicos de la guerra fría es el hecho de que también afirma: "En mi camino sólo rindo cuentas ante la gracia de Dios y ante mi propia soledad." La claridad y el rigor de sus racionalizaciones le sitúan en el mismo plano que Orwell, pero detrás de los análisis políticos e intelectuales uno percibe que su autor está siendo testigo de un drama mucho más antiguo, la lucha entre Dios y el diablo por hacerse con el alma del hombre común (el Everyman de los autos sacramentales del Medioevo).

En otras palabras, Milosz será recordado como alguien que mantuvo con vida la idea de responsabilidad individual en una edad de relativismo. Su poesía reconoce la inestabilidad del sujeto y nos muestra una y otra vez la conciencia humana como un ámbito de discursos contendientes, mas no permite que esta concesión niegue el mandato inmemorial que nos conmina a la firmeza moral y de espíritu. Algo así, en cualquier caso, deja claro en un poema llamado "Ars Poetica?", donde el signo de interrogación en el título no es un gesto trivial, sino una forma de reconocer sus dudas sobre el valor de la vocación poética, una duda por lo demás tan seria como la que podía albergar un cristiano del XIX sobre la verdad literal del Libro del Génesis:


     El fin de la poesía es recordarnos
     Cuán difícil es ser una sola persona,
     Pues tenemos la casa abierta, no hay llaves en las puertas,
     E invisibles huéspedes entran y salen a su gusto.

Hay mucho en juego de principio a fin en la poesía de Milosz. Después de todo, la tradición humanista cristiana —la tradición en que nació y que tuvo un efecto tan formativo en su sensibilidad— fue objeto de amenazas y asedios desde el mismo momento en que su autor tuvo conciencia de sí. Lo que ha nutrido y enriquecido su imaginación es una visión fundamentalmente religiosa, basada en la doctrina de la Encarnación. Esto supone un asentimiento a la desnuda y asombrosa proposición de que mediante la encarnación del Hijo de Dios en la figura de Cristo lo eterno ha intersecado con el tiempo, y que mediante esa intersección los seres humanos, con todo y ser criaturas temporales, tienen acceso a una realidad fuera del tiempo. Tal, después de todo, es la visión que nos ha dado buena parte de lo que es glorioso en el arte y la arquitectura occidentales —la catedral de Chartres y La Divina Comedia, El libro de Kells y Paraíso perdido, el canto gregoriano y la Capilla Sixtina— y que todavía transporta a este poeta a ocasionales pronunciamientos sinfónicos.

"Tal vez olvidamos con demasiada facilidad", dijo Milosz en una entrevista, "la mutua hostilidad de siglos entre, por un lado, la razón, la ciencia y la filosofía de inspiración científica y, por otro, la poesía". La figura del poeta como alguien encargado de una misión secreta y que custodia verdades vitales le resulta muy atractiva. La memoria cultural, viene a decir la obra de Milosz, es necesaria para la dignidad y la supervivencia humanas. La pretensión que hay detrás del uso de grandes modelos preconcebidos en sus poemas es que se escuchen como variaciones de temas antiguos; son patrones que reconocen la aparente fragilidad del trabajo llevado a cabo por artistas y visionarios, pero que aun así lo contraponen sin cesar al trabajo realizado por los ejércitos y otras formas de fuerza opresiva. Las líneas que siguen —que no son sino un canto en honor a la composición poética— constituyen un pasaje de esta índole y conforman el movimiento inaugural de la serie "Desde la salida del sol", escrita en Berkeley a principios de los setenta:



Sea lo que sea lo que lleve en la mano, un punzón, un junco,
      una pluma de ave o un bolígrafo,
     Dondequiera que esté, sobre las baldosas de un atrio, en la
      celda de un claustro, en un salón frente al retrato de
      un rey,
     Atiendo asuntos que me han encargado en las provincias.
     Y comienzo, aunque nadie puede explicar por qué y para qué.
     Tal como lo hago ahora, bajo una nube azul oscuro con un
      destello de azabache.
     Los sirvientes están ocupados, lo sé, en cámaras subterráneas,
     Haciendo crujir rollos de pergamino, preparando la tinta de
      color y la cera de los sellos...

