sábado, 16 de junio de 2012

EZRA POUND


 


Francesca


Surgiste de la noche
y había flores en tus manos,
ahora surgirás de entre una confusión de gente,
de un tumulto de charla sobre vos.

Yo que te he visto entre las cosas primordiales
me enfurecí cuando escuché tu nombre
en sitios ordinarios.
Quisiera que las frescas olas fluyeran por mi mente,
y el mundo se secara como una hoja mustia
o como un diente de león para así ser barrido,
de modo que pudiera encontrarte de nuevo,
a solas.

PAULINA VINDERMAN





5)

Ahora, tarde en la tarde, marzo sonará en la
palabra púrpura, al borde de la métrica,
inclinada en su terraplén.
Escribo dentro de un grabado mientras la palmera
izquierda (la pequeña) espera su salud perdida
y el encanto del cielo sobre sus nuevas hojas:
un mosquitero de encaje.

Mi mente está calma como un lago
escuchando la voz del hombre que anoche
en mi sueño me preguntaba por las constelaciones.

¿Era ésa la voz del lenguaje?
¿Por qué rompí mi poema del tiburón?

Si viene la lluvia será un exilio, un intervalo
en el teatro de mi pobre, pálida memoria.
Montañas azules, pueblos silenciosos, cardos al sol,
palomos que arrullan las siestas y un humo (¿la voz?)
en la carretera.


9)

Invento el jardín que no tuve y me fotografío
bajo un toldo de cielo.
Cuando menos lo espere, la palabra jardín
me abandonará, y volveré a mis pueblos con
calles de tierra y corazón dorado.

Me dedico a barrer sombras alargadas como cangrejos
                                                                  raros,
sombras de siglos en ciudades inquisidoras, dulcemente
hostiles a mi curiosidad y a mis robos.
¿Robar para el poema, no para la corona, tendrá perdón?

Hasta que la luna salga en mi búsqueda
le quito Groenlandia a los daneses y escribo
en esta página una carta al viejo Erik el Rojo.
En borrador, sobre mi río y mis piedras, mi canción
y mi Sur. Y las tribus diezmadas, y una oscura
mancha de petróleo sobre la palabra justicia


10)

El hombre de maíz diría que el espíritu de
la palmera enferma se adueñó de mí.
Y que debo dedicarle la nube del próximo poema
en que aparezca la palabra nube.

Le pregunto por la tristeza.

Dice que debo acomodarme al viento de la vida.

Y que le cante en rima a mi raíz.

Porque a la suya —la de la palmera— le cantará
la tierra, la cobijará como me cobija el día que se va,
página a página, cobalto sobre blanco, como el recuerdo
de esa foto mojada por la lluvia que cerró el incendio.


                                           De "Bote negro", Alción Editora, 2010


Paulina Vinderman(1944, Buenos Aires, Argentina)

JORGE AULICINO





ÁRBOLES


El tallo que detiene el ojo
crece un centímetro por día
en la ansiedad del día.
A un centímetro diario el tallo crecerá
3,65 metros anuales.
Pero el ojo no se engaña:
el árbol joven del jardín
no crecerá hasta esa altura en un año.
Hoy, solamente ahora, crece
un centímetro diario.

No durmió bien el observador.
El jardín, en una barrio
que hace cien años fue rico,
tiene plantas frondosas, oscuras, frescas.
El árbol joven, ensimismado entre ellas,
insolente y frágil,
no promete una copa frondosa
ni pájaros ni el suavísimo sonido a sedas
de las hojas de los otros árboles
pero crece, hoy, 3,65 metros anuales.

El momento es absoluto
para los árboles mayores,
lentos o eternos
con velocidad de acuario,
y para el tallo nuevo,
ágil y voraz.
Tallo  que no entiende, como los árboles mayores,
que su objeto es limitar el infinito,
no conquistarlo;
este tallo joven quisiera, en su velocidad,
abarcar con su copa, ramificada millones de veces,
el espacio completo
hasta anular todo dibujo del espacio
entre sus futuras ramas y sus futuras hojas.
Lo comprende bien el hombre que no durmió esta noche.
Su espíritu es
los árboles:
los viejos
y el nuevo.



Jorge AulicinoDe "Almas en movimiento", Libros de Tierra Firme, 1995

EDUARDO AINBINDER




 Ocelo del huracán

"Tanto hemos esperado
que cese este diluvio
que cuando las lluvias se detengan
también se detendrá nuestro corazón":
tu corazón -tormentoso- nos dice
que el diluvio no va a parar jamás,
los hechos son interminables: una lluvia
se suelda con otra, una puntada
tras puntada y el monstruo
"está cosido y camina". Por otra parte
si este tormento terminara
no tendríamos adonde ir.
Nos sentamos a esperar
que no pare la lluvia, como si en ella
hubiésemos depositado toda nuestra fe.



