miércoles, 11 de julio de 2012

FRANCISCO CASAS


lemebel y francisco casas




















Romance de la inmaculada llanura

                                   "Destruir dice"
                                         Margarite Duras

Lo contengo todo en la trama del territorio,
solitario insisto en el recorrido,
tanteando cada trecho,
perceptivo paro la oreja como para acusar sonido,
hasta que por fin lo escucho,
... .. .. .. . .. .. . .. .. ............... .. . .. .......... .. . no lo digo,
el susurro lo silencio,
zumba y no descifro su grafía.

El trayecto se da en diferentes velocidades,

según el rumbo,
de Este a Oeste,
siempre horizontal,
sin caída,
plano para el gusto
al borde del desquicio,
al borde mismo de la mentira.

Desdentada la boca se afiebra en el labio,

se hace babosa al exterior del cuerpo,
El labio se tornó resbaladizo en la continuidad del recorrido.
Ahí no es posible la voz como insistencia de demarcación
... .. .. .. . .. .. . .. .. .............................. .. . .. .........o contorno
ya sea la voz que canta o gime,
marina o subterránea,
todo da lo mismo en este universo transplatino,
el trazo solo es vestigio.

Jadeo corto,

preciso,
precisa el jugo,
lo corta,
cortado le miro nuevamente el rostro.

Frente al cuerpo el amante fantasea la alteración del paisaje;

mezcla los tonos,
precisa los lugares,
corrige.


Digo mi nombre, lo digo.

Diseminado en presas en la llanura de la tela soy posible
... .. .. .. . .. .. . .. .. ............... .. . ,,,,,,,,,,,,,.. .........al producto,
al mercado donde se transan alas rotas surcando precipicios
humeantes.
Estoy sin pasado,
dispuesto;
sacado sin más ni más del pliegue al soporte,
al amante que se carga con mi carga ya traficada.
Lo mío está tieso bajo la luz,
rígido como mascada fósil
levemente muerto.
Penetrado ya corrijo la postura,
llego a tientas a la pose
para desposarme,
así debe ser el canon
... .. .. .. . .. .. . .. .. ............... .. . .. .........perpetuo,
así lo tengo.

Clavado hacia fuera miento en la rigidez,

delato todas mis formas para que eche un ojo.
Doloroso me curvo.
Miento para que sus ojos se detengan donde a mí se me venga
en gana.
Dispuesto ya en la pieza soy enmarcado,
medido en mi talla,
alistado para la descomposición;
sometido a la ley del desorden
dentro de una oscura zona de duelo
simulo mi falta.

Toma de mí primero los labios y los golpea a los suyos,

los convoca amoratados a un primer encuentro de su piel y mi
boca que aprieta,
suelta,
busca nuevamente para nombrar las partes,
y así simbolizar cada regla que impondrá.
Por mi parte refuerzo el engaño para que él proceda sin
problema a la delación,
para que aplique sobre mis partes el Santo Oficio.

PEDRO LEMEBEL




CAUPOLICAN

(o la virilidad empalada del alma araucana)



Despelucada por la historia, la leyenda del toqui pareciera confundirse en el ramaje difuso de una Biblia patria, de una bitácora testimonial donde impuso su verdad el puño del alfabeto castizo. Entonces, relatar un nombre o desterrar a un personaje autenticado a medias, relatado a la distancia por la crónica oportunista del lego español, supone articular esa distancia y relativizar las versiones que han hecho de su existencia un mito, una fugaz presencia entre el humo, los alaridos y la espesa vegetación donde se dió la Guerra de Arauco. 

Supone quizás, dudar de las estampas literarias que sólo lo autentican por su valentía y arrojo "cabalgando de capa roja en el potro blanco de Pedro de Valdivia, con la ropa interior del conquistador en la punta de la lanza, aseguraba que él le había dado muerte" al centauro de lata y por eso las prendas íntimas de Peyuco eran su botín con olor a pata, peo, poto y verijas del extranjero; relata Encina, sugiriendo algo más que la relación de conquistador a conquistado. Tal vez, reiterando el cuento de dioses blancos vestidos de sedas, cueros y metales que deslumbraron al rotoso pueblo araucano.