*
     Vastos territorios. Brumosos trenes parpadeantes.
     Los niños caminan junto a un descampado, todo es gris más
      allá de una aldea estonia.
     Royza, capitán de la caballería. Mowczan. Furiosos
      ventarrones.
     Nunca más me arrodillaré en mi pequeño país, junto a un río,
     Para que lo pétreo en mí se pueda disolver,
     Para que nada quede sino mis lágrimas, lágrimas.

Todo lo que me resulta digo de admiración y de confianza en la poesía de Milosz, todo aquello a lo que vuelvo una y otra vez, se halla en estas líneas. El aquí y el cualquier sitio, el ahora y el siempre del momento poético. Aquello que es existencialmente urgente y necesario, pero que ha sido pensado y captado en el lúcido orden de la poesía misma. Cada una de las asociaciones que invocan estas líneas es una clarificación de un misterio no enigmático. Hay algo inevitable en su interior, una sensación de que estamos en presencia de una fuente de sentido.

 "¿Qué es la poesía —se preguntó Milosz en una ocasión— si no puede salvar/ a una Nación o una persona?" La naturaleza exorbitante de esta pregunta es connatural a un superviviente de tiempos oscuros, alguien a quien los sucesos del Holocausto pasaron rozando, y muchos de cuyos contemporáneos murieron en los tiroteos callejeros del Levantamiento de Varsovia. Pero, no obstante esta autoacusación, Milosz es un poeta digno de su siglo porque jamás se ha olvidado de la terrible realidad de estos eventos. Al término de una conferencia en su honor a la que asistí en Los Ángeles en 1998, dijo, cosa típica en él, que si bien se habían discutido numerosos asuntos, no se había prestado suficiente atención al sufrimiento humano. No obstante, en el interior de este hombre que nos recordaba el sufrimiento, que había visto a los tanques borrar países y pueblos europeos, y que había visto llegar las bolsas de cadáveres de Vietnam en el momento candente de la cultura alucinógena de Haight Ashbury; en el interior de este hombre, digo, sobrevivía el niño que había hecho la primera comunión en la edad de la Inocencia; y a pesar de que el "fracaso humano" era algo evidente para el adulto, ello jamás supondría una negación de los raptos y momentos de trance de aquel niño.

Milosz es un gran poeta y tiene un lugar en el panteón del siglo XX porque su obra satisface el apetito de gravedad y alegría que el término "poesía" despierta en todos los idiomas. Restaura la eternidad del niño a la orilla de las aguas, pero expresa igualmente el desaliento del adulto al descubrir que su nombre "está escrito en el agua". En lo que a nosotros concierne, nos ayuda a preservar la fe en aquellos momentos en que estamos súbitamente alertas a la dulzura que es vivir en un cuerpo, pero no nos absuelve de las responsabilidades y castigos que supone ser parte de la vida de nuestro tiempo.

A fin de celebrar este logro, pues, y de dar un ejemplo más de cómo las cosas que pueden parecer endebles o inútiles se pueden transfigurar con la poesía, convertidas en vínculos vitales para el espíritu, concluiré citando la totalidad de un breve poema escrito por Milosz hace más de cuarenta años. El título viene de la primera línea, "Lo que una vez fue grande":

Lo que una vez fue grande, ya se volvió pequeño.
Los reinos se desvanecían como bronces cubiertos por la nieve.

Lo que antes golpeaba, ahora no golpea.
Las tierras celestiales ruedan, ruedan y brillan.

Echado sobre el césped a la orilla de un río,
Como en los viejos tiempos, lanzo mis lanchas de corteza.


CZESLAW MILOSZ





ELEGÍA PARA N. N.

