martes, 19 de junio de 2012

ROBERTO MUSSAPI




EL GORRIÓN DE LESBIA


Mi corazón se apagó en su palma,
aleteando entre muñeca y brazalete
y me fui, al limbo
de los no humanos, los pobres mensajeros del cielo.
Sentí que me apagaba como en ellos el cerebro
al atardecer se duerme, sin saber
si habrá otro despertar.
Era pequeño.

Rogó él, que no tenía dioses en los que creer.
Al desmayarme vi los ojos de Catulo
desorbitados y abiertos por el flujo de las lágrimas.
Las tenebrosas divinidades tuvieron pena,
el llanto de los Cupidos y de las Venus
surgió espontáneo como había rogado el poeta.
Sentí que mis pequeñas alas volvían a despertarse
y vibraban
y volé, inconsciente, incólume,
atravesé el umbral que conducía al jardín,
rocé el estanque de las lampreas y de los múrices,
mientras volaba vi la morena durmiente,
luego todo cambió, entré en el tiempo,
la muela que oprime a los sublunares
que tienen almas individuales y meridianas,
y escriben palabras con tinta.
Las alas húmedas por la palma de Lesbia
aún calientes del último nido
en mí, o en el aire, las palabras de Catulo,
“animula”, había dicho, “tierna vida”,
la mía, que se desvanecía entre sus dedos
rozando los de la mujer amada.
Pero cayó en el error del poeta,
que perdurar en este mundo es un don
como si no fuera un ser vivo sino un pensamiento,
antes página, voz impresa, piedra escrita.
Habría preferido apagarme entre sus dedos
en la última cuna sin canto ni voz,
antes que sobrevivir a amor y fin,
viendo a Lesbia morir, marcharse,
leer la fecha de nacimiento y muerte en una lápida
del gran Catulo, que me dio la vida.
Para estar aquí, ahora, en el ultratiempo terrenal
sólo para cantar a plena voz el fin
de los cuerpos que se abrazan con furia y sudor,
aquí, en la cima de la torre antigua
gorrión solitario, a un tímido amigo
que el tiempo que nos ilusionó en la tierra tendrá fin
y Lesbia, y Catulo, y Leopardi, en un suspiro
y la ciudad de Roma y los fatigados papeles,
me ordenarán que siga cantando.


                                                 Trad. CARLOS VITALE


VALENTINO ZEICHEN




NIZA


En la Promenade des Anglais en Niza
una muchacha de perfil tonquinés está sentada frente al mar
y rellena un crucigrama en el periódico;
lo orienta con sabios ajustes
para que la cuadrícula del enigma coincida a distancia
con la intersección de longitud y latitud.
Viéndola inactiva me acerco a sugerirle
alguna palabra, sigo por unos instantes
la colocación de las letras orgulloso del aporte
cuando me embiste una salva de insultos
que levantan columnas de agua –
la abandono y corro a resguardarme sospechando
que se trata de una batalla naval.


                                                         TRAD. Carlos Vitale


VZ(Fiume, 1938). Reside en Roma.

PIER PAOLO PASOLINI


 Pier Paolo Pasolini


FRAGMENTO EPISTOLAR,
AL MUCHACHO CODIGNOLA



Querido muchacho, sí, claro, encontrémonos,
pero no esperes nada de este encuentro.
Si acaso, una nueva desilusión, un nuevo
vacío: de aquellos que hacen bien
a la dignidad narcisista, como un dolor.
A los cuarenta años yo estoy como a los diecisiete.
Frustrados, el de cuarenta y el de diecisiete
pueden, claro, encontrarse, balbuceando
ideas convergentes, sobre problemas
entre los que se abren dos décadas, toda una vida,
y que, sin embargo, aparentemente son los mismos.
Hasta que una palabra, salida de las gargantas inseguras,
aridecida de llanto y deseo de estar solos,
revela su irremediable diferencia.
Y, además, tendré que hacer de poeta
padre, y entonces me replegaré sobre la ironía,
que te incomodará: al ser el de cuarenta
más alegre y joven que el de diecisiete,
él, ya dueño de la vida.
Más allá de esta apariencia, de este aspecto,
no tengo nada que decirte.
Soy avaro, lo poco que poseo
me lo guardo apretado en el corazón diabólico.
Y los dos palmos de piel entre pómulo y mentón,
bajo la boca torcida a furia de sonrisas
de timidez, y los ojos que han perdido
su dulzura, como un higo agrio,
te parecerían el retrato
precisamente de esa madurez que te hace daño,
madurez no fraterna. ¿De qué puede servirte
un coetáneo, simplemente entristecido
en la delgadez que le devora la carne?
Cuanto ha dado ya lo ha dado, el resto
es árida piedad.

