jueves, 12 de julio de 2012

ELIZABETH BISHOP





EL ICEBERG IMAGINARIO


Preferíamos el iceberg al barco,
aunque significase el fin del viaje.
Aunque estuviese en calma como nublada roca
y todo el mar fuese mármol en movimiento,
preferíamos el iceberg al barco:
preferíamos tener esta llanura de nieve que respira
aunque estuviesen tendidas sobre el mar las velas
como, sin disolverse, la nieve sobre el agua.
Oh solemne campo flotante,
¿eres consciente de que un iceberg reposa
contigo, y que podría en tus nieves pastar cuando despierte?

Esta es una escena por la cual un marinero daría sus ojos.
Se ignora el barco. El iceberg asciende
y se hunde de nuevo: sus cristalinos pináculos
corrigen las elipses en el cielo.
Esta es una escena en donde el que pisa las tablas
es retórico por naturaleza. El telón
es lo bastante ligero para subir con las más finas cuerdas,
que provocan airosos remolinos de nieve.

En estos blancos picos el talento
compite con el sol: el iceberg desafía su peso
en un cambiante escenario, y permanece mirando fijamente.

Este iceberg talla sus caras desde dentro.
Como las joyas de una tumba,
perpetuamente se salva a sí mismo
y sólo a sí mismo se adorna,
quizá a las nieves, que así nos sorprenden flotando en el mar.
Adiós, decimos, adiós, el barco pone rumbo a mar abierto,
donde las olas se entregan a otras olas
y las nubes corren por un cielo más cálido.
Los icebergs invitan al alma
(ambos haciéndose a sí mismos con los elementos menos visibles)
a verlos así: corpóreos, hermosos, erguidos, indivisibles.


                                         Elizabeth BishopObra poética, Tarragona: 
                                         Ediciones Igitur, 2008



JOSEFINA LUDMER




Puig y Sarduy. Recuerdos literarios.


Tengo algunos recuerdos personales de estos escritores que no solo cambiaron la representación literaria en América latina sino que murieron de sida y en el exilio.
Los dos se asocian para mí con el espíritu de los ’60 y los ’70, con la transgresión y la revolución  política, sexual y literaria.

Con Puig fuimos bastante amigos a principios de los ’70. Vivía con sus padres; yo lo visitaba a la hora de la siesta; las paredes de su cuarto estaban tapizadas de fotos de estrellas y eso me fascinaba y me hacía revivir los 13 años. Cultivábamos lo viejo: veíamos películas viejas y salíamos a vagar de noche por las zonas viejas de Buenos Aires.

Más de una vez fuimos juntos  a brujos y tarotistas. Nunca hablábamos de literatura sino de nuestros nombres o nuestra presencia pública en la sección literatura. Puig pudo ver claramente la relación directa entre los medios y la literatura  que se abrió en América latina en ese momento, y que es el centro de su escritura.  Escribía de mañana, iba todos los mediodías al correo, y a la tarde visitaba sistemáticamente, cada dos o tres días, a los amigos de las redacciones de los diarios y revistas de moda.

 Les llevaba su foto estilo Tyrone Power y alguna novedad sobre su obra. El escritor ya es, en ese momento, un personaje mediático. La materia de la escritura proviene de la imagen, y el centro de la escritura es la transgresión.
Antes de Puig la literatura se escribe con una biblioteca (aunque sea una biblioteca pobre, de folletines y libros baratos, como en Arlt) ; en La traición y también en De dónde son los cantantes la literatura latinoamericana se escribe con la radio, la televisión y el cine.

Con Puig entra en la literatura lo que se llama la cultura popular argentina, con su mezcla de localismos y de imperialismos, tal como circula en los medios. El pasaje de la biblioteca a los medios cambia la idea de lo popular y de lo literario.

Unos años más tarde bailé tangos con Sarduy en la Boca. El había dado ese día una conferencia donde enunció el ranking literario definitivo. Dijo Sarduy: “Primero Góngora, segundo Lezama, tercero yo”. Y mientras bailábamos me insultaba suavemente por no haber escrito sobre su obra.
Puig y Sarduy no hablaron conmigo de literatura sino de su presencia material  y pública en la literatura: en los medios y en la crítica. Y de eso otro,  o de ese otro,  está hecha su escritura.