Si es demasiado lejos para tí, dilo.
Habrías podido correr sobre las pequeñas olas del Báltico,
atravesar el campo de Dinamarca, la floresta de hayas,
virar hacia el océano, y ya está, cerca,
el Labrador, blanco en esta estación del año.
Tú, que soñabas una isla solitaria,
si temes las ciudades, el parpadeo de los fuegos sobre las autorrutas,
habrías podido tomar el camino de los bosques sordos,
sobre torrentes revueltos y azules, y rastros del ciervo y del reno,
hasta las Sierras, hasta las minas de oro abandonadas.
El Río Sacramento te habría llevado entonces,
por entre las colinas recubiertas de encinas espinosas.
Todavía un bosque de eucaliptos, y estarás en mi casa.
Es cierto, cuando la manzanita florece,
y la bahía es azul en las mañanas de primavera,
yo pienso a mi pesar en la casa entre lagos
y en las redes recogidas bajo el cielo Lituano.
La cabaña donde te despojabas de tu traje antes del baño
se cambió para siempre en un cristal abstracto.
Y en él está la oscura miel de la tarde, junto al balcón,
y las pequeñas lechuzas, graciosas, y el olor de los arneses.
Cómo podíamos vivir entonces, yo no puedo decirlo.
Las costumbres, los trajes, vibran imprecisos,
inconsistentes, tensos hacia el final.
Es tal vez que pensábamos en las cosas tal como son?
El saber de los años fogosos ha enrojecido los caballos ante la forja,
y las pequeñas columnas en el mercado de la aldea,
y los peldaños de madera y la peluca de Mamá Fliegeltaub.
Mucho hemos aprendido, tú bien lo sabes:
cómo nos es quitado, cosa por cosa, todo aquello que no podía ser,
la gente, las comarcas.
Y el corazón no muere cuando uno creyó que debería,
pero sonreímos, el té y el pan sobre la mesa.
Sólo el remordimiento de no haber amado como se debe
esa pálida ceniza de Sachsenhausen
con un amor absoluto, que no está a la medida del hombre.
Tú te has acostumbrado a nuevos inviernos, húmedos,
a la ciudad donde la sangre del propietario alemán
fue raspada de los muros, y a donde él jamás regresó.
Tampoco yo he llevado más de lo que podía, ciudades y país.
No se puede entrar dos veces en el mismo lago,
sobre hojas descompuestas de abedul,
y quebrando una estrecha estría de sol.
Tus faltas y las mías, no fueron grandes faltas,
tus secretos y los míos, no eran grandes secretos.
Cuando te anudan la mandíbula con un pañuelo,
cuando te ponen una cruz entre los dedos,
y a lo lejos un perro ladra, brilla una estrella.
No, no es porque estés tan lejos
que no has venido el otro día, la otra noche.
De año en año madura en nosotros y nos invadirá,
yo, como tú, lo he comprendido: la indiferencia.

                                                            Versión de William Ospina


Premio Nobel de Literatura en 1980, Czeslaw Milosz (Lituania 1911-2004) 
fue testigo de hechos fundamentales para la historia del siglo xx. Poeta
novelista, ensayista y traductor, nació en un mundo destruido para siempre 
por el nazismo.

ALBERTO SZPUNBERG




I

Pensativa en el balcón
casi como la hoja en el aire
cuando lo único que la agita es la luz,
trémula y efímera como el equilibrio entre el cielo y la tierra
y grave y definitiva como el equilibrio entre el cielo y la tierra.
Sólo ella puede decir que los hombres que caminan allá abajo
son como las nubes que avanzan por arriba, también ella,
formas que cambian al amparo del otoño, o de ella quizás, o del aire suave,         
                 del tierno frío
que parece derramarse sobre el mundo desde sus manos
                           sostenidas en un adiós.


X
  
Ella vuelve al balcón, sonrié, gira
y sus manos sobre mi frente borran toda la sombra de las
                           huellas, todas las prisas.
"trémula y efímera como el equilibrio entre el cielo y la tierra
y grave y definitiva como el equilibrio entre el cielo y la tierra"

Por qué, me pregunta por qué
cuando acaso el amor -la poesía, tan vana si se quiere - es la
                            única coherencia de lo azaroso.