                      (De Poesía en forma de rosa, 1964)




FRAMMENTO EPISTOLARE,
AL RAGAZZO CODIGNOLA


Caro ragazzo, sì, certo, incontriamoci,
ma non aspettarti nulla da questo incontro.
Se mai, una nuova delusione, un nuovo
vuoto: di quelli che fanno bene
alla dignità narcissica, come un dolore.
A quarant'anni io sono come a diciassette.
Frustrati, il quarantenne e il diciassettenne
si possono, certo, incontrare, balbettando
idee convergenti, su problemi
tra cui si aprono due decenni, un'intera vita,
e che pure apparentemente sono gli stessi.
Finché una parola, uscita dalle gole incerte,
inaridita di pianto e voglia d'esser soli —
ne rivela l'immedicabile disparità.
E, insieme, dovrò pure fare il poeta
padre, e allora ripiegherò sull'ironia
— che t'imbarazzerà: essendo il quarantenne
più allegro e giovane del diciassettenne,
lui, ormai padrone della vita.
Oltre a questa apparenza, a questa parvenza,
non ho niente altro da dirti.
Sono avaro, quel poco che possiedo
me lo tengo stretto al cuore diabolico.
E i due palmi di pelle tra zigomo e mento,
sotto la bocca distorta a furia di sorrisi
di timidezza, e l'occhio che ha perso
il suo dolce, come un fico inacidito,
ti apparirebbero il ritratto
proprio di quella maturità che ti fa male,
maturità non fraterna. A che può servirti
un coetaneo — semplicemente intristito
nella magrezza che gli divora la carne?
Ciò ch'egli ha dato ha dato, il resto
è arida pietà.

                  (Da Poesia in forma di rosa, 1964)


PPP(Bolonia, Italia, 1922). Después de estudiar letras en Bolonia 
se trasladó a Roma. Su primer gran éxito de público le llegó en 
1955 con la novela Muchachos de la calle, aunque sería el campo 
cinematográfico el que le daría fama universal.
No obstante, su obra literaria es de primera magnitud y abarca
Todos los géneros: la poesía, la narrativa, el teatro, el ensayo,
los apuntes de viaje, etc. Pasolini murió asesinado en Ostia, cerca
de Roma, en 1975, en circunstancias aún no esclarecidas.

ANDRÉS NIEVA




Ocio


Hoy al mediodía
fui al río.
Me senté
en una piedra
y vi la espuma alejarse.
Leí a Los Poetas Beats
mientras el viento
arrastraba arena
y dos biguá volaban bajito.
Cuando volví a casa
Akane, (chica enojada),
la perra que caza pájaros
sobre la verja
parecía una estatua.
Abrí la puerta,
desconecté la alarma
y destapé una botella de vino.
Cociné fideos
y escuche A Kind of Blue
mientras en la ventana
Amelie, la gata
ronroneaba.
Luego dormí la siesta.
Leí Mr Natural
hasta que el atardecer
trajo el frío,
el silencio,
y el polvo de un auto que pasó.
Apagué la luces,
cerré lo ojos
y mi mente vagó
en la habitación
hasta que morí
vacío de tristeza,
lleno de ocio
y felicidad.


AN(Villa Dolores, Cba). Poeta y editor.

CARLOS VITALE


 


ÍTACA

Y si he llegado,
¿qué haré de mí?


ARS AMANDI

En tenso vuelo
se eleva
y resplandece.


PIAZZA DEI MIRACOLI

Danza
de espectros
en la Piazza dei Miracoli.

Música blanca
para una noche fantasmal.


ACRÓPOLIS

Despacio.
Seguirá allí
cuando llegues.
A los siglos
no inquieta
tu ascendente
miseria.
Resopla, pues,
y calla.


UNIDAD DE LUGAR

Nada ha cambiado.

Solo el sitio
en que mi cuerpo cae.



