miércoles, 20 de junio de 2012

JOSÉ WATANABE




EL KIMONO


Mi padre y mi madre eran sombras
dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran
más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero.

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosisímos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.
Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.

DANIEL GARCÍA HELDER




El ornitorrinco
              
Negado por la naturaleza como sin duda
lo hubiera querido hacer su padre, vuelve a estornudar,
mezcla de varias especies que tras disputarse el predominio
se dieron todas por vencidas, abandonando el terreno.
Con varas de nardo su genio personal
debe estar haciéndole cosquillas en la nuca
para que sonría así, estirando dos labios de camello,
por debajo de un objeto nasal de neto corte papú.
El cuello deprimido, nada de pelo sino pelusas de fruta,
dedos aporcados sobre un vientre de botella y zambo
para que a ojo el diseño no carezca de una base
acorde el ángulo cerrado de los hombros,
grogui de pie en el sol sigue con ojos pisciformes
los aleteos de una docena de passeriformes
tomando baños de polvo y pío pío.
Te digo que si un cagatinta quisiera, con un bollo de papel
desde cualquiera de esas ventanas del Ministerio,
probar puntería en su mollera rosada
ya no podría: un viejo cuyo cutis se parece
al hollejo de la uva cuando la pulpa es expulsada
con semillas y todo por la boca, violentamente,
ahora está parado
delante de él
y con un pañuelo que saca del bolsillo
le aprieta la nariz diciéndole sonate.



Hombres sin porvenir


Los árboles de La Invernada,
que perdieron sus hojas
torcidas por marzo, en abril,
antes que el viento tumbara
las frutas con gusanos,
podridas, y el cereal almacenado
en silos y galpones
fuera destinado a la exportación,
vistos desde la orilla opuesta
por la ventana
mientras me sirvo una taza de té,
se parecen, con sus ramas
en punta, peladas
a los hombres sin porvenir

que miran de otro modo el cielo.

RODOLFO EDWARDS





TIGRE: UNA CIUDAD CON CALLES DE AGUA


Tigre:
una ciudad con calles de agua
a partir de hoy
te quedan 35 veranos
35 islas que descubrirás
de un solo golpe
carambola chiripa casuales casualidades
solísimo en la cruz nacional
en la política rojiza de los otoños
nadie
nadie desea morir
la muerte se sube al viento
la muerte se sabe el ritmo
carga huesos de caballos
de calesitas acaecidas
en sucesivas mañanas
de mil novecientos setenta y uno
hay hojas diferentes
pendiendo del árbol que sucede
sin nombre en el tedio
en la generala sonora
que se eleva de las marchas
en espumas del torrente correspondiente
guijarros oh sí los guijarros
la infinita llanura
es carne que devora el infinito
haremos un sol nuevo
con todas las inocentes estrellitas
he solicitado de vosotros
un equipo de fantasmas
una colección de imágenes del sueño
vuestra voz acaecida
ha respondido finalmente
con su premonición sin sombra de sospecha
Tigre:
una ciudad con calles de agua

(a Leopoldo Lugones, a Haroldo Conti, a Rodolfo Walsh,
in memoriam)



DIOS ALIKAL


oh Alikal
dios de sal
antimuerte
vacuna diaria de los descarriados
como una madre antigua
su infinita prole
cuentas las botellas vacías
los caídos los imbéciles de siempre
buscas en los rencores
en los senos de Pupé
en la bisectriz rancia que pare la luna
en sus lentas retiradas
soy un cachorro político
por treinta dineros
vendí mi corazón
falange de ángeles
en el infierno hepático/biliar/apátrida
hay una cosa llamada gracia
y tú la tienes oh redentor
resucitador perdona vidas
llenas mi galera de símbolos
y acometo la hermenéutica
con un puñal de utilería
un informe psiquiátrico
y un dado de plastilina

oh todo poderoso Alikal
dios en polvo y marimba
aplaca esta maldita ansiedad
que el sueño empaña
alarde osadía conjetura
de los santos demonios
modos de vivir
modus operandi
en la noche cruel y estúpida y genial
todo mezcladito en ese guiso
en el río revuelto sin ganancia
seremos un tibio recuerdo
en la filigrana del mantel
donde se posa una mosca
curiosa y asesina
almas vibrantes
en la retórica del vasito
dios Alikal
intercede
entre nuestro borracho corazón
y la querida Providencia
cuando el cielo está derrumbándose
danos paz y sosiego
en el bajón en la resaca
en las arenas del tobogán
amén



