sábado, 27 de octubre de 2012

JOAN KEATS




ODA A UNA URNA GRIEGA

                        I

Amada inmaculada de la calma,
viviendo en la quietud y en el silencio,
inmutable rapsoda que nos narras
bucólicas historias más dulces que los versos.
Orlada de unas hojas, qué leyendas nos traes
de dioses o mortales, o de ambos a un tiempo,
en los valles del Tempe o de la Arcadia.
Qué hombres o deidades fueron estos.
De qué escapan riendo las muchachas.
Qué es esta agitación: ¿danzan, persiguen, huyen?
Qué música es esta de flautas y tambores.
Qué exaltación nos cuentas.

                       II

Si dulce es la melodía oída,
más dulce habrá de ser la nunca oída.
Continuad así, dulces caramillos,
sonando sin sonido para el alma.
Bello muchacho, nunca
dejará de sonar tu leve música
bajo las inmortales hojas de estos árboles.
Y tú, enamorado, que ya casi la alcanzas
para tomar el beso que nunca tomarás,
no te lamentes: nada te impedirá jamás
vivir enardecido en ese gesto,
siempre intacto tu amor, intacta su belleza para siempre.

                         III

Vosotras, tersas y fragantes ramas,
aureoladas de hojas,
donde siempre será la Primavera.
Y tú, incansable músico,
que nos dejas callados
sonidos deliciosos que no acaban.
Y el más dichoso amor, el más feliz,
amor siempre encendido, que nunca te consumas,
amor apasionado y siempre joven,
más allá, por encima,
de las breves y frágiles pasiones de los hombres,
pasiones que, cumplidas,
traen hastío y tristeza al corazón,
pasiones que nos queman
y nos dejan la herida de una sed insaciable.

                        IV

Quiénes son los que van al sacrificio,
hacia qué verde altar, misterioso oficiante,
lleváis a esta novilla con guirnaldas de flores,
que eleva sus mugidos hasta el cielo.
Qué extraña esta pequeña ciudad amurallada,
junto a un río o al mar,
levantada en un monte,
deshabitada en esta beatífica mañana.
Para siempre, ciudad,
se quedarán tus calles en silencio,
y nadie volverá para contar
por qué quedaste así: vacía y desolada.

                         V

Tú, de belleza dura, fría e inmortal,
esculpido tu mármol
de delicados cuerpos,
esplendorosa hierba
y florecidas ramas,
misteriosa como la eternidad,
cuando el tiempo consuma nuestro tiempo,
seguirás confortando el dolor de otras gentes.
Dirás entonces, muda, como ahora:
“La belleza es verdad, la verdad es belleza”.
Y eso habrá de ser todo cuanto os baste saber.



                                        Versión de Juan Peña