Es difícil hacer una crónica de este personaje sin contaminarse de la imprecisa narrativa que corre sobre Caupolicán, la suma de supuestos, imposibles de verificar, o la vocería popular del chisme donde se reconstruyen cientos de caupolicanes que orillan la caricatura, el drama o el chiste. Y en último caso, el sospechosos argumento que cuenta Ercilla, el autor de "La Araucana", el Poema de Chile, que metaforiza empalagosamente la bravura y el ingenio viril del pueblo mapuche. 

Pero el lírico Alonso solo estuvo de paso por estos peladeros, tiempo insuficiente para bordar su admirado tapíz épico en que se fundamentaban casi todas las versiones oficiales que historizan la derrota de un pueblo arrasado por la conquista. Y pareciera que esta poética reconstrucción de la masacre fuera el mejor argumento europeo para mirar literariamente la historia. Pareciera que la historia que se enseña en los colegios acentuara el hilado estético que suaviza los hechos y ponderara como en un cómic didáctico, "la gallardía, y la masculinidad tan recia y reacia del alma araucana" (Ercilla).


Actualmente, es difícil imaginar al toqui guerrero sin estropear su nublado perfil con las alabanzas de los cronistas de la Conquista que redoblan su propio narciso al ponderar mariconamente la hombría mapuche. Según Encina: "La sicología reciamente varonil, movió al araucano a admirar a los soldados españoles que sobresalían por su intrepidez y empuje". Con estas citas se podrá escribir una versión gay de la Historia de Chile, digo gay porque me refiero a esa homosexualidad que se da entre machos: el gallito, ese juego tan popular que traviste en ejrcicio de fuerza la excusa para cogerse las manos (E. Muñoz). 

Pero este baile del guapo a guapo, tangueando la conquista y que nos enseñaron en el colegio, escribe solamente un tratado hombruno de la historia, un espejo de machos obcecados rivalizando un territorio, peleando la administración del mapa americano. Un territorio como una cancha de fútbol o chueca donde la mujer mapuche sólo aparece mencionada en saqueos y violaciones o en la cruza mestiza del urgimiento boludo del fauno español.


Quizás resulta complejo adentrarse documentadamente en el triste relato de Caupolicán, alabado por los laureles maruchos de Ercilla, y por lo mismo, castigado por la caricatura del empalamiento que lo atraviesa enculado por la pica del coño en la violencia del tormento que todos conocemos. Tal vez, es irónico pensar que por este castigo los vientos orales lo recuperan y lo transforman en una versión de San Sebastián chileno sodomizado por terquedad. 

"Están tan emperrados con este mal indio de Caupolicán, que otro día envió a decirme que, aunque fuese con tres indios, me había de matar; y aun desafiándome en forma como si fuera hombre de gran punto". (Carta al rey por García Hurtado de Mendoza). Tal vez, cualquier suplicio, común en esos días, no hubiera bastado para trasladar la epopeya del toqui hasta nuestro tiempo. Y tuvo que ser el empalamiento, el cuento morboso que lo traslada humillado en lo más íntimo. En lo más resguardado del macho, la gruta anal donde sintió hondo la pica rajándole el orto, la entraña y la intestina. Sin exclamar ni un ay, sin decir agua va, sin mover un músculo, el valiente indio soportó el suplicio. Se dice, se cree. Y pareciera que de este calvario sin llanto, se valen los cronistas y frailes copuchentos, para ensalzar la caradura del indio... o mejor dicho, su rajadura.


Puede ser peligroso componer una estampa del héroe de Millarahue, el generalísimo Caupolicán, luego de tanta leyenda sobre una minoría étnica que no le dio entrevistas a la historia. Y que con respecto al gran toqui, su popular y conocido retrato, la escultura que está en el cerro Santa Lucia, fue una copia de un souvenir vendido en París y que en ese entonces representaba al último mohicano. 

Así, si no existe una versión mapuche de su propia historia, y solo la oralidad de su lengua lo guarda y encapulla con el celo de su atávico secreto, ¿desde dónde extraer su autoría? ¿Desde qué memoria se podría reafirmar o desmitificar la cárcel extrema sobre la virilidad semental que acuña el escrito castellano? ¿Desde qué retazo, mestizado por cierto, habría que nombrarlo hoy? Quizás para esto, deba acudir a mi propia biografía colihue o colipán y actualizar la memoria desde mis juegos eróticos con hijos de panaderos en la lejana adolescencia de mi india población. 


