sábado, 27 de octubre de 2012

NINA BERBEROVA






Nabokov y su Lolita


(FRAG.)


Hay libros que caben por entero entre sus dos tapas; allí se
quedan, y de allí no salen. Hay otros que no caben entre sus
tapas, que parecen desbordarlas;
pasan  años  a  nuestro  lado,  nos  transforman,  transforman 
nuestra conciencia. 
Hay,  finalmente,  una  tercera  clase  de  libros,  aquellos  que
marcan la conciencia (y el modo de vida) de una generación
literaria y dejan su marca en todo un siglo.
Su “cuerpo” reposa sobre un estante, pero su “alma” ocupa el
aire que nos rodea. A esos libros los respiramos, viven
en nuestro interior. Nadie los ignora; escritos en los siglos XIX,
XVIII, XVII o hace mil años, están junto a nosotros.
También nuestra época posee esa clase de libros y las personas
que nacieron con el siglo (o que con él han  envejecido)  madura
ron  gracias  a  ellos;  se  nutrieron  con  ellos,  se fundieron con
ellos, y los aman.
La literatura que nos dio el siglo XX se distingue de todo lo que se escribió con anterioridad por cuatro elementos que ya tienen su
propio lugar en el “sistema periódico de los elementos literarios”.
No siempre las grandes obras contemporáneas se basan en la
reunión de esos cuatro elementos; a veces sucede que el estilo,
el método o el fundamento de la obra recurren sólo a tres de
ellos, mientras que el cuarto apenas se sugiere al pasar. Pero
sin alguno de estos cuatro elementos, el libro, independiente
mente de sus cualidades o de sus defectos, oscila en el tiempo,
cae hacia el pasado en vez de impulsarse hacia el futuro; podría decirse que no existe gran obra del siglo XX fuera de esos
cuatro elementos, condición  sine qua non de una literatura
nueva.


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Roquenval (frag.)


" Sí, allí estaban esas viejas piedras y también esos viejos árboles, y una vieja dada, pero quizás no era solamente ella quien estaba aquí un poco fuera de lugar. Quizás todos nosotros lo estuviéramos. También me preguntaba si un día llegaríamos a ser así, como ella, como su tocador, como estos tilos, y si también nosotros reflejaríamos para alguien —o no reflejaríamos— los años veinte de nuestro siglo: Jean-Paul, yo, Kira con sus quince años y su cálida voz que hacía latir mi corazón.
(...)
Até mis libros, cerré mi maleta y fui a despedirme de Monsieur Moris. Todo lo que abandonaba en ese momento se cubría de un silencio triste, desesperanzado: nuestras habitaciones, los salones con los muebles cubiertos con fundas, la escalera. En medio del monótono murmullo del otoño, también el parque se cubría de silencio. Por última vez sonó la puerta y rechinó la llave. Y también tras de mí guardó silencio mi avenida de tilos, semejante aquella mañana a un monumento erigido para perpetuar algo desaparecido hace mucho tiempo, algo que ya no existe ni aquí, ni en mi país, ni en ninguna parte del mundo. "


Nina Berbérova (San Petersburgo, 1901-Filadelfia, EEUU, 1993), 
escritora rusa famosa, entre otras cosas, por narrar la vida de 
los exiliados rusos en París. Esposa del también escritor Vladislav 
Jodasévich.

Vivió en París desde 1925 a 1950, año en que se estableció en EEUU, 
donde trabajó para las universidades de Princeton y Yale.