COMO CALAMARO Y COTI


Coria pasó de la gloria a Devoto
“Exvoto” se llamaba
aquel poema de Girondo
por la Avenida Udaondo
meto quinta a fondo

hice otra vez doble falta
doble falta: tus ojos
doble falta: tus senos
doble falta: tu nariz y tu pelo
de ese jean que te sujeta para sí
también tengo celos
y me como un caramelo

tu amor fue como un rayo
que atravesó todo el cielo
una pelota verde fluo rebotando
en el Abierto de Managua
y yo me pregunto:
¿qué es la piragua?
lo mismo que el teto
pero abajo del agua

las bisagras del infierno
y el show de tu sonrisa
en 1991
en el Bar El Triunfo
de Puán y Directorio
me dijiste:
“Axel Rose es el mejor cantante del mundo”
y no nos vimos nunca más
nunca más

Coria pasó de la gloria a Devoto
y hoy juega un Challenger en Brasil
en un pueblo de Brasil

Coria pasó de la gloria a Devoto
(repite 3 veces)

LUIS TEDESCO




ARTEPOÉTICA (II)


Eso que se ve, la caparazón de eso que se ve, la rajadura, el resquicio, el lugar agujereado de eso que se ve, su posteridad, su mínimo claquear en el detalle, ese quequequé, ese dondequesefué, ese dondequenoestá, la forma semisuelta del encierro, la silueta, Plotino, la desemejante silueta del aujero, la naturaleza contraria de eso que se ve, la deyección de todo lo crecido, esa sintaxis, Plotino, su fluir desmoronado, la timidez de ciertos entusiasmos, el chillido abombado de la especie, esa materia que ya no reconoce, arrancada de sí, apichonada, en las formas erectas de su talla, sin unidad, sin brío azaroso su brisa cantable, esa cosa en la rotura de las cosas, el polvillo que su temporar descarna, esa cascarita en la cosa que se ve...




DOLOR (II)


Descendamos, Anaximandro, nada queda por conocer aquí, la risa de los dioses nos sucumbe; regresemos, el resplandor taladra, el aura hiede a sotanas, a semen trascendente; no es el infinito el origen de los seres, ni el más allá hará de nosotros pedazos vivarachos de neblina; desapareceremos, así como aparecimos, así desapareceremos cuando nuestro último gemido no sea ya palabra; descendamos ya, Anaximandro, si hubo un Padre, si un Padre nos cobijó con caricias y alimento, no hay voz de Él que acuda ni figura afín a la nuestra que aquí lo represente; sea que la densidad de estas latitudes haya carcomido sus límites sensibles, sea que la materia terrestre nos haya desfigurado, nada cognoscible nos reúne con la altura; ni siquiera el pensamiento, Anaximandro, puede hacer que el Padre, si es que hubo un Padre, nos retorne su postración gigante, el amoroso sobrevenir de su tardanza; descendamos, Anaximandro, volvamos a lo nuestro, extraño el llamado de mis hijos, extraño en mi cuerpo el cuerpo de mi amada, extraño las callecitas del barrio y el vozarrón quemante del vecino; volvamos a las palabras, Anaximandro, ellas son el principio y la lejanía de lo que somos, de lo que nunca llegaremos a ser; esa es la tarea, nuestro dolor trabaja, hace con palabras el mundo que recibe nuestra muerte.




EFÍMERO


Si el pingo responde, trilce mi alegría, yumba el mimosear de tu cuerpito; si entrambos en el ruedo, en el catre chiflao de la masmédula, suave nos posara la taquera melodiosa; si arrobados, penetrados, desmesurados por el tintinear frutal de nuestras manos, el dolor nos visitara, el dolor, Bichito, la runfla conceptual de lo desierto, y su llama linusa nos quemara, aun así, enfermos de tiernos virulazos, sed seremos del Efímero radiante.




JARDÍN


Si mal no recuerdo, si el sinfín ondulante del pasado, o su piedra de moler, el frío de los cuerpos que ya fui, me acercaran el patio bienhechor, la simpleza cachusa de su imagen, allí dispondría mis cosas, el papel, los libros, el tabaco, la llama en mi lámpara de hierro, y desde allí vería, enceguecida aún, trepando el muro lateral de la escalera, a la enamorada, la nunca saciada, sus brotes últimos tendidos en la espera, y esmerando lo sentido, ya depositada mi sombra debajo de la parra, vería las calas, el limonero intenso, el tomate mezclado con la rosa, el donaire nupcial de los malvones, y aquel solcito, las margaritas flotando con la brisa, el galerón, la lechera, el raro azul de la lavanda, cerca de mí todo lo distante, todo mamá el color de las ventanas.




POÉTICA



Te esmerabas, poeta, en ser preciso. Buscabas el detalle, no la congestión; el versito final, no el envío, la sensación que pugna por vaciarse. Prolijo, despojado, sin pliegues de gordura cariñosa, buscabas destellos, simetrías, la invisibilidad que no se pudre, el cauto bienestar de las esencias. El sonido deshecho de palabras, el andar del silencio, eso buscabas, tan seco fue tu tacto de pezuña, tan tieso tu potrear sin alazanes. ¿Hacías bien, poeta, en de-no-dar-te? El mundo mancha, el repasador unánime te busca, y duelen, ya son dolor tus sueños magistrales.