Los dos representaron la transgresión en todas sus formas: transgresión discursiva, erótica, literaria y política. En los ’60  y ’70, con la teoría del texto, se creía en  la equivalencia metafórica entre trangresión y revolución: entre  violación de los tabúes sexuales, violación de las normas discursivas, y revolución social. En su momento fueron escritores escandalosos pero yo los reivindicaría hoy como escritores políticos.

Fueron prohibidos y acosados por la censura latinoamericana; en el caso de Puig (que es el que más conozco) desde el comienzo mismo de su escritura: La traición de Rita Hayworth (1968) fue censurada en España y en la Argentina.

Triunfó en Francia con la edición de Gallimard. En 1973 The Buenos Aires Affair fue secuestrada por la censura porque se representaba allí la masturbación de una mujer. El beso de la mujer araña, prohibida en 1976 por la dictadura militar, ganó en 1982 en Italia el premio a la mejor novela latinoamericana. Allí se representa directamente, sexualmente, la relación transgresiva entre las dos revoluciones y sus discursos y cuerpos.

La revolución política, “la revolución”, tenía que unirse íntimamente con la revolución sexual y literaria.


Puig y Sarduy muestran una configuración literaria nueva. Escribieron sobre los signos y la circulación, y también inventaron tonos y ritmos, otros m odos de narrar y otras subjetividades.

RAÚL BARÓN BIZA


Mi foto



Fue a un club náutico llamado San Isidoro, uno de esos clubes en que se juega al golf para entretener la impotencia del marido y al tennis, para mantener en forma al amante. Lo habían invitado para aquel party a bordo en la curiosidad de circo, de conocer ese hombre famoso ya en su fortuna y sus amores. Se murmuraba de él, se creaban mitos y degeneraciones, se le atribuían orgías fantásticas en que las mujeres dopadas eran bestializadas en misas negras.

Y los creaban aquellos que por la ley de la vida habían nacido con la tara de los cornudos. Aquellos que reunían desde su nacimiento los caracteres peculiares de los nacidos como para justificar el engaño, de esos eunucos de alma, tarados por el miedo a la cárcel o del qué dirán. Predestinados a la cornamenta cuando tuvieran la primera hembra...

Intuitivo, aquel señor de la comisión directiva comentó molesto su presencia a bordo: -¡Si pudiera echarle una bolilla negra!- pensó recordando su valentía, amparada en el reglamento.

En la presentación aquel señor haciéndose el distraído, evitó la mano de Ego, que fue compensado con una exhibición de dientes perlados, en la sonrisa acogedora de la esposa.

No era bonita, no era joven, no era rica y sin embargo la antipatía del marido lo llevó hacia ello. Cobrarse el desaire entre las piernas de la mujer.
Mientras que el marido jugaba al bridge en el pequeño salón de popa ellos juntos con otros invitados se tendieron en aquel caluroso atardecer, entregándose a la luz. La había contemplado moverse en la pequeña cubierta, ágil y segura, ondulante como las aguas que velozmente cortaba la afilada proa del barco, y al tercer cocktail conversando a su lado chocan casi sus alientos, se confesó que sería delicioso engañar a aquel señor de aristócrata apellido. El sol no quiso ser testigo del asunto, complicarse en los problemas de los hombres. El frío ahuyentó los compañeros, y el jardinero de la noche se puso a sembrar estrellas en vez de dar un toque de clarín en salvaguardia de la moral.

¡Qué fácil fue la aventurita aquella!

-Yo detesto –le dijo Ego- el match-as-catchcan en el amor. La violencia de los gestos es un síntoma de inferioridad intelectual, es sólo un derecho animal. No creo –agregó- que el amor, siendo un sentimiento pueda tener plazos determinados. Yo la amo a usted como si le hubiera hecho la corte hace años...

El señor del mundo seguía sembrando estrellas, el marido perdiendo renta de la esposa, en cubierta abrigados por una manta sobre aquel colchón mullido ella y él, un hombre complicado y una mujer simple.

