martes, 4 de septiembre de 2012

NORBERTO LUIS ROMERO




                                   El arborícola


Hace más o menos una semana murió el último arborícola, que vivía 
en el álamo a los fondos de nuestra casa. No llegué a verlo, pero los 
abuelos de mis abuelos contaron que allí hubo todo un bosque, que 
fue muriendo y con él, los arborícolas que llevaban habitándolo des
de tiempos inmemoriales.

Llevaba años en ese álamo, continuamente mirando al horizonte por 
el norte, donde crecían frondosos árboles con los que soñaba. Las 
autoridades no pudieron trasladarlo a otros árboles porque nunca 
hubo dinero para contratar un helicóptero, y era imposible obligarlo 
a bajar, menos aún a pisar tierra, pues habría sido un crimen.

Murió cuando sus pies tocaron tierra, igual que un pez cuando se lo 
saca del agua, en el momento que cayó de la rama de puro viejo, 
cuando los reflejos le fallaron y a las incipientes alas, apenas muño
nes, les quedaban millones de años para acabar de formarse.

Todo el pueblo sintió su muerte, pero los ancianos se regocijaron, 
llevaban años esperando la construcción del hogar de los jubilados 
creacionistas, en esos terrenos ocupados por el viejo álamo, que 
ahora por fin podrían talar.




                        Del mantenimiento de la pecera


Al abrirse las puertas del ascensor me echó atrás el tufo a podrido, 
pero jamás sospeché que proviniera de mi propio piso. Dejé la 
maleta a la entrada y avancé con cautela por el pasillo mientras 
intentaba recordar el teléfono de la policía, por si acaso. El olor a 
podrido se hacía más intenso.
Al asco siguió un sentimiento de indignación: mi asistenta había 
quedado en venir en días alternos durante esas dos semanas de 
mis vacaciones a ocuparse de mi gato Gusi y de los peces, pero 
era evidente que no había cumplido su promesa; y a falta de 
alimento, mi gato pretendió, a su manera, hacerse cargo de la 
pecera. 
Hecha añicos en el suelo, sólo había arena seca entre cristales y 
las tuberías de plástico del sistema de ventilación. 
Ni rastro de mis exóticos peces. Descubrí el cuerpo de Gusi en 
avanzado estado de descomposición, se había arrastrado hasta 
un rincón y allí había expirado, seguramente entre horribles 
dolores. 
Le habían devorado los ojos en un santiamén y conservaba pren
didas en el vientre y el morro, como piercings, las pirañas resecas.


NLR(Córdoba, Argentina). Reside en España desde 1975. Es autor de
relatosnovelista, director y profesor de cine