Alberto Szpunberg (Buenos Aires, Argentina, 1940)

De: " Apuntes (1982-1985), Libros de Tierra Firme, 1987

EDGARDO COZARINSKY

Foto: Edgardo Cozarinsky fotografiado en 
Paris por Pepe Fernández, 1974




























La despertó un soplo caliente en la cara, un olor
fuerte que, años más tarde, del otro lado del Atlánti-
co, en otro hemisferio, iba a permanecer en su me-
moria.
Ya antes de abrir los ojos, ese aliento cálido le de-
volvió todo lo que el sueño había postergado: entu-
mecimiento, piernas y pies paralizados por el frío. Ha-
bía dormido envuelta en el pesado capote militar; se
había cubierto con lonas y arpilleras encontradas en
un rincón del cobertizo, y el agotamiento que la ha-
bía derribado inmediatamente postergó también el
asco ante el olor y la suciedad que habían acumulado
esos trapos. Y ahora un aliento animal la despertaba,
y era su calor lo que la devolvía a esa nieve cercana
que unas pocas horas de sueño le habían permitido
olvidar.

Abrió los ojos sin moverse. El ciervo la miraba fi-
jamente. Tenía el pelaje rojizo y jadeaba. Acercaba el
hocico para olerla: primero la cara, luego el pelo; fi-
nalmente se alejó y salió al aire libre. Ella se incorpo-
ró. La puerta de madera del cobertizo había quedado
entreabierta; volvió a ver, ahora bajo el sol débil, in-
deciso de una mañana de enero, la nieve brillante y
en ella las huellas del ciervo, que se perdían entre los
troncos blancos de los abedules, y en esas huellas
manchas rojas, oscuras, de sangre.

Echó a un lado los trapos, la arpillera con que se
había cubierto, y se incorporó. Entreabrió el capote,
deslizó las capas de ropa interior hasta los tobillos, se
puso en cuclillas y orinó. Aliviada, cargó en la espal-
da la mochila y salió al aire helado del bosque. Hun-
día con cuidado las botas en la nieve, evitando la es-
carcha que rodeaba la base de los árboles. A los pocos
metros encontró, tendido, todavía jadeando pero ya
sin fuerzas para alejarse, al ciervo rojo; tenía un flan-
co desgarrado por una dentellada. Qué raro, iba a
pensar años más tarde, cuando esa imagen la visitara
con más tenacidad que cualquier otra: los lobos gri-
ses no dejan escapar una presa antes de acabar con
ella.

El ciervo gemía. Un reflejo compasivo la llevó a
sacar del cinto el cuchillo reglamentario, pero vaciló
en usarlo para aliviar al animal del resto de vida que
agonizaba. Finalmente se alejó. Quería llegar al río an-
tes del anochecer y no tenía idea de la hora.
El río estaba helado y en su parte más estrecha pa-
recía posible cruzarlo con unas pocas zancadas. Pero
ella cargaba unos veinte kilos de lastre cosidos al rue-
do del capote, ya pesado de por sí, y una mochila a
la espalda. Arrojó una piedra sobre la superficie lisa,
luminosa: aunque rebotó sin romper el hielo antes de
quedar inmóvil, no quedó convencida. Buscó con la
mirada algún puente. Lejos, ya cerca de la ciudad, en
una parte más ancha del río, distinguió la sombra ne-
gra, chamuscada de un puente roto, dinamitado sin
duda durante la retirada: aunque sus pedazos se hun-
dían en el hielo parecía posible, aferrándose a ellos,
cruzar el río sin pisar la superficie poco segura. Se pu-
so en marcha en dirección a esa ruina.

Descascarados, ennegrecidos letreros de metal es-
maltado aún declaraban los viejos nombres, hoy can-
celados, de la ciudad: Cieszyn del lado polaco del
puente, C ˇeský Te ˇšín del lado checo, tachados ambos
por una gruesa barra negra; más alto, otro letrero, re-
ciente, aún lustroso a pesar de los impactos de bala,
declaraba el nombre alemán de la ciudad, Teschen, y
en un ángulo el escudo imperial y la inscripción vic-
toriosa: Deutsche Reich. Pero ella no prestó atención
a estas informaciones; las registró sin pensar que años
más tarde las recordaría como datos elocuentes del
momento histórico que había vivido. Pero entonces
sólo le importaba llegar a una meta: Ostrava, de don-
de probablemente aún partieran trenes, trenes donde,
al presentar su salvoconducto, que la declaraba Auf-
seherin en los servicios disciplinarios del Reich, no iban
a rehusarle un lugar en dirección al suroeste, a Brno,
de donde no le sería difícil alcanzar Viena.