Es posible que desde esas relaciones íntimas y secretas que tuve con mi pueblo y que permanecieron calladas y clausuradas en su mutismo ancestral. Pero ese es otro capítulo privado, tal vez necesario para ahondar un poco más sobre la actual masculinidad de nuevos caupolicanes, más altos, más claros, con jeans y personal stereo que se llaman Boris, Walter, Gonzalo o Matías y que bajan la voz cuando dicen su apellido mapuche, escondiendo timidamente las cenizas castigadas de su brava estirpe.


(Fragmento del libro NEFANDO Crónicas de un pecado)

PEDRO LEMEBEL





BESAME OTRA VEZ FORASTERO



.......... Ahí está garabateada en el muro de su noche, con sombrero de punto, tacos y cartera roja; sola y hambrienta teje su telaraña azul lado a lado de esta calle de notarías y oficinas, a cinco cuadras de mi barrio. Oscura y delicada saca un cigarrillo; la vieja no fuma, por eso no lo prende, espera la figura del joven, que desde el fondo de la calle avanza al ritmo elástico de las zapatillas, lo piensa mientras se acerca, olfatea el aire roído de la noche buscando ese olor fresco, con los ojos semicerrados por el deleite y el alquitrán de sus pestañas, se pasa la lengua por el descolorido bigote y sueña y pasa borrosa por su entelado cerebro la historia imprecisa de sus quince años.

Es la vieja, la madonna con enaguas de franela esperando a los corceles que vengan a comer de su mano; guachito venga les susurra, ya pues mijito les grita, oye cabro cómo tenís el pajarito. 

Así vocifera la nonagenaria, bien sujeta en las piernas enclenques; venga un ratito mijo, está muy vieja señora, aquí detrasito escóndase conmigo, está muy oscuro señora, siéntese aquí mijo lindo a verse la suerte con esta pobre vieja, aquí en esta escalera helada y sáquese la pichulita, no le tenga miedo a esta anciana leprosa, a este ángel azul, la dulce compañía de los liceanos vírgenes, que llegan solitarios a ofrecerme la fina piel de su sexo; aquí está la abuela milagrosa, que acaricia con su garra de seda el pálpito de la sangre en los prepucios, la vieja de guardia, niñera impúdica lamiendo los penes infantiles, la gallina que empolla quinceañeros, que los arrastra a su cueva de sábanas con mentholatum, hasta la fauce de su útero desdentado; bésame repite acezando, bésame por favor, mi muchacho, mi niño hermoso, que veo alejarse por las membranas rotas de mis cuencas, de mis ojos que te persiguen mientras cruzas la calle, que se rebalsan de agua ligosa y la enorme lágrima la despierta y por un momento mueve la boca sin sonido, baja el escalón, guachito no se vaya, mijito venga, taconea unos acrobáticos pasos y lo pierde en la carrera alérgica del muchacho al doblar la esquina.


Entonces vuelve cansada a su peldaño y mira con ojos de agua turbia, tratando de buscar el sol en su tremenda noche. Es la misma señora que riega cardenales en el piso de enfrente, sólo diez metros de aire separan mi ventana de la suya.