SELVA DIPASQUALE



Geometría

Siluetas negras
hombres
que caminan
a nuestro alrededor
mientras el color detenido
de estas luces
en el vagón del subte
cíclicas despiden
el mismo olor
del huevo que olvidamos
en la bolsa de basura
podrido ahora
derramado

leo

estos poemas.



Ella 

Sola su cabeza

una brújula
o un radar

en un rincón del jardín
arriba del juego.

Las manos llenas de verrugas

¿comunicarse con las estrellas vacías?

crecen como flores.

La nena podría dormir.



Geometría

En el principio
tu lengua
en tu lengua
los sonidos
en los sonidos
el principio
de tus palabras.

                                  De Para Selene, Ediciones Vox


Saltos y desprendimientos

Si nos batiésemos a duelo
los huevos
que están en la heladera
elevarían
sus espíritus santos
Cada uno desde su trinchera
hasta transformarse
y hacernos ver
Los Molinos del Ultimo Sueño*.

*Los Sueños, de Akira Kurosawa: la violencia de lo calmo y lo cristalino.

                                     De Camaleón, Editorial Tsé-Tsé

ALICIA GENOVESE


Mi foto


La conductora

El auto coleó descontrolado
en la vía rápida;
en la curva conocida
a más de 100
el volantazo pavloviano
esquivó las rejas,
la ligustrina
y se clavó, entre una y otra
como en boxes;
daños mínimos
y dos gomas desinflándose

La conductora abrió la puerta
y bajó al lento
mundo del césped
Siguió la serpiente
de los neumáticos
en el asfalto,
sus obsesiones calcadas
en la huella de caucho,
y la muerte se le incrustó
en el estómago
como un volante

Vio lo cerca que está
lo que está a distancia
y el breve espacio
de maniobra
Recogió las tasas,
un trozo de retrovisor,
disuelta la golosina
de la velocidad;
deformadas las llantas
por la ley de Newton,
la inercia, la tristeza
que no puede saltearse
Recibió a los ángeles
en medio del tránsito urbano

Una nube blanca le atravesó
de lado a lado las sienes
y una respiración asmática
la curaba
cuando el paseador de perros
se acercó corriendo, preguntó
y la miró con ojos grandes:
caminaba
con movimientos normales
alrededor de sí

                                             De La hybris


La casa en el aire

junio 29

El terreno fue desmalezado
y la tierra apareció rugosa
como la piel de un recién nacido;

apilados los troncos
dominada la zarza en lo bajo
entré y con una vara
marqué la zona para rellenar,
poco alcanzado por el sol
un limo informe;
al darme vuelta
vi el círculo de árboles
donde iba a estar la casa
y permanecí en su interior
como en un campo gravitatorio;
era el aire, un soplo,
una bienvenida; concluía
un país extranjero
y el páramo invernal,
despoblado el monte
a machete, se reordenaba
con los nuevos
accesos de la luz;
supe de los lugares que te eligen
y se convierten en un centro
sólo con mostrarte
que hay tierra alrededor
que en un giro
se oxigena el futuro;
a la extensión desprovista,
me entregué, sin votos,
a esa soleada austeridad
me confié, sin liturgias;

la vara era tibia
como la primera chispa
y el comienzo, ése



septiembre 8

Echar arena fue traumático
dos barcos descargaron
armando largas tuberías
y el terreno comenzó
a emparejarse
y pensar en las plantas
encontró la prolija
aspereza del relieve

Los vecinos decían
que la hojarasca y el barro
de las mareas luego, sedimentan
van mezclando de oscuro
ese amarillo extranjero
ese color de otras costas
en una hibridación inevitable,
después el pasto crecería

Trepadoras secas tironeé
colgadas de árboles enormes
y espinas, poco visibles,
hicieron lo suyo
sin bondad artificiosa,
pero mientras duraba el mate, vi
un arbusto medio escondido
entre una parva mustia:

un membrillo que echaba
cantidad de flores blancas,
marfiles anticipos de otras,
rodeado, como estaba, por la arena;
confabulado, el libro
que traía en mi bolso
también se situó en el sitio
del devenir:

muestra tu rostro, decía Rũmĩ,
porque el huerto y el jardín de rosas
son mi deseo

y un sol nuboso de invierno
el desierto persa, quizás
o el amante más hostil
resistieran su pedido,
pero estas ramas se alargaron
como una cesta de mimbre
y las flores del membrillo fueron
talismanes, un nudo atado
contra la aridez

Restaba tomar la paciencia
que tienen los ojos del lugar,
nimio, el indicio alcanzaba
para agujerear la negación
y encenderla;
la tarde caía en los claros de rojo
que empezó a volcarse
como un vino temprano


                             de Química diurna, Alción, 2004