sábado, 8 de septiembre de 2012

HORACIO VÁZQUEZ-RIAL





LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Borges y Buenos Aires


           
Jorge Luis Borges inventó una ciudad llamada Buenos Aires, que no es la misma en la que me crié, pero sí la que recuerdo. Ahora me entero por la prensa de que se han cumplido veinticinco años de la muerte del poeta en Ginebra. Dejó dicho: "A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el aire y el agua". A mí me pasa lo mismo con él. Se me hace cuento que naciera y muriera como cualquier otro hombre.
Su encarnación fue relativamente larga, pero con escasos acontecimientos y menos amores. Tengo para mí que su advenimiento a la eternidad tuvo el único fin de dejar en el mundo una escritura. Revelada. "No hago, dejo hacer", dijo una vez acerca de su tarea, a la que definía como "entretejer naderías", pero de cuyo valor era perfectamente consciente.

Mario Noya dejó sobrada constancia de su magra biografía en unas pocas páginas precisas, las justas, porque los hechos no dan para más. Era ciego, eso cree saberlo todo el mundo. Pero fue una ceguera anunciada, un mal hereditario, y sólo se cerró por completo a los cincuenta y seis años, exactamente en el año en que Perón inició su exilio. (James Joyce perdió la vista a la misma edad y, sin embargo, nadie lo recuerda como ciego). Hasta cerca del final, había logrado entrever el color amarillo, "el oro de los tigres". Antes, había pasado más tiempo en el cine que en el mundo.

Escribió en "El remordimiento", un poema de La moneda de hierro (1976): "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz". Sospecho que sabía que no había venido para eso, que su don, como casi todos los dones, no era para la felicidad. En 1949, le había escrito a Ulrike von Külhmann: "No soy feliz ni infeliz; solo vivo perplejo y activo".

Tal vez no sea el mayor poeta de su siglo, pero soporta bien la comparación con los más grandes: el miserable Pound, el triste Milosz, el oceánico Perse, el breve Ungaretti, el músico Montale, el contenido Eliot y algunos más que ahora olvido.

Tal vez no sea el mayor narrador de su siglo, pero "El Aleph", "El Sur" o "Funes el memorioso", cada uno con sus breves páginas, no han sido igualados por ningún otro cuentista y son espejo del mundo con los mismos derechos que las mayores novelas. Releyendo a Borges, como hago constantemente desde hace medio siglo, me pregunto a menudo si es verdad que no escribió novelas: después de todo, lo que diferencia el cuento de la novela no es más que la extensión, y muchos novelistas notables hubiesen llenado con la historia de Funes dos centenares de páginas sin añadir absolutamente nada.

Tal vez no sea el mayor ensayista de su siglo, ni el mayor crítico literario, pero tiene el raro mérito de inspirar lucidez al lector, de convertirlo en ensayista y crítico, mal que le pese a este mundo perezoso, y es menor el número de los que han logrado eso que el de los poetas verdaderamente ilimitados.

Eso sí: es el escritor más influyente de su siglo, en todas las lenguas. Lectores, imitadores y discípulos son legión. Empecé a atender al fenómeno cuando el malogrado escritor de lengua serbocroata Danilo Kis dijo que el único maestro que reconocía era Borges.

Cuando apunto que hace medio siglo que lo releo, no exagero: leí El hacedor en 1961, un año después de su publicación por Emecé, y no me he separado nunca de sus textos. Tampoco exagero al decir que el Buenos Aires que recuerdo es el de Borges: con el tiempo, una ciudad ha ido sustituyendo a la otra. Una ciudad construida con palabras ha reemplazado a otra hecha de imágenes. Las imágenes ya no existen, han variado, en las calles ya no hay adoquines, en los cafés ya no se reúnen amigos a leer poesía, los cines de tres películas han sido ocupados por sectas y predicadores delirantes, las esquinas no son rosadas porque esa pintura barata, la que cubrió en origen la casa de gobierno, ni siquiera se fabrica. No hubo nunca cuchilleros nobles, ni entre ellos héroes que se enfrentaran a traidores, eran sin excepción traidores, pero Borges les otorgó virtudes y los salvó del olvido.

Hace cuarenta años que no vivo en Buenos Aires, y ni siquiera la visité durante largos períodos –doce años de lopezreguismo y dictadura–. Borges decía que, pese a los años pasados en Europa, los de su formación, él siempre había vivido en Buenos Aires. Claro que se refería a su Buenos Aires, a su invento, y ahí he vivido yo también siempre a través de él. Ésa es mi ciudad, y es la ciudad de todos en la medida en que, como afirma él en "El escritor argentino y la tradición", es la heredera del mundo. Hecha de jirones de patrias perdidas, en ella conviven Ulises y Evaristo Carriego, Dante y el bandoneón, como en los libros de Borges.

El polaco Gombrowicz, por quien siento una particular aversión –sé que al decirlo me gano aún más enemigos, como si me faltaran–, recomendaba a los jóvenes escritores argentinos matar a Borges. Probablemente para que pudieran escribir como el propio Gombrowicz. ¡Cuánto ignoraba ese hombre! Ni siquiera habría literatura argentina sin Borges, que conocía muy bien la indigencia nacional en ese terreno: ante los despiadadamente extensos y numerosos volúmenes de la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas, definió al autor como

el paradójico doctor Rojas, que escribió una historia de la literatura argentina más larga que la literatura argentina, hasta un tomo sobre la literatura colonial, que es algo que no existe.

No me creo lo de los veinticinco años, pero parece una ocasión para apuntar todo esto y recordar que los taxistas, que jamás habían leído una línea del maestro, lo reconocían y lo llevaban a todas partes sin cobrarle jamás. Ellos sí sabían que recorrían día y noche una ciudad inventada.


HVR(Buenos Aires-1947, Madrid-2012) fue un escritor, periodista, traductor, historiador hispanoargentino.
Como poeta, en 1965, publicó Juegos del archipiélago
14 años después sacó Los borrachos en el cementerio. Pero donde sobresaldría sería en la narrativa y el ensa
yo.