Durante el día, enmarcada en el alfeizar, teje y espera paciente que el sol se ponga de luto, va hilando los últimos destellos que enreda en su cabeza blanca para verse más hermosa. Escucho oculto en la sombra el "Para Elisa" de su caja de música, me llega distorsionado por los años el timbre de su voz lunática, puedo ver, con los ojos cerrados, el espejo y su cara blanca en la luna dorada de azogue; canta y ríe, se mancha la boca de crayón, se da vueltas lentamente, entonces tengo miedo, miedo de abrir los ojos, miedo de asomarme a la ventana,miedo que me mire, miedo que sus ojos de gallina enferma, rodando calle abajo, alcancen al niño que huye en bicicleta, que desaparece en la perspectiva ruinosa del barrio, porque tuvo asco y al mismo tiempo deseos de subir la escalera de enfrente, de ver de cerca el ojo sumergido que le guiñaba la vieja, quiere ir lejos sobre los pedales porque llegó a tocar la manilla de bronce y se introdujo en la pieza fresca de aspidistras y cortinas de hilo, subió hace un rato la escalera, sucumbiendo al deseo del ojo desvelado llamándolo desde el balconcito, ella le mostró la pierna, bajándose la media de lana entre los cardenales, hizo revolotear sus manos incoloras en el aire indicándole que cruzara; y ya es muy tarde para que el jugoso muchacho se arrepienta, porque descubrió en el baño su pelaje genital, entonces el balconcito es un desafío, y el ojo de la vieja, que cuelga en mitad de la noche, lo hace perder la cabeza; y va y viene, entrando y saliendo de la ventana -¿Qué le pasa que no se sienta?- Es la edad del pavo mujer, no te fijas que pegó el estirón de pronto-. 


Poca más y se nos casa, poco más un poquito más le pide la vieja y él acepta y se baja los pantalones y le dice toma vieja, cómetelo, mámatelo, así sin dientes, boquita de guagua, mamita, sigue no más, vieja de mierda, así suavecito, más rápido, cuidado que viene, viene un río espeso a inundarte la pieza, una corriente de cloro que me baja del cerebro, borrándome la imagen del espejo, donde la vieja ternera hunde su cabeza entre mis piernas y se aprovecha de ese momento para besarme, clava su lengua con rabia en mi boca y en el paladar me deja, por muchos años, el gusto rancio del pasado.


..... Al paso de los años, se fue juntando el tiempo que dejó la calle desierta; neblinosa, como una película sin argumento, y calendarios gastados por la obsesión del mancebo, el otoño y sus tacos pisando hojas, aguas nubosas y veredas calientes, retumbando en mis oídos su taconeo suelto en el baile de la amanecida.


El barrio se hizo viejo y ella observó con sus redomas de suero la sucesión de todas las generaciones; de la abuela muerta al padre anciano, también muerto, al nieto adulto padre de otros niños, también crecidos al ritmo lúgubre de los años, el fatigoso descenso de los ataúdes por las escaleras, tan estrechas, que debían bajar con sogas desde las ventanas, los llantos a medianoche, el gangoso ronquido de los viejos, en fin todos los ocasos fueron presididos desde su ventana; desde aquel tiempo hasta aquí, hablando con temor ahora, porque estoy hablando de mí, rodeado de cruces, en este sillón frente a la ventana, abandonado de todo lo que fui, solamente me da ánimo saber que pronto escucharé su caminar por la calle, porque así regresa todavía; la veo claramente azul rengueando la madrugada, con un resabio a semen en la boca, borrosmente azul cruza el pórtico del edificio y se hunde en el hueco de la escalera, adivino su olor a trapos sucios, la veo abrir cansada la puerta y sentarse en la banqueta tapizada de felpa, la diviso demente meciéndose en la medialuna del espejo, sacándose el sombrero de punto, batiendo el cabello cano y transparente, como una medusa loca, estacionaria en su vicio.

Aún ahora, que hace mucho el balcón permanenece cerrado, a los geranios lacres se los fue comiendo el polvo, una tarde fue la última vez que se escuchó su taconeo imparejo camino a la esquina, su pollera de herbario se cerró para siempre en un secreto, mucho hace que su sombra de lagarto no se enrosca en el pilar de la esquina; hace mucho del último recuerdo...

..... Solamente yo tuve conciencia de la resurrección de su cara en mi espejo, el dorado espejo de azogue que rescaté de los despojos cuando la vieja fue sacada sólida y putrefacta, tres meses después de su muerte.