La calle principal, o la que supuso tal por su an-
cho, por sus edificios públicos de molduras y atlantes
ennoblecidos por el hollín, por sus comercios atrin-
cherados tras cortinas metálicas, con vidrieras ciegas y
letreros eléctricos apagados, huellas de una pretérita,
suspendida actividad, estaba desierta. Avanzó por la
calzada en medio de un silencio que no hubiese es-
perado encontrar en una ciudad. Un tranvía incen-
diado yacía sobre sus rieles, imponente y anodino
como la carcasa de algún animal prehistórico; en uno
de sus lados permanecía adherido, aún legible, un afi-
che de la opereta Das Land des Lächelns, que se pre-
sentaba, o se había presentado, acaso hasta poco antes,
en el teatro municipal. («El país de las sonrisas»: años
más tarde, ese título le iba a parecer irónico para ese
lugar y esa fecha; en el momento en que lo leyó no
la hizo sonreír.) Lejos, de algún suburbio, asomaban
chimeneas de fábricas pero ningún humo; partículas
de carbón, sin embargo, flotaban en el aire: se habían
ido depositando sin llegar a imprimir puntos negros
en la nieve, más bien disolviéndose hasta conferirle
una pátina de color gris acerado.

Buscaba algún cartel que indicase el camino hacia
la estación de ferrocarril, aunque empezaba a sospe-
char que ningún tren partía ya de la ciudad. Detrás de
la ventana de un segundo piso, vio a una niña con la
mirada perdida en una lejanía indefinida; le sonrió y
la saludó con un movimiento de la mano; no hubo
respuesta, y al observarla más detenidamente advirtió
que sus ojos estaban cubiertos por una membrana
blancuzca.

Tenía frío. Sólo comía, disciplinadamente, un cua-
drado por día de la barra del chocolate vitaminado
reservado para los soldados que evacuaban los restos
de las cámaras de gas. Había dejado las oficinas ad-
ministrativas del campo en la mañana del 25 de di-
ciembre, mientras los pocos oficiales que no lo habían
abandonado dormían sin despertarse entre eructos
con aliento a schnaps, bajo adornos navideños que
habían llegado de Berlín una semana antes, trenzas de
papel dorado para tender entre las ramas de los pinos,
guirnaldas de muérdago artificial (Kunststoff), con ba-
yas rojas, para colgar sobre las puertas, lamparitas de
colores que habían estallado ante la irregular descarga
eléctrica de los enchufes del campo.

Semanas antes había escuchado los primeros ru-
mores sobre el avance del Ejército Rojo. «Antes de
matarte, te van a violar docenas de comunistas y ju-
díos», le había susurrado al oído, riéndose, el cabo
Grudke; «imagínate el olor...» Como había aprendido
a hacerlo siempre que una palabra dicha podía com-
prometerla, ella guardó silencio; tampoco sonrió ni
demostró miedo. Sabía que el cabo tenía las llaves del
depósito donde se almacenaban, entre las bolsas de
arpillera que guardaban el pelo destinado a una fábri-
ca de pelucas y postizos de Munich, otras bolsas más
pequeñas, de algodón, cerradas con un pequeño can-
dado, llenas de dientes de oro. Le clavó los ojos y dejó
aparecer en su boca un atisbo de sonrisa: «Pues si es
eso lo que nos espera, bebamos por nuestra última
Navidad...», murmuró, manteniendo, desafiante, la
mirada en los ojos del cabo, ya alcoholizado. Él abrió
otra botella de Malteser Kreuz. Ella se mojó los
labios mientras él tragaba el contenido del vaso.
                                                                     Más tarde,
incapaz de lograr una erección, Grudke cayó dormi-
do a su lado. Ella se alisó la blusa que él había ma-
noseado y se incorporó. No tuvo dificultad para en-
contrar la llave, atada al cinturón del uniforme del
cabo.