 Casa de citas

Durante el viaje -no hubo accidentes
en la ruta- salvo la chatarra
de mariposas muertas
pegadas al radiador del auto.
La luz de Rembrandt mantuvo despiertos
a otros insectos, quiero decir: las cosas
suceden a las cosas
con fe ciega: -rápidamente- un hotel
se levanta en el centro del campo
cuando bastaría con que
un cerebro encerrándose en sí mismo pudiera
pedir refugio de los propios pensamientos.


Eduardo Ainbinder(1968, Buenos Aires, Argentina)

CINTIO VITIER




AL CAER EL RAYO LILA


Al caer el rayo lila
en el sofá dormido
y en la jarra y en el río sucio
donde estaban hundiéndose
brocados y deseos por la noche,
al doblar el rayo como un pétalo
todo su color sobre la seda
mientras el húmedo mercado se borraba
con su araña granate para entrar en el rocío
que brillaba junto al mar como un pecado,
y al extender el rayo su otro lila
dentro del viento puro de la madrugada
que va cantando siempre sobre el techo
hasta crear la desnudez más invisible,
yo preguntaba qué es la noche
y la forma de caer sin fin desde algún puente
y la palabra oscura que repito
igual que allá en Empalme cuando ardía
mucha esfinge de patria en el conjunto
del verdor aciago, del coloquio antiguo,
y repasaba un tren con su penacho melancólico
hasta llenarme de rocío la mirada,
igual que siempre yo respiro
no como un dulce transformista ni un mendigo
que baraja deseos con escenas,
y pregunto como alguien que no existe
sino muy pocos, muy sagrados minutos, y le toca
testificar entonces un trémulo sofá
o un rayo interrogante en la voz de su oculto corazón.


                                           De: "La ráfaga", 1945-1946


Cintio Vitier (1921, Cayo Hueso,  EEUU / 2009, La Habana, Cuba)

JUAN JOSE SAER





EN EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS


En este día de todos tus siervos, oh Dios, quiero hablarte cara a cara.
Perdóname que te tutee; Colastiné duerme en paz.
Eres dios y señor de todas las piedras, de todos los ríos, de todas las plantas
y de todos los animales;
pero tu nombre es una sombra fugitiva.
Quería hablar contigo desde tiempo atrás.
Si has creado el mundo, quizá sabes tanto de él como sabe mi mano
de este poema inesperado que ahora escribe.
Los hombres te soñamos poderoso, vemos tu nombre inscripto en cada estrella del cielo,
fuente de toda sabiduría, de toda gracia y de toda condenación.
Tus manos expanden la noche, tus ojos son como rayos de fuego puro.
Pero quizá tú también tiemblas, tú también dudas.

Pienso en la carne llagada de esos tus siervos, oh Dios mío.
También nosotros verteríamos nuestra sangre si la maceración se hiciera de pronto luz.
Pero atravesamos ciegos y torpes la cuerda floja que tiembla sobre el mar negro.
Nuestra sangre es anónima, fría y perecedera.
Esos tus siervos arrojaron sobre tu cuerpo oscuro sus treinta monedas de luz.
A nuestra semejanza te hemos creado, oh Dios mío.
Quizá tú también indagas en la oscuridad el fundamento de tu incierto destino,
y por las noches, desnudo en tu reino, lloras una pena solitaria.
Has hecho mal el mundo, oh Dios mío, lo has llenado de muerte y misterio,
de frágiles vidas que estallan con un incomprensible gemido.
Aire, fuego, tierra y agua, sollozan sin paz en una eterna intemperie.
Quizá te compadeces de ti mismo,
pero eres tu propio juez, tu propio testigo, tu propia víctima.

¡Oh, que haya una instancia más alta!
Desgarraremos el firmamento y pediremos por ti.

La piedra cambia sola bajo su dura corteza,
nos abatimos en el interior de nuestra piel,
los ojos del perro no nos dicen nada.

En el día de tus siervos, hablo contigo cara a cara.
Mi palabra es serena, mi queja es melancólica y es clara.
Danos, para comprender el mundo, una luz nueva que sea nuestro sostén.
Dánosla, o la arrancaremos con nuestras propias manos.
Queremos descifrar la muerte, la vida, el aire, los veranos.
Una luz libre, para nuestra condenación o nuestro bien.
Y esto lo pido en el día de todos tus siervos ultrajados. Amén.


                                                              
noviembre 2 de 1963


Este poema está incluido en 
Papeles de trabajo, el primero
de los tres volúmenes con que Seix Barral empieza a publicar
los papeles inéditos de Saer.