CÓDIGOS

                                     Cada palabra dice lo que dice
                                                y además más y otra cosa.
                                                                            Alejandra Pizarnik

1

Con qué código
elegirás tu sol
la buena semilla
el día más sano


2

Aire de mar
cielo del Sur
lluvia de mí


3

La memoria del humillado
permanece
la memoria del humillado
no vende su memoria


4

Como
un viejo dolor
calla
y espera

La muerte
es un sueño
que me sueña


5

Miro hacia adentro
para no ver

Ojos de ciego
me miran


6

A través de mi voz habla el silencio

Con su propia voz


7

Digo
y contradigo

Sólo
aseguro
el sueño
y la derrota


8

Muerte a lo lejos

Canto difuso

Una sola nota bastará


9

Fuego
sobre
fuego

la hoguera de mis días


10

Yo pedía socorro
yo estiraba los brazos a la nada
yo pedía socorro
yo gritaba y gritaba
yo pedía


11

Por mis manos
limitado
al ritmo de mis pies
ando y desando
mi destino posible

Por mis manos
limitado
por mis manos


12

Como un ciego
busco la vereda del sol
sin más amparo
que un bastón en llamas


13

Hay
una voz
que invita
a la locura

¿Cuándo abriré
mis puertas
a su canto?


14

Toda razón consiste en persistir
como los ojos de los muertos que miran al vacío
toda razón consiste en persistir
hasta morirse


15

Preguntabas
qué era lo nuestro
lo que a nadie debíamos

Y yo
decía
el dolor
solamente el dolor


16

Mi memoria recuerda
lo que mis ojos
nunca conocieron

Juegos de la memoria
sobre tierra soñada

Mi memoria recuerda
pero miente


17

Voy llenando
de culpas
el abismo
que separa
de mí
mi propia vida


18

Tanto silencio
no entiende
por qué canto


19

Quién dirá
lo que callen mis palabras
lo que no diga mi voz
lo no nombrado



CV(Buenos Aires, 1953). Licenciado en Filología Hispánica e Italiana.
Ha publicado, entre otros, Descortesía del suicida y Unidad de lugar.
Es traductor de poetas italianos y catalanes. Reside en Barcelona.



EDOARDO SANGUINETI


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HE ENSEÑADO...


he enseñado a mis hijos que mi padre fue un hombre extraordinario:
(podrán contarlo, así, a alguien, si lo desean, algún día):
y luego, que todos los hombres son extraordinarios:
y que de un hombre sobreviven, no sé,
quizá diez frases (juntándolo todo: los tics,
los dichos memorables, los lapsus):
y éstos son los casos afortunados:




HO INSEGNATO...


ho insegnato ai miei figli che mio padre è stato un uomo straordinario:
(potranno raccontarlo, così, a qualcuno, volendo, nel tempo):
e poi, che tutti gli uomini sono straordinari:
e che di un uomo sopravvivono, non so,
ma dieci frasi, forse (mettendo tutto insieme: i tic,
i detti memorabili, i lapsus):
e questi sono i casi fortunati:

                                          Trad. de Carlos Vitale


Edoardo Sanguineti nació en 1930 en Génova, donde murió en 2010.
Entre otros libros, ha publicado: ‘Triperuno’, ‘Wirrwar’ y ‘Postkarten’.

OCTAVIO PAZ




El Ramo Azul


Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. 

Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado.

Con voz ronca me preguntó: -¿Dónde va señor? -A dar una vuelta. Hace mucho calor. -Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse. Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. 

Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo. Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. 

La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce: -No se mueva , señor, o se lo entierro. Sin volver la cara pregunte: 
-¿Qué quieres? -Sus ojos señor –contestó la voz suave, casi apenada. 
-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme. 
-No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos. 
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos? 
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan. 
-Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos. 
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules. 
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa. 
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta. Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna. -Alúmbrese la cara. Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente. 

La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso. -¿Ya te convenciste? No los tengo azules. 
-¡Ah, qué mañoso es usted! –respondió- 
A ver, encienda otra vez. Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó. 
-Arrodíllese. 
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos. 
-Ábralos bien –ordenó. Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. 
Me soltó de improviso. 
-Pues no son azules, señor. 
Dispense. Y despareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta. Entré sin decir palabra. Al día siguiente hui de aquel pueblo.