Ahora avanzaba cada vez menos convencida de
haber acertado con el camino que la llevase a la esta-
ción de tren. Llegó a una plaza desierta, que debía de
haber sido la principal de la ciudad, y vio un carro va-
cío estacionado ante una pequeña puerta, a un lado
de una fachada imponente. El caballo, cubierto con
una manta agujereada, resoplaba con dificultad. Se le
acercó y le pasó una mano por el lomo: estaba ca-
liente a pesar del frío; inmediatamente se frotó la cara,
primero una mejilla, luego la otra, contra esas crines
de olor acre que le trasmitieron un poco de calor. Ce-
rró los ojos. Pensó que podía dormirse así, de pie, con
la cara sobre esa almohada viva, palpitante. Dejó pa-
sar unos minutos hasta sentir que los pies, a pesar de
las botas y los zoquetes de lana, al estar inmóviles so-
bre la nieve empezaban a entumecerse.

De ese entresueño la arrancó una voz de hombre.
–Was wollen Sie, was machen Sie hier?
Estuvo a punto de contestar con la imitación del
idish, o más bien de alguna de las variedades de acen-
to idish que había aprendido a imitar de los prisione-
ros, pero inmediatamente recapacitó: el hombre le ha-
bía hablado en alemán, con apenas un dejo de acento
checo.
–Ich möchte nach Ostrau, nach Brün...
–Kommen Sie herein.

El hombre no la invitaba, más bien le daba una or-
den. Pequeño, de barba blanca amarillenta, tan desco-
lorida como su gorro de lana, la condujo, rápido y se-
guro, por pasillos y entrepisos, depósitos atestados de
telas enrolladas, jaulas doradas, sillas tapizadas de pana
escarlata, un farol de cartón, objetos que en un primer
momento le parecieron incongruentes, que sólo más
adelante comprendería que eran decorados y acceso-
rios de teatro. La agilidad de su guía contradecía la
edad que sugería su aspecto. Finalmente llegaron a una
plataforma y descubrió frente a ella una platea apenas
iluminada por las llamas de gas de dos picos, a ambos
lados de lo que ya había reconocido como un escena-
rio. Detrás de ellos aún colgaban telas polvorientas
donde la pintura resquebrajada representaba pagodas,
sauces llorones y un puente corto, color de lacre, so-
bre un río de color turquesa. En medio de las tablas
había un calentador a alcohol y sobre su llama una ca-
cerola y en la cacerola una mezcla cálida, fragante:
aguardiente, clavo de olor y azúcar negra.

El hombre tomó dos tazas de hojalata y las llenó
del grog. Ella le agradeció con una sonrisa, sin hablar.
Por primera vez desde que había abandonado el cam-
po empezó a sentirse segura, paradójicamente frente a
un desconocido, en el escenario de un teatro aban-
donado, tierra de nadie, refugio de una ficción bara-
ta. Aquí, pensó, podría hacer un alto, acaso descansar.

Tres días antes había elegido un pasaporte con la pa-
labra «Jude» estampada en letras góticas por un sello
de goma, cruzando el nombre de Taube Fischbein,
una mujer que había ingresado en la cámara de gas el
mes anterior. Nadie advertiría la desaparición de ese
documento: era ella la encargada de quemarlos todos
los lunes. La fotografía, tomada en tiempos menos
aciagos, mostraba un rostro sonriente; la identifica-
ción declaraba pelo castaño, ojos marrones, como los
suyos. ¿Cómo justificar que, aunque delgada, ella no
pareciera haber sufrido privaciones? Sin excesivo op-
timismo, pensó que podría explicarlo, simulando la
debida vergüenza, por el empleo como judía encar-
gada de la disciplina de algún pabellón: las kapo te-
nían derecho a raciones suplementarias.

