sábado, 8 de septiembre de 2012

FERNANDO PESSOA





TABAQUERÍA
  
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, que es uno entre los millones del mundo que nadie ve
(y si lo viesen, ¿qué sabrían?,
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
hacia una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y pelos blancos en los hombres
con el Destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.
Hoy estoy vencido, como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido como si fuese a morir,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, convirtiéndose esta casa y este de lado de la calle,
en la hilera de vagones de un tren, y un silbato de partida dentro de mi cabeza
y una sacudida de nervios y un crujir de huesos al salir.
Hoy estoy perplejo, como quién pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fracasé en todo.
Como nunca tuve un propósito tal vez todo fuese nada.
De todo lo que me enseñaron
me escapé por la ventana de atrás de la casa.
Fui hasta el campo con grandes proyectos.
Pero allí sólo encontré arboles y pasto,
y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué habré de pensar?
¿Qué sé yo de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueño genios como yo
y la historia no destacará, ¿quién sabe?, a ninguno,
ni quedará sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos de remate con tantas certezas!
Yo que no estoy seguro de nada, ¿soy más cuerdo o menos cuerdo?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no estarán a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas,
sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,
y hasta realizables,
nunca verán la luz del sol real ni encontrarán quien las escuche? .
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no de quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
Soñé más que Napoleón.
Estreché contra mi pecho hipotético más humanidad que Cristo,
concebí filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre sólo el que tenía cualidades
seré siempre el que esperé que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que busca mi cabello,
y el resto que venga si tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, pequeña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá pudiera yo comer chocolate con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al tirar el papel de plata, que es de hoja de estaño,
echo todo a perder, como eché a perder mi vida.)
Queda, al menos, de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico abierto a lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin orden, al decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, estatua engendrada viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me doy cuenta bien qué-
todo eso, sea lo que fuere, ¡si puede inspirar que inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan los que invocan espíritus, así me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las al alamedas, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo eso me pesa como una condena al exilio
y todo eso me es extraño, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y no hay mendigo al que yo no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible darle realidad a todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez hayas existido apenas, como un lagarto al que le cortan la cola
y que es cola más allá del lagarto, retorcidamente.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que me puse no era mío.
Me tomaron en seguida por quien no era, no lo desmentí y me perdí.
Cuando me quise sacar la máscara
la tenía pegada a la cara.
Cuando me la arranqué y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había sacado.
Tiré la máscara y dormí en el vestíbulo
como un perro tolerado por la administración por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime-
Esencia musical de mis versos inútiles,
quien pudiera encontrarte como algo hecho por mí,
y no terminar siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
sintiendo bajo los pies la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra en la que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.
Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro molesto por tener que girar la cabeza
e incómodo por esta alma que nada entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
A cierta altura morirá el letrero también, y los versos también.
Después de un tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante donde todo eso ocurrió.
En otros satélites de otros sistemas seres parecidos a la gente
seguirá haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a otra.
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real.
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie. Siempre esto u otra cosa o ni una cosa ni otra.
Pero un hombre entró a la tabaquería (¿habrá ido a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias, enérgico, decidido, humano
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de no estar dispuesto.
Después me recuesto en la silla
y sigo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda seguiré fumando.
(Si yo me hubiese casado con la hija de mi lavandera tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy hasta la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo de los pantalones?)
Ah, lo conozco: es Estevez, sin metafísica.
( El dueño de la Tabaquería salió a la puerta.)
Como por un instinto divino Esteves se volvió y me vio.
Me saludó y le grité ¡Adiós, Oh Esteves!, y el universo
se me reconstruyó, sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.

                         (Traducción Santiago Kovadloff)


Fernando António Nogueira Pessoa (Lisboa, 1888- 
id.,1935)