El instinto hizo a ese hombre abandonar la mesa de juego en busca de ellos. ¡Qué ridículo habría estado jadeando sobre aquella hembra, cuando percibió al que legalmente tenía más derecho a aquel orificio! Congestionado el rostro a la difusa luz de las farolas; rojo de ira, con el puño en alto avanzó hacia ellos escupiéndoles con voz de sordina: -¡Miserables!... Y dirigiéndose a la mujer le ordenó: ¡Baja! ¡Vete!

Se quedaron ambos sobre cubierta, presto Ego a la defensa, previendo la lucha, arrepentido quizá de haber expuesto la vida en aquella aventura. Sería una dicha digna de la cámara, lástima de no filmarla.

-No lo mato –empezó- porque yo tengo más que perder... No amo a mi mujer y sólo temo al ridículo. Yo soy un hombre moral que vive dentro de una sociedad y la respeta... no como usted que carece de todo concepto de hospitalidad y de señor.

Ego estuvo, pasado el primer momento de temor, a punto de dar rienda suelta a su hilaridad. ¡Pues señor! ¡Claro que carecía de toda moral y carecería mientras viera frente a sí hembra que le agradara, por más esposa que fuera del más calificado de los miembros de la comisión directiva del club náutico San Isidoro o San Benito!
-¡Le prohíbo que divulgue lo acontecido! –rugió iracundo- Mi nombre no puede verse expuesto a un escándalo y menos entremezclado con el suyo...

A Ego se le hizo una niebla en el cerebro. ¡Ah, la aristocracia! Aristocracia de aluvión; con arranques de judíos y torquemadas; aristocracia de nieto de inmigrante, aristocracia con origen de soldadesca que ha perdido todas sus virtudes y conservado todos sus defectos.

-Y sépalo, si nos volviéramos a encontrar, ¡no me salude!... – ordenó alejándose.
Ego, miró su miembro que flácido colgaba fuera de sus pantalones, olvidado en aquella mezcla de emociones. Lo guardó, abrochó su bragueta, limpió su mano en el pañuelo y pensó que más que no haber gozado de esa hembra le dolía el ridículo ante aquel cornudo distinguido.



(Fragmento de "PUNTO FINAL")

PUBLICADO POR AMIGOS DE BARON BIZA

JORGE BARÓN BISA




LEYES DE UN SILENCIO


Arón pidió que su cuerpo fuese cremado y las cenizas esparcidas en torno del monumento que le había construido a Cloé. Cuando llegamos, advertimos que el terreno que quedó como propiedad familiar en torno del obelisco de más de sesenta metros, después de las ventas apresuradas de Arón, era tan pequeño que no había espacio suficiente para esparcir las cenizas.

Antes de morir, hubo de imaginarse una ceremonia crepuscular, entre los olivares que sembró en su estancia, y que treinta años después prosperaban a pesar de que nadie los cuidaba desde mucho tiempo atrás. Suponía que sus cenizas sutiles se adherirían a las hojas o se infiltrarían en el suelo para alimentar las raíces y aparecer transustanciadas en la pulpa de los frutos. Quería que su cuerpo se incorporase a la tierra y estaba convencido de que de ese modo iba a cambiar el mundo. Pero en los tiempos de su entierro efectivo, a mediados de los sesenta, los olivos ya estaban vendidos, del otro lado del alambrado. La tarde era oscura, ventosa, y la luz se había quedado del otro lado de las nubes.


Nos reunimos, mi tío Juan María, el cuidador del monumento, una amiga de Juanito que se escondió en el coche y echaba temerosas miradas azules, y yo... además de Arón, que ya cabía en una caja cúbica de unos treinta centímetros de cada lado. Una vez que comprobamos que por falta de espacio, resultaba imposible cumplir la voluntad póstuma del cenizado, todos dudamos largamente. El cuidador propuso subir hasta la cumbre del monumento y arrojalas desde allá. Era el único poeta del grupo, sin duda, pero ya la anciaidad no le permitía caminar, y muchos menos los doscientos cuarenta y un escalones del monumento. Yo consulté el nivel de mi petaca y supe que tampoco podría hacerlo. El tarambana de Juan María pensó unos segundos y racionalizó:


- Es un disparate. Las cenizas van a caer en cualquier parte. Hasta nos pueden acusar de diseminar sustancias tóxicas. ¡A ver! - se dirigió al cuidador con un billete en la mano -. Cave un pozo de unos cincuenta centímetros. Mañana compre un olivo y plántelo en el pozo.