PEDRO LEMEBEL





"Los Diamantes Son Eternos"
(Frívolas, cadavéricas y ambulantes)




..En el ghetto homosexual siempre se sabe quién es VIH positivo, los rumores corren rápido, las carteras que se abren de improviso, los papeles y remedios tirados por el suelo. Y no falta la intrusa que ayuda a recoger preguntando: ¿Y ese certificado médico y pastillas?. ¿Y estas jeringas niña?. No me digas que eres adicta.
En estos lugares, donde anida fugaz la juerga coliza: organizaciones para la prevención, movimientos políticos reivindicativos, eventos culturales, desfiles de modas, peluquerías y discotheques, nunca falta la indirecta, la talla, el conchazo que vocea alaraco la palidez repentina de la amiga que viene entrando. ¡Te queda regio el sarcoma linda!, Así, los enfermos se confunden con los sanos y el estigma sidático pasa por una cotidianeidad de club, por una familiaridad compinche que frivoliza el drama. Y esta forma de enfrentar la epidemia, pareciera ser el mejor antídoto para la depresión y la soledad, que en última instancia es lo que termina por destruir al infectado.
En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así, revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el banquillo de los acusados al homosexual portador.
¿Por qué portador?
- Tiene que ver con puerta.
¿Cómo es eso?
- La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.
¿Barroca?
- No sé lo que es eso, pero puede ser, una verja llena de cardenales.
¿Y donde conduce?
- Al jardín del amor.
¿Se abre?
- Siempre está abierta de par en par.
¿Y qué hay en el jardín?
- Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de...
Pájaros y florcitas
- Y también corazones.
¿Partidos?
- Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas. Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.
¡Huy qué heavy!
- ¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.
Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te corres del tema?
- Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.
¿En qué estás pensando?
- Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen I love you.
¿Hablas inglés?
- El SIDA habla inglés.
¿Cómo es eso?
- Tu dices Darling, I must die, y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.
¿Y a tí?
- Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo SIDA es una razón para vivir. Yo tengo Sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.


PEDRO LEMEBEL





PESQUISA Y CAREO A SILVIO RODRIGUEZ


EL MALENTENDIDO DEL UNICORNIO





Una crónica de sus vagabundeos en plena primavera democrática, escapando de la opresión de la dictadura chilena. Integra "Zanjón de la aguada".


Y por entonces, todos queríamos salir de Chile, respirar aire fresco más allá de las fronteras alambradas que tenía este suelo por esos mortíferos años ochenta. Aunque fuera la Argentina la hermana nación que venía despertando de la dictadura y acogía a sus vecinos patipelados arrancando del fascismo. Y esos perejiles temblorosos éramos nosotros, algunas locas chilenas, que al cruzar la cordillera, gritábamos en el bus el incansable: "Y va a caer", con lágrimas en los ojos y una vocecita de opereta izquierdilla. 

El destino final era Buenos Aires, la gran metrópolis porteña, la enorme capital que nos esperaba al cruzar la pampa, y nos abría el mundo recibiéndonos con sus grandes cartelones de espectáculos donde brillaban las estrellas del cancionero latinoamericano censuradas en el Chile milico. Por la ventanilla del pullman pasaban los nombres de Mercedes Sosa, León Gieco, Chico Buarque, Zitarrosa, y pronto, por primera vez en la República Argentina, directamente desde Cuba, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez anunciados a todo gas por la prensa bonaerense. Ay Silvio, le susurré en secreto a la amiga marica que me acompañaba en ese tour de libertad trasandina. ¿Será tierno como sus canciones?, pensé en voz alta. 


No nos podemos perder esta ocasión de verlo cantar en vivo, me contestó la loca con los ojos entornados, evocando el repertorio del cantante que corría en casetes piratas, de mano en mano por las peñas clandestinas en el Santiago nazi de los setenta. Ay Silvio, suspiró a coro conmigo, pensando en todos los unicornios azules, más bien en todos los chicos celestes que se le habían escapado a su garra marica. ¿Quién será el unicornio de Silvio?, le preguntó al viento, embriagada por el recuerdo de la canción. 


Pregúntaselo a él pos niña, le contesté al descuido, mirando la ciudad de Buenos Aires que pasaba altanera con su garbo europeo por la ventana del bus. ¿Y será muy difícil llegar hasta él?, porque aquí es la súper estrella. Ni tanto le dije. Hay que averiguarse el hotel donde está y pedirle una entrevista. Acuérdate que somos chilenos, y Silvio ha sido tan solidario con nosotros, no puede negarse, sería una contradicción ideológica del cantor guerrillero. ¿No crees tú?