Sentados en unos bancos bajos alrededor del ca-
lentador, él le explicó que la mayoría de las líneas de
ferrocarril estaban interrumpidas o circulaban irregu-
larmente, sin horarios fijos, que sólo algunos convo-
yes militares de la Wehrmacht pasaban por la estación
de Ostrava. Él podía llevarla en el carro hasta Brno:
tenía que devolver al teatro de esa ciudad, sin más de-
mora, la escenografía de la opereta que se había re-
presentado en Teschen hasta cinco días antes. A ella
no le pareció absurdo este escrúpulo de puntualidad
en medio del caos: en el campo mismo, muchos em-
pleados, incluso los encargados de vaciar las cámaras
de gas, se empeñaban en respetar las tareas y horarios
cotidianos, y si alguien mencionaba ante ellos el avan-
ce del Ejército Rojo, replicaban indignados que se tra-
taba sólo de rumores, difundidos desde Londres por
la judería internacional.

Ofreció su ayuda para empacar kimonos y abani-
cos, para enrollar telones que sucesivas capas de pin-
tura habían ido dejando cada vez más rígidos, donde
se descascaraban gradualmente paisajes orientales. El
hombre la rechazó con un gesto breve donde se re-
sumía su orgullo profesional («yo sé cómo se hace»)
y la invitó a dormir en uno de los palcos mientras él
se ocupaba de su tarea. Ella se acostó precariamente
sobre dos butacas que colocó lado a lado y, después
de distraerse un momento observando las cucarachas
que circulaban sobre la felpa roja del reborde, se dur-
mió sin que la incomodidad de su posición la des-
velara.

Se vio avanzando por una Viena recordada, que
en el sueño veía próspera y alegre como nunca la ha-
bía conocido, como no lo había sido desde el final de
la otra guerra. Avanzaba en medio de la nieve, sin frío
ni esfuerzo, como si no llevara cosidos al ruedo del
capote militar veinte kilos de dientes de oro. Buscaba
a cincuenta metros del Schottenring al joyero que ha-
bía entrevisto en su infancia, el hombre con quien se
acostaba su madre. Él tenía que reconocerla: la deja-
ba jugar, a ella, la hija de la sirvienta, con collares y
pulseras de fantasía mientras los grandes hacían cru-
jir el diván de la trastienda y del lado de adentro de
la puerta se balanceaba un cartón que anunciaba
MITTAGSPAUSE. Sí, él no podría dejar de comprarle el
botín que le permitiría huir de Europa antes que Eu-
ropa desapareciera para siempre bajo los soviéticos y
los norteamericanos. Ella no entendía de política,
sólo sabía que todos se las iban a arreglar para sobrevi-
vir bajo los nuevos amos, menos ella y los suyos, mar-
cados por un servicio que los judíos no perdonarían.

Ese sueño, impregnado de impaciencia y deseos
tan fuertes que borraban toda angustia, toda incerti-
dumbre, iba a volver varias veces, después de aban-
donar el refugio del palco para subir al pescante del
carro, donde cada barquinazo la despertaba entre ár-
boles blancos, esqueléticos. Entreveía al borde del ca-
mino a individuos, a familias enteras que arrastraban
en la nieve carretillas cubiertas por lonas, cargadas sin
duda con bienes que imaginaban salvar del desastre.
El hombre –en algún momento advirtió que no sabía
su nombre, que se había confiado a un desconocido,
a un grog y a un palco de teatro donde descansar–
azuzaba al caballo sin obtener más que un trote fati-
gado, resoplidos espasmódicos, ninguna energía. Al
anochecer se levantó viento y la nieve empezó a gol-
pearles la cara.

En las afueras de Ostrava durmieron en un establo.
El hombre anudó las riendas del caballo a su brazo de-
recho para despertarse si intentaban robárselo. Cuan-
do ella se despertó, él ya estaba de pie y ponía en la
boca del animal pienso que había descubierto amon-
tonado en un rincón. El caballo masticaba sin entu-
siasmo. Recordó entonces que el hombre había paga-
do por ese precario alojamiento y sin duda también
por ese alimento ya seco; extrajo de un bolsillo ante-
rior la barra de chocolate vitaminado y le ofreció un
cuadrado. Él lo examinó sin ocultar su admiración.
–Schweizer Schokolade!