Cuando el cuidador empezó el trabajo, él se fue a charlar con su amiga. Yo me senté, alejado, mirando a contraluz la figura del viejo servidor canoso -todavía fiel y enamorado de Cloé- que se esforzaba con la pala. Tomé unos sorbos. Una vez que el cuidador hubo terminado su tarea con dificultad y sin ayuda, nos quedamos esperando largo tiempo que Juan María regresase. Lo tuve que llamar. Volvió de mala gana.


-Ah, ¡no! señor Juan María, con los difuntos no quiero tratos.


El cuidador se alejó ofendido y asustado. El sol estaba en las últimas, y las sombras se convirtieron en grandes manchas a las que apenas aparecían adheridos los cuerpos. Juan María permaneció a cinco pasos del pozo y de la caja; me miró con calma. Mascullando quité la tapa. El polvillo en reposo resplandeció en la penumbra acechante. Tomé un sorbo de la petaca y sin pensarlo dos veces volqué las cenizas sobre el pozo, en el preciso instante en que se levantó una ráfaga. La mayor parte llegó al fondo, pero una cantidad apreciable se arremolinó en torno de mí, haciéndome toser cada vez más fuerte a medida que las partículas impalpables descendían por mis pulmones. Tomé dos largos tragos de la petaca, mientras una nube de retazos plateados se alejaba más allá del alambrado, hacia los olivos.


- ¡Mirá cómo te has ensuciado! - exlamó Juan María, y fue a cubrir con diarios el asiento trasero de su coche.


Me llevó directamente a la estación de ómnibus, porque yo tenía que regresar a la capital para atenderla a Eligia en la clínica, y él quería irse con su amiga.


En el baño de la estación me lavé las cenizas más evidentes, las que habían quedado encima de mis cejas y en mis manos. También pude sacudirme en parte las que habían quedado sobre mis pantalones y el blazer de gabardina gris oscura con cinturón (modelo que había copiado a Arón). Pero muchas de las limaduras de lo que había sido un cuerpo se resistían a dejarme, principalmente las que se habían instalado en mis cabellos tiéndolos de canas. Durante las diez horas de viaje, estuve metiéndome los dedos en als orejas, la nariz, la pechera y el cuello de la camisa, de manera que mi compañero de asiento se mudño prudentemente, convencido de que yo estaba ensarnado o apestado.


YEGUAS DEL APOCALIPSIS




El Campus Las Encinas de la Universidad de Chile fue, en 1987, el escenario para la irrupción de una propuesta estética inédita en el país. Los entonces estudiantes de literatura Francisco Casas y Pedro Mardones (Lemebel) ingresaron completamente desnudos, montados a caballo en la Escuela de Artes de esa casa de estudios. 

Ambos precursores, contestatarios y orgullosos de su condición homosexual, se autodenominaron “Las Yeguas del Apocalipsis”, satirizando a los jinetes bíblicos, en su “versión femenina”. Mardones reemplazó su apellido paterno por el materno, Lemebel; desde ese momento y hasta 1995 sus apariciones públicas no disminuyeron en audacia y riesgo. Abordando medios de expresión artística como la performance, el travestismo, la fotografía y las instalaciones visuales, ponían en el tapete temas de sexualidad y derechos humanos, candentes y a la vez tabúes de aquella época.


Al estilo de una legión, Las Yeguas del Apocalipsis eran el terror de lanzamientos de libros y exposiciones de arte; nunca se sabía cuándo podrían aparecer y con qué acción podrían sorprender al público. En Concepción, se enterraron en cal y quedaron despellejados durante un mes. En la Comisión Chilena de Derechos Humanos (1989), bailaron descalzos una cueca sobre un mapa de América Latina cubierto de vidrio. En la Galería Bucci (1990) hicieron una recreación de la famosa pintura “Las dos Fridas”. 