Y así fue, tan fácil como llamarlo y concertar una cita en el hall del hotel mediopelo donde se hospedaba, donde había tantas chicas argentinas de izquierda que querían ser su "mujer con sombrero", tantas nenas rubias, alborotadas en sus faldas hiposas y pañuelitos hindúes amarrados al cuello, tantas como chilenos que lo esperaban a la salida del ascensor, conteniendo la respiración, probando las grabadoras, atorados por ver de cerca al cantautor cubano.

Y mientras esperábamos en ese tumulto nervioso a la estrella, pasó por nuestro lado Pablo Milanés, tan lindo, tan sencillo, tan accesible, pero nadie le dio pelotas hipnotizados en la puerta donde iba a aparecer Silvio. Y Pablito intercambió algunas palabras con nosotros, y me dejó un cálido beso con olor a copete en mi mejilla. 

Cuando apareció Silvio, todos se abalanzaron en tropel sobre la figura, y él, con mucha calma nos invitó a sentarnos en el vestíbulo y procedió a contestar las preguntas sobre el canto político, el destino de la utopía y todos los clises que atragantaban la ansiosa pregunta y respuesta del encuentro. Está un poco pelado, le dije a mi amiga atontada por su presencia. Pero igual es lindo, me contestó, tímidamente achunchada por la seguridad y el tono macho del cantante. Ya pos, hácele la pregunta del unicornio, le insistí para callarlo. Y la loca, roja de vergüenza, me hizo callar con un shit de represión.


Entonces, como siempre, tuve que aumir la típica pregunta sobre la homosexualidad y la izquierda. Silvio, le dije con mi voz afectada que llamo la atención de los presentes. Mi amigo y yo somos chilenos que admiramos tu poesía, y en Chile nosotros los homosexuales hemos hecho nuestra la canción del Unicornio Azul, pensando que se refiere a un amor perdido e imposible. (Pausa para arreglarme el pelo). 

También quiero aprovechar la ocasión para preguntarte qué piensas tú sobre la homosexualidad y la revolución ¿Me podrías contestar estas preguntas por favor? Muchas gracias. Creo que en ese momento alguien abrió la puerta porque se coló una ráfaga de viento frío que congeló la escena. La cara del cantante se puso azul como el unicornio y una cortina de rabia alteró la mueca amable de su sonrisa.


Mira, me dijo. Lamento mucho que tú y tu amigo piensen eso. Pero más lamento esta confusión de temas porque la historia de esa canción corresponde a un padre que perdió a su hijo en la guerrilla nicaragüense. Además, a ustedes les debe quedar claro, que sobre el tema de la homosexualidad hemos sido muy precisos. Con la revolución todo, sin la revolución nada. Y nos dejó mudas a mi amiga y a mí, que sentimos como, de un plumazo, Silvio nos había arrebatado nuestro rosado unicornio. 

Después, cuando insistimos con la canción "¿Te molesta mi amor?", fue demasiado y el cantante optó seriamente por la indiferencia y no tomarnos más en cuenta. Tiene razón, le dije a mi amiga tratando de consolarla cuando salimos del hotel y nos envolvió la zalagarda de fans que gritaban: "Silvio amigo, el pueblo está contigo". Tal vez tenga razón, me contestó con un dejo de tristeza, pero pudo ser más amable, casi nos ladró y nosotros no queríamos molestarlo.


A pesar de este bochorno, fuimos a su recital y aplaudimos como yeguas cada canción, específicamente la interpretación solitaria de su pianista que era una joya de músico. Pero Silvio se sintió incómodo viendo que el pianista se estaba arrancando con los tarros robándose el show, y lo interrumpió con los sones del unicornio azul. Ahí, mi amiga y yo nos miramos, y como de un acuerdo abandonamos el estadio, pensando que ése ya no era nuestro tema, que mejor íbamos a tratar de encontrar el unicornio perdido en los baños públicos y parques de la ciudad, donde no nos alcanzara la mirada rabiosa de Silvio, ni su aparatosa militancia que quizás nunca lo dejó jugar.


"SILVIO RODRÍGUEZ ( O el mal entendido del 
unicornio azul)" de Zanjón de la aguada 
(Seix Barral)