Y para justificar su reacción buscó en un bolsillo
el resto de una oblea recubierta de chocolate. El pa-
pel anunciaba la marca Olza. Se la mostró riendo. Ese
nombre, que para tantos polacos y checos era el del
chocolate más popular, para ella era sólo el del río he-
lado que había tenido que cruzar entre ambas seccio-
nes de Teschen.
Un sol tímido se abría paso entre las nubes. Ha-
bían vuelto a sentarse en el pescante, el carro había re-
corrido apenas un centenar de metros, cuando de
pronto, sin un gemido de advertencia, el caballo se des-
plomó y el carro quedó ladeado, parte de su carga
desparramada sobre el empedrado. Más sorprendida
que asustada, se incorporó y observó al hombre que
se inclinaba sobre el caballo, le hablaba, lo acariciaba,
finalmente se echaba a llorar sobre él.
Ella no se demoró en ese momento de duelo. Re-
corrió con la mirada el poblado suburbano en medio
del cual se hallaba hasta descubrir una silueta que se
desplazaba rápidamente, pegada a la pared de la vere-
da de enfrente, cabizbaja, sin atender al llanto y a la
muerte que ocupaban el centro de la calzada: una mu-
jer con la cabeza y los hombros envueltos en un chal.
Se le acercó y sin titubear le preguntó en alemán por
la estación de tren. La mujer no alzó los ojos ni ha-
bló. Con la mano indicó una dirección y continuó su
camino. Ella miró una vez más al hombre que llora-
ba sobre el caballo derrumbado. Luego se alejó.
Iba a recordar esa imagen, ante la que sólo se ha-
bía demorado unos segundos, con más nitidez que los
episodios siguientes: la calesita abandonada donde
durmió en las afueras de Brno, primero sentada en un
minúsculo cupé que alguna vez había estado pinta-
do de blanco y dorado; luego, cuando el frío la obligó
a buscar abrigo, en el cilindro central, en medio del
olor a metal herrumbrado y a bosta seca; las horas
echada sobre un banco de madera en la sala de espe-
ra de tercera clase de la estación de tren de Brno, por
donde ningún tren pasaba. De allí quiso desalojarla
el jefe de estación, el mismo que, después de inten-
tar devolverla a la intemperie, se había apiadado y la
había invitado a su casa, un pequeño pabellón de ar-
quitectura fantasiosa edificado a un extremo del an-
dén; la sopa de nabos y repollos que le había servido
su esposa y, sobre todo, el baño caliente que le habían
ofrecido, y que ella vaciló en aceptar por miedo a des-
prenderse del capote donde cargaba toda su esperanza
de porvenir, hasta que finalmente se decidió a sentar-
se en una especie de palangana, en medio de la coci-
na, con el capote visible sobre una silla cercana.
Al alivio de una higiene rudimentaria sucedió el
disgusto de volver a vestirse con prendas sucias, que
ahora picaban sobre la piel limpia, que olían como
antes no lo había advertido. Se preguntó qué la hacía
merecer, por segunda vez, la hospitalidad de desco-
nocidos. No podían tomarla por checa... ¿Simpatiza-
ban con el ocupante alemán? ¿Y si la creían judía?
Mientras la esposa del jefe de estación aceptaba su
ayuda para lavar los platos, oyó por primera vez, en
el alemán aproximativo en que la mujer pronunció
pocas palabras, una que respondió a sus dudas:
–... eine Vertriebene...
Sí, era eso: la reconocían como una fugitiva, y esa
condición importaba más que su identidad registrada
en cualquier documento, más que los poderes en con-
flicto de los cuales quería escapar: ante los ojos aje-
nos, era una mujer que huía y eso bastaba.


                                         Frag. de Lejos de dónde, Tusquets, 2009


EC(Buenos Aires, 1939) en 1974 se instaló en París y, desde 1988, 
alterna su residencia entre Buenos Aires y la capital francesa. 
Cineasta además de escritor, ha dirigido películas como La Guerre 
d’un seul homme.
De su obra literaria destacan los ensayos Museo del chisme y El pase 
del testigo y los volúmenes de relatos Vudú urbano.