Para el encuentro de intelectuales con Patricio Aylwin (1989) durante su candidatura, subieron al escenario con tacos y plumas y extendieron un lienzo con la frase “Homosexuales por el cambio”; al bajar del estrado, Casas se lanzó sobre Ricardo Lagos, entonces candidato a senador, y lo besó en la boca.
Otra de sus performances, titulada “Los que el Sida se llevó” (1989) y realizada en el Instituto Chileno Francés, los puso en contacto con el fotógrafo Mario Vivado para la realización de una serie de retratos. Tras más de dos décadas, el fotógrafo desempolva estos archivos, muchos de ellos inéditos, y los exhibe a partir del viernes 29 de abril en la Galería D21.

Este material resulta enriquecedor para documentar episodios significativos de nuestro arte reciente. Las acciones de “Las Yeguas del Apocalipsis fueron escasamente registradas, destacándose en este rescate casi exclusivamente el trabajo fotográfico de Paz Errázuriz.
La exposición “Lo que el Sida se llevó” consta de 24 imágenes, realizadas para acompañar la performance homónima. 

Ésta consistía en la representación de un dolido San Sebastián atravesado por jeringas. En una sesión de cuatro horas, compartidas con vino y muchas risas, el fotógrafo Mario Vivado retrató a “Las Yeguas del Apocalipsis”, con la supervisión de la bailarina Magaly Rivano para las posturas corporales. Muchas de esas imágenes finalmente no se utilizaron para acompañar la acción del Instituto Chileno Francés, y serán exhibidas por primera vez en D21. En ellas aparecen Casas y Lemebel caracterizados como BusterKeaton, Marilyn Monroe, las hermanas de “La Casa de Bernarda Alba”, entre otros personajes clásicos.


Con la colaboración de Jorge Zambrano como curador y director de arte, el fotógrafo Mario Vivado elaboró un montaje especial para la galería D21, con obras en blanco y negro tratadas con blanqueador, y color, que lograrán revivir a uno de los colectivos más innovadores que ha tenido la escena artística nacional.

“Las Yeguas del Apocalipsis” se fueron disolviendo gradualmente; su última intervención tuvo lugar en la Bienal de La Habana 1996. En adelante, han seguido desarrollando destacadas carreras literarias en forma independiente. Hace muy poco, el curador internacional Gerardo Mosquera incluyó registros de sus trabajos en la exposición “Crisis Americalatina: Arte y Confrontación 1910-2010”, realizada en el Palacio de Bellas Artes de México D.F., donde el arte chileno – y en especial “Las Yeguas del Apocalipsis”- tuvieron un rol preponderante.


NÉSTOR PERLONGHER





ACREDITANDO EN TANCREDO

El que en la cuenta acredita
del candidato amigable
descubre, cuando ya es tarde,
que se le ha ido la guita
y que lo que le debían
ya no lo puede cobrar,
ni siquiera protestar
por tamaña tropelía,
apenas chuparse el dedo
porque todo lo he pasado
Acreditando en Tancredo.

Ya no hay guerra: todo es paz.

El matrero y el falaz
se juntan con el sotreta
para arrancarle al atleta
de la inclinada nación
del sacrificio la teta
—mas después del papelón
sí se jodio no fue al pedo
porque todo le ha pasado
Acreditando en Tancredo.


A la gran conciliación

llaman las huestes torcidas;
no todo es lucro en la vida,
se regocija el patrón
al hacer la usurpación
de rebanarle una oreja
al obrero que se deja
coger, con satisfacción
sin emitir una queja
pueden cogerlo sin miedo
que él mismo se lo ha buscado
Acreditando en Tancredo.

Hay que ser muy respetuoso

si en la calle te patean,
es mejor hacerse el oso
y no entrar en la pelea,
pues puede aquél que te ataca
estar cumpliendo un anhelo
y no es por tomarte el pelo
ni por romperte la caja,
pero ése que te la encaja
está currando una alianza
que le rellena la panza
y le ajusta justo el dedo
la joya que has empeñado
Acreditando en Tancredo.

¡Vos misma lo quisiste! Te lo dije.

Agitaban las borlas el rudo carmesí
y como a vos se te rajaba un dije
lo mejor que podías hacer era darle pronto el sí.

Los obreros de la molinera

se arremolinan en el ruedo
de la molienda que les orea
el pelo entrecasto de canes.

Por más que chongos los afanes,

son irremisiblemente viejas
y van arqueándose en los toboganes
a que su decadencia las condena:
han preferido dejar de pensar
y entregárselo todo al que se muestra
orondo el labio, irregular la testa
aunque excepcional en la molienda
de los trastos aunados en el camarín,
lujo de rajes o de robes, hurtas
de la cachila transpapelar el regodeo de una espina,
chorreante o huera, que te pincha
en el punto del ojo
donde veías pasar a los billetes uncidos a las pistolas y a los dijes.

Tú misma lo dijiste, estaba escrito

que hurtaría nuestros alambres con la habilidad de un abanico,
portugués, inflado acaso de un aire de escorial, madrileño.
Votan votan los muertos
y nadie les pisa el ruedo
pues los han resucitado
Acreditando en Tancredo.

Fantasmas, paraísos escolares, muermas sillas de paja:

en el batracio de una idea, turbo camandular, filos de laja,
empuñas el alabastro raído de un indeciso cetro,
te meneas como si la tuvieras entre las piernas
pero la tienes en la cabeza, fija, como una calesita de «La Unión»,
Union Bar, entre tangos marrones de dulce de leche ácido como el esperma de un guerrero, remoto y falaz, de una carroña
de barquillos donde el barquero se extravía y nunca más
emerge atravesado en sus anzuelos carcomidos de losa.
Que le pesa, en la cabeza del conciliador, en el temblor
de sus infantiles manecillas, bizco
el cucú invoca al cuco de la bolsa, al general
en el esqueleto de batón.
La pifia, si era nevada,
entonces se la achacaban al meloso
atardecer, a la farota cristalina
que se pasaba en cuencas, estanques de verdura
donde toda la fuerza se perdía
y apenas servía aparecer airosa en el borde del mangle,
pues la cara se le refucilaba de caireles disimulando las heridas
perlas, en el fulgor del sufrimiento, ficto,
y no nos hemos perdido en el enredo
porque ya lo empezamos complicado
Acreditando en Tancredo.

Como una calesita, como un furcio

que al guiño de sus liendres espejea,
en la delicadeza de su verga
hasta hacerse finilla como un hilo
que nos drapea, una telaraña
de pagadas:
La Deuda
Es Infinita!
Y el pecado
corróenos con la devoción de una maraña
y aunque nos maquillemos las pestañas
no podemos evitar que el ojo
se fije en lo que vio,
fue prometido pero violo
fugaz fugar la perla del arca
y no podía omitirse esa verdad:
la fuga
en una calesita de morrongos, maullescos
que descartaban el aullido, discerniendo
la preparación de una armadilla
que recoja al trottoir y lo haga liana,
lila, mortaja lila tras el otoño amarillar.
Pero te tiene que importar un bledo
porque el saldo del sueldo se ha invertido
Acreditando en Tancredo.

Lucro feroz del lobo relegado,

el relampagueo de las lenguas
de los hambrientos fervorosos ase
la pira del miserable en la heladera,
fría, del minero.
La Plata
Se La Han Llevado Entera!
Sólo nos queda en la heladera
el sonido de un dulce de lata,
relampagueo imaginario que
engloba nuestra gula, grumo grupal:
el trote
de las calesas dilapidando
el chorrido de las cascadas que estaban al (...)
y al enano sofocando las estaciones
bajo una manta de azulejos,
es por eso que están tan quedo,
es el estado que has logrado
Acreditando en Tancredo.

Baja los ojos la mujer celosa,

el caballero amable la asesina
con una escarapela en los pezones
después de reventarla a coscorrones
para que se habituase a lo que viene,
ni le podia rebanar el pene
pues él mismo se lo había vendido
a un soldado por unas latas,
era un verdugo castro, casto, airoso
cuando se inflaba el bálano de plata
pero era el olor a pata
lo que le descubría el estofado:
porque si se lo habían amputado
no podía lucirlo ahora como una faja,
más que una estopa, mera caja
de coscorrones ilegales, que habían acabado
por gustarnos.
Y si a las listras del fervor no cedo
es por contar lo que ganamos
Acreditando en Tancredo.

                                             S.Paulo, 6/11/84



Perlongher, Néstor ([1984]2000): "El portuñol 

en la poesía" en revista tsé/tsé 7/8, 
Buenos Aires, otoño de 2000.