domingo, 2 de septiembre de 2012

OSVALDO PICARDO




(La Capital, suplemento de Cultura,  Mar del Plata,12/6/11)

Con letras de pezuñas

                                          Osvaldo Picardo

           Una letra también debe enfrentar su destino. Tarde o temprano todo signo escrito cae en desuso y se vuelve extraño, ilegible y hasta inexistente.
            Pienso esto mientras sostengo en mis manos el examen escrito de un alumno: no es una página en blanco con que lejanas musas desafían la mente y el espíritu. Es una trama de signos que desafía mi conocimiento del abecedario. Hay  siempre en estos casos, –me digo- un margen de duda razonable: Algo hay escrito en estos papeles, pero en un idioma que definitivamente no es el mío. Por eso, mañana, verificaré con mi alumno si, al menos, podemos hablar en una lengua común.
            En su inquietante libro Ecolalias, el canadiense Daniel Heller Roazen advierte que “un grafema enfrenta más de una manera de morir”. (Y yo podría confirmarlo con estos papeles en mi mano, en ellos por lo menos se ha asesinado a una multitud de letras).
            Heller Roazen es medievalista y se mueve con facilidad entre la reflexión lingüística y filosófica, haciéndonos notar que así como se aprende una lengua, también así de fácil se la pierde. Ejemplifica con signos hoy tan inimaginables como impronunciables: una letra griega que se llamó sampi y una anglosajona llamada wynn. Por otro lado, también esas desapariciones pueden ser forzadas como fue en el caso de la revolución soviética, cuando los lingüistas del nuevo estado decretaron que una serie de letras eran superfluas y debían desaparecer del abecedario ruso.
            Sea por  una u otra razón, todas las lenguas pierden sus sonidos y desaparecen.“No hay nada que pueda hacerse” dice fatalmente el medievalista canadiense.“Sin embargo, -remata- persiste la ausencia, perdura en su desaparición y es tarea de los poetas darle forma cuando extraen de las letras evanescentes de sus lenguas la materia de su arte”.
            Esta idea de la poesía y del oficio del poeta viene siendo sostenida desde hace muchos siglos. Un texto poético, de ese modo, destraba las palabras de su férreo encaje mecánico y exhuma otra lengua que es la del poeta: una voz propia –se dice- que, con suerte, logra distingirse del coro y del vocerío. Por eso, un verso de Gelman suena diverso a uno de Giannuzzi, aunque ninguno de los dos dejan de sonar inconfundiblemente porteños y únicos. Pero además, esa voz propia se construye sobre el material más o menos concreto de las palabras que han elegido y, en ellas, perdura la  ausencia de otras voces, de otras respiraciones que dejaron su huella en la lengua común. Es un fenómeno por el cual el oficio poético tiene gran parte de su tiempo dedicado a una lectura atenta y a una implacable corrección: Hay que volverse conciente de cómo la lengua habla en cada sonido, qué es lo que extrae desde el pasado más remoto y dónde lo hace presente. Vemos así que el margen de la espontaneidad y de la inspiración quedan reducidos al mínimo: Muchos se indignan ante esta ofensa doble a las musas y a la emoción. Y otros creen que esa conciencia es demasiado pesada para contar en verso lo que pueden escribir en facebook una tarde de domingo y fútbol.
            Así como en la geología ciertos estratos subterráneos han determinado la superficie de un lugar, sepultada bajo una lengua existen otras anteriores que persisten en el habla de su gente. Algo parecido nos indica Proust cuando escribe que “todos esos recuerdos, añadidos unos a otros, no formaban más que una masa ... pero podían distinguirse entre ellos” como “ese veteado, esa mezcolanza de coloración que en algunas rocas y mármoles indican diferencias de origen, de edad y de formación”.  Es un pasaje de En busca del tiempo perdido, donde aparece el motivo famoso de la magdalena mojada en el té. Memoria y voz tejen de un modo particular, la escritura, revelando que lo nuevo y lo viejo se dan la mano para no caerse de la época ni de la historia. 
            Al abrir un libro, se abre también el universo de una “voz escrita” en la mudez de la página. Este desafío requiere un oído capaz de despertar lo incomunicable de la experiencia y el mundo.
            Recuerdo todavía cuando vi, por primera vez, una tablilla de arcilla con escritura “cuneiforme”. No me refiero a una foto, sino a una de verdad. Fue, hace unos años, en el Museo Arqueológico de Teherán. Bajo una luz que atravesaba opaca el vidrio detrás del cual rigurosamente se conservaba. Según explicaba un cartelito mecanografiado en inglés, aquella pieza arqueológica contenía escrito un simple reparto de raciones de cereales, cabras, ovejas y varios nombres propios. La ilegibilidad de sus pictogramas no sólo volvía más lejano e inexistente el tiempo en que un escriba había sido contratado por mercaderes; sino también, hacía inmensamente increíble aceptar que allí dijera nada más que eso. Me quedé mirando, un rato, los trazos que sugerían dibujos abstractos de díficil interpretación. Imaginé los movimientos de una mano y los gestos de una cara inclinada sobre la arcilla. La mano tenía su lenguaje de trazos y símbolos, mientras la cara abría la boca y traducía en voz alta el sonido del trigo agitado por el viento y las voces de los animales mezclada a la de los pastores. Los mercaderes junto a él verificaban en la lengua del escriba el enigma de la escritura que desconocían.
            Escribir y leer son huellas de la respiración y del latido de alguien que ha andado mucho antes por los senderos que ahora caminamos.
            Hay un poema que justamente se llama “Senderear” y que habla de las huellas de los animales sueltos en la montaña. Es de Jorge Leónidas Escudero, un poeta sanjuanino que dedicó su juventud a la minería.

En los cerros i visto sendas de andar
animales sueltos subir o bajar
por rodados difíciles y en las pizarras
escribir con letras de pezuñas, cascos,
patas de guanaco ir por agua
o pasto en busca de vida.

Ariscos.
Dejar señas desde o a dónde,
rastros efímeros
en los despeñaderos
campo de aludes.

Eso vi allá
y en eso ando, camino este es
mi senderear con palabras ir
por pasto de luz y agua escondida
en los nacederos de la evidencia.

Y aunque también aquí las avalanchas
borrarán todo, éstos mis rastros dejo, voy suelto
semejante a en el cerro aquellos animales
que andan en lo que son hasta morirse.

             Escudero sigue siendo, con sus casi 90 años, el minero sanjuanino, el buscador de oro en las montañas de la infancia, que escribe como habla, jugando como un niño, inventando un lenguaje que sin dejar de ser el de la gente andina, extrae la mejor vena criolla, de tal modo que cada poema se vuelve una aventura entre vallejiana y gauchesca, el reflejo de un habla propia. Jorge Leónidas empezó a escribir casi a los 50 años y era un desconocido hasta que Javier Cófreces y otros amigos poetas lo empezaron a publicar. Su Poesía Completa ha sido publicada recientemente por Ediciones En Danza y constituye un verdadero rescate de una de las voces poéticas más importantes de la actualidad. Pero mucho antes, uno de sus primeros libros dio con un editor y amigo que hoy vive en Mar del Plata, Ricardo Martin que por entonces tenía su imprenta en San Juan.
             Estos senderos de la poesía también son como escribir con letras de pezuñas, cascos